sábado, 14 de enero de 2017

CAPÍTULO TRIGÉSIMO SEXTO

El único consuelo que queda de aquellos bellos momentos que no volverán son los dulces recuerdos. Ellos son lo hermoso del pasado.
El sol ya estaba muy débil su luz se colaba a penas entre la tupida arboleda. Algunos troncos lucían brillantes ante la luz vespertina, mientras que otros se vestían de negro al no conseguir ser iluminados. Aquella tarde trágica, con sus últimos celajes, se llevó vidas y dejó dolor.
Jacinto yacía inerte en el regazo de Gardenia. Ambos estábamos sentados en el suelo y yo estaba aún frente a ella sin poder expresar ningún tipo de emoción en mi pálido rostro. Tiempo después llegó Boldo y los muchachos que resultaran ilesos del tiroteo. Les costó creer, al principio, todo lo que había pasado; pero lo fueron asimilando poco a poco.
Aquella misma noche multitud de gente acudió a velarlo. Habían tantos… conocidos, viejos amigos, clientes. Todo aquél que tuvo trato con él estaba allí; todo aquél que tuvo trato con él lo estimó… ése era su carisma, ser una buena persona. También asistió Dalia acompañada de un muy recuperado Áster. Gardenia se mostraba apartada y deprimida, se mantuvo toda la noche en la habitación donde se encontraba el cuerpo, pero guardó su distancia.
La autoridad competente se encargó de los demás cuerpos. También apresaron al guardia que había quedado vivo. Todos los peones declararon haberse organizado como grupo para expulsar a los “invasores” y recuperar sus viviendas, me libraron de toda responsabilidad y el caso fue cerrado. El documento que firmara Muscari se hizo valer y quedé nuevamente como propietario.
El día del sepelio la multitud fue siguiendo el féretro hasta el viejo cementerio donde descansaba desde hacía tantos años atrás la esposa de Jacinto. Allí, justo a un lado de ella, fue enterrado. Cuando todos se retiraron finalmente, después de mucho rato, solo Gardenia y yo permanecimos en el lugar. Yo estaba acuclillado junto a la sepultura y Gardenia estaba más allá llorando silenciosamente.
– No te tortures sintiéndote culpable. No creo que él lo quisiera. Tal vez no le simpatizaste mucho, pero siempre me aseguró que no tenía nada en contra tuya y que estaría de acuerdo en que estuviéramos juntos si tú eras una buena mujer.
Al final lo demostró.
Siéntete dichosa de que este gran hombre se sacrificó por ti porque creyó en ti. Creyó que tú me harías feliz y no se equivocó. Y ahora tú para mí eres invaluable, porque te tengo solo a cambio de la vida de quien fuera mi padre, más que mi amigo.
Por eso no te sientas mal, él ahora ya está con la mujer que amó y yo estoy con la mujer que amo.

Tomé su mano y, juntos, regresamos a casa. Ambos íbamos con caras tristes, pero, en el fondo del corazón, no había remordimiento. Solo en una pequeña habitación, de una sencilla pensión en el puerto, lloraba con gran dolor doña Margarita Brezo, la madre de Gardenia. Aun sin saber de su muerte, le lloraba a aquel hombre que ella conoció en su juventud y que nunca más volvió a ver… que ya nunca volvería a ver. Ella nunca se pudo explicar por qué aquella tarde se sintió tan triste y lloró de esa manera; sería un misterio para ella hasta el día en que visitara la tumba de Jacinto.
Con el pasar de los días, de los meses, la resignación fue llegando y la vida empezó a ser colorida otra vez. Doña Margarita llegó a vivir a la hacienda con nosotros en los siguientes días.
Dalia y Áster regresaron a Ciudad Verde, muchas revueltas se habían dado en el tiempo que estuvieron ausentes y el alcalde corrupto tuvo que darse a la fuga para no ser ejecutado por la multitud. Pocos días después lo encontraron y lo encarcelaron para hacerle pagar sus crímenes. Dalia fue electa alcaldesa, restaurando la justicia y la seguridad de la ciudad con gran esfuerzo.
Antes de irse se despidió de mí y me hizo saber que Jacinto le había confesado su intención de heredarme la panadería si algún día fallecía. Me aconsejó hacer los trámites lo más pronto posible para que la panadería no dejara de producir, si es que quería conservarla o venderla.
Pasé algunos días meditando el asunto. Muchos pensamientos me habían tenido inquieto y no me dejaban decidir qué hacer.
Aquella fue, sin duda, una época muy hermosa. Una vez más el jardín florecía en todo su esplendor, las mariposas remolineaban sobre las flores y en la casa había más calor de hogar del que pudiera haberse sentido nunca. Los paseos a caballo por la tarde con Gardenia se reanudaron, juntos recorríamos toda la extensión de la hacienda y veíamos los atardeceres tomados de la mano como en aquellos tiempos de antaño. Cuando sentía que mi pecho iba a explotar de felicidad, la abrazaba y la apretaba muy fuerte para después, en un beso dulce y largo, entregarle mi amor.
Llegó por fin el día de la decisión y viajé a Ciudad Verde para hablar con Dalia. Ella me recibió en su despacho con mucha amabilidad.
– Imagino que estás aquí por la panadería y la casa de Jacinto. ¿cierto?
– Sí, efectivamente, ya he decidido que haré con ellas. Pero… también quiero algo más.
– ¿Algo más? ¿De qué se trata?
– Estos días he pensado demasiado qué debería hacer con mi vida. Cuando vine a vivir aquí hace ya tanto tiempo, me di cuenta de que quería hacer algo bueno con mi vida, trabajar para ganar mi propio dinero y no depender de lo que mi padre me dejó. Quería, también, ayudar a la gente.
– ¿Exactamente qué quieres hacer?
– Cuando entré de nuevo en la casa después de aquel trágico día para instalarme de nuevo… encontré el maletín con el dinero que debía entregarle a Delphinium. No tengo idea de cómo llegó a parar allí. Al final me tocó suponer que tal vez nunca fue robado y alguien lo escondió… pero es una idea absurda. Creo que nunca lo sabré. Se necesitará mucho trabajo y recursos para que la hacienda se recupere de la cosecha destruida; pero no quiero usar ese dinero porque, al final, no me pertenece. Así que he decidido no cultivar más.
– ¡¿Qué?! Si no cultivas más ¿cómo vas a levantar la hacienda?
– Es que ya no habrá más hacienda… Los Cogollos dejará de existir.
En la cara de Dalia se dibujó el gesto de confusión total. No comprendía mis intenciones y no daba crédito a mis palabras.
– Tienes qué explicarme esto porque, simplemente, no entiendo.
– Yo nunca fui realmente el dueño de esas tierras. Cuando mi padre vivía él las hizo progresar con su trabajo, luego Jacinto las administró bien. Pero yo nunca hice nada. Al involucrarme un poco más en el trabajo me di cuenta del gran esfuerzo que cada peón hacía para que yo pudiera vivir cómodamente y eso no me gustó. Así que no quiero más esas tierras. Quiero que sean repartidas equitativamente a cada familia de cada peón que trabaja en la hacienda actualmente. Así, cada uno trabajará para su propio beneficio y no para alguien más.
En cuanto a la casa y la panadería… pasarán a ser mi única propiedad.
Dalia necesitó tiempo para asimilar lo que le había dicho, pero, al final, sonrió con mucha satisfacción. Me hizo saber la nobleza de mis actos y que le llenaba de gusto saber de mis planes.
Aquella misma tarde, al salir a pasear con Gardenia, mientras estábamos sentados en la arena de la orilla del río, le hablé del tema.
– Quiero disfrutar más que nunca este paseo… porque será el último.
– ¿El último? ¿Por qué lo estás diciendo?
– Oh no pienses mal, no es que ya no vayamos a estar juntos. Es que pronto estas tierras serán ocupadas por las familias de los peones y dejarán de pertenecerme.
Le expliqué con detalles mis planes, así como lo había hecho con Dalia, para después mostrarle el anillo que había comprado en Ciudad Verde esa mañana.
– Yo también quiero formar una familia contigo, quiero que tengamos un hogar feliz, humilde y acogedor. Quiero trabajar para mantenerte a ti y a nuestros hijos. Quiero que te cases conmigo… pero quiero también que seas sincera con respecto a si quieres una vida sencilla y humilde junto a mí, diferente a la vida cómoda de la hacienda.
Ella guardó silencio tras el asombro que le provocó mi propuesta. Tomó mi mano y me besó en la mejilla.
– Un día, en este mismo lugar, te dije que te acompañaría todo el tiempo que fuera necesario para que tú estuvieras feliz. Yo te acompañaré a donde vayas porque ahora no solo se trata de tu felicidad sino también de la mía. Por supuesto que quiero casarme contigo.
Así, todo fue un hecho y unos meses después se llevó a cabo.
Cada familia de cada trabajador de la hacienda recibió su porción para construir una casa y cultivar. Además, le dije a Boldo que repartiera el dinero del maletín para que cada familia tuviera un capital que invertir. Una gran fiesta se llevó a cabo aquel día y la alegría inundó cada corazón. La hacienda Los Cogollos desapareció para dar paso al nacimiento del poblado Floración, un lugar donde siempre fui bienvenido.

Por mi parte, tomé posesión de la panadería y me mudé a la antigua casa de Jacinto junto con Gardenia y doña Margarita. Cada día me levantaba temprano a trabajar en el oficio que de niño aprendiera.
Áster y Dalia se casaron por fin. Gardenia y yo acudimos con gran alegría a la ceremonia que fue espléndida y de gran alcurnia. Aprovechamos para invitarlos a nuestra próxima boda y ser los padrinos.
Poco tiempo después las campanas sonaron en la parroquia de Costa Florida, cuando Gardenia y yo unimos para siempre nuestras vidas.
Ahora soy feliz, diariamente elaboro el pan que alimenta a muchas familias. Trabajo para ganar el sustento y vivo feliz con mi esposa. Atesoro los buenos recuerdos que tengo de todo lo que he vivido, pues son para mí la prueba de que, a pesar de que he pasado por dificultades, he tenido una vida bonita. Me hacen ver que mi pasado es hermoso y mi presente aún más. Ahora depende de mí hacer que mi futuro sea de la misma manera.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO QUINTO

¿Una vida feliz?
Mucho tiempo pasamos perdidos en afanes, hundidos en la rutina diaria; tanto, que descuidamos detalles mínimos que se vuelven muy pesados a causa del remordimiento que pueden producir hechos trágicos. Pues la vida es tan volátil que se escapa en segundos dejando atrás solamente los restos inertes de un ser que se va.
Adiós, amigo, te prometo ser feliz.
En la pequeña bodega que estaba atrás de la casa, cerca de la arboleda, se encontraba Ginger casi agonizante. Llevaba encerrada en ese lugar casi veinticuatro horas esperando morir, sin comida ni agua; ni siquiera había un lugar limpio donde reposar, en comparación a las comodidades a las que ella estaba acostumbrada. No había parado de llorar a su difunto padre y poco a poco iba perdiendo la razón. Muscari ya no indicó a sus hombres que debían hacer con ella, así que se quedó allí sin la más mínima esperanza.
Cuando se inició el tiroteo, su corazón se inundó de terror; con sus últimas fuerzas tomó un azadón de los tantos que había en ese lugar y comenzó a golpear la puerta llena de desesperación. Lo hacía torpemente pero sin rendirse.
Afuera las balas se impactaban por todos lados en la parte frontal de la casa. Muchos de los guardias estaban tumbados ya en el suelo, víctimas de los proyectiles. La emboscada había sido exitosa. Pronto todos los peones salieron de los matorrales donde se escondían y avanzaron hasta la casa. Eran pocos en realidad, comparados con los que salieran originalmente de la ciudad. Muchos habían sido heridos en la emboscada a los cuatreros y ahora varios convalecían también, alcanzados por las balas de los guardias.
Boldo estaba junto a mí y Jacinto. Miró fijamente y se dio cuenta de que en un árbol retirado de la casa estaba amarrado Cariño, sobre el cual llegara Gardenia a la hacienda.
– Vea, patrón, es Cariñito. La señorita sigue aquí, debe estar adentro.
– Lo veo. Dile a los muchachos que lleven a los heridos a la ciudad lo más pronto posible, ya no quedan más guardias. Jacinto y yo iremos a buscarla.
– ¿Está seguro?
– ¡Claro! ¡¿Qué no ves que necesitan atención médica con urgencia?!
Boldo obedeció, pronto todos los peones llevaron a los heridos hasta los caballos y así los llevaron a la ciudad. Jacinto y yo nos acercamos sigilosamente hacia la casa y entramos.
Muscari ya no estaba en la sala. No había señal de él ni de Gardenia. Recorrimos la casa de extremo a extremo, pero no pudimos encontrar nada. Todo parecía indicar que habían salido por la puerta trasera hacia la arboleda que había detrás de la casa.
Ambos íbamos armados. Jacinto llevaba su revólver, arma que lo había acompañado durante muchos años. Por mi parte, llevaba una pistola semiautomática calibre 45 que había obtenido de uno de los cuatreros caídos.
Juntos marchamos hasta la arboleda sin percatarnos de que la puerta de la bodeguita, que muy cerca de allí estaba, había sido abierta por la fuerza y ya nadie estaba allí adentro, solo el montón de azadones, palas, horquillas y piochas.
Nos internamos entre los árboles y pronto dimos con el fugitivo. Sorpresivamente salió de atrás del tronco de un árbol grande con Gardenia por delante. La sujetaba fuertemente del cuello con su brazo izquierdo mientras apuntaba a su cabeza con su pistola.
– ¡Suéltenlas! – dijo con gran energía. La desesperación se notaba en su rostro – si no las sueltan voy a matarla, su vida no me importa.
Ambos bajamos las pistolas al suelo y enseñamos las manos. En ese momento un guardia armado nos sorprendió por detrás.
– ¿Creían que solo ustedes podían tendernos una trampa? Acabaron con todos mis guardaespaldas, pero aún me quedaba uno.
Jacinto y yo nos miramos uno al otro con malicia. Estábamos en apuros, pero debíamos pensar, lo más rápido posible, una forma de poder librarnos.
Gardenia lucía muy asustada cuando la vi por primera vez. Pero luego de unos minutos yo la vi directo a los ojos nuevamente y pude ver en ellos que mi llegada le causaba mucho alivio. Poco a poco su corazón fue abandonando el miedo y, con su mirada cruzada con la mía, asintió suavemente. Supe entonces que era momento de actuar.
Con todo el valor que pudo reunir y con toda la rapidez que su brazo derecho le permitió, tomó la mano de Muscari, con la cual sostenía el arma, empujándola hacia arriba; mientras que, con su codo izquierdo, golpeó a su agresor en el abdomen con todas sus fuerzas.
De manera sincrónica volteó Jacinto hacia el sorprendido guardia, tomando sus manos para evitar que accionara el arma mientras lo empujaba hacia el enorme troco que había detrás. Yo corrí alocadamente hacia donde estaba Muscari para acertarle un par de puñetazos en el rostro.
– ¡Apártate Gardenia! ¡Busca refugio lejos de aquí! ¡Vete!
– ¡No me iré sin ti!
– ¡No digas tonterías! Olvídame, sálvate tú. Te prometo que te alcanzaré.
¡Corre!

Gritaba a todo pulmón mientras trataba de someter a Muscari. Pero éste muy pronto se incorporó, dejando el arma, que se había escapado de sus manos, en el suelo. Pronto comenzamos a golpearnos mutuamente hasta rodar por la hojarasca.
Después de mucha indecisión, Gardenia se dispuso a obedecerme y corrió hacia la casa.
Jacinto luchaba también contra el guardia, pero a pesar de su edad algo avanzada, aún tenía vitalidad de sobra y lo golpeaba con ganas. El guardia cayó al suelo muy pronto. Creyendo que estaba inconsciente, Jacinto fue a ayudarme y, entre los dos, sometimos a Muscari.
– ¡Ya basta! ¡Estás acabado! Ahora vas a pagar por todo lo que has hecho, maldito.
– ¡Imbécil! – Muscari sonrió de forma burlona – si yo muero, ella vendrá conmigo. Le ordené a mi guardaespaldas matar a Gardenia si yo caía. Suerte salvándola.
Al voltear a ver, el guardia ya no estaba. Tal parecía que se había reincorporado rápidamente y corrido tras Gardenia llevando consigo su arma y las nuestras que había recogido del suelo.
Enloquecido, me dispuse a seguirlo, pero Muscari empujó a Jacinto y se abalanzó sobre mí derribándome. Jacinto quiso reaccionar para quitármelo de encima, pero yo lo detuve.
– ¡Ve por Gardenia! ¡Protégela, por favor!
– Pero…
– ¡Hazlo! Te lo ruego…
Le hablaba mientras forcejeaba con Muscari, que parecía todo un poseso. Rodamos nuevamente entre la hojarasca y Jacinto, después de maldecir, corrió tras el guardia.
El golpe que me propinó Muscari al derribarme me había dejado muy afectado y él lo aprovechó para colocarse sobre mí y abatirme a puñetazos. Cuando estuve débil, se levantó, cogió su pistola y corrió hacia la casa.
Jacinto dio alcance al guardia cuando ya estaba por dispararle a Gardenia, que acababa de llegar a la casa. Con todas sus fuerzas lo tacleó estrellando su rostro contra el suelo, lo desarmó y se aseguró de que, efectivamente, estuviera inconsciente. Luego dirigió una mirada exhausta hacia Gardenia, mientras permanecía a gatas sobre el suelo.
– Gracias – dijo ésta con un poco de alivio mientras se acercaba para ayudarlo a levantarse.
– Ya no me caes tan mal como antes – le respondió él con su típica ironía.
Inesperadamente, Muscari salió de entre los árboles gritando:
– ¡Muere, desgraciada!
Al instante disparó contra ella sin dar tiempo a más. Mientras yo aún corría para llegar al lugar.
Jacinto siempre me había dicho que mi padre había sido un buen hombre y que antes de morir le había encargado que me cuidara siempre, incluso de mí mismo; pero más que eso, Jacinto siempre me repetía que le había encargado que hiciera lo posible porque yo viviera feliz.
No imagino que pasó por la mente de Jacinto, seguramente la imagen de mi padre moribundo pidiéndole ese último deseo. Tal vez pasó por su mente mi cara de felicidad la primera vez que le hablé sobre Gardenia. Tal vez recordó como mi vida cambió luego de conocerla y cómo abandoné mi libertinaje.
Nunca podré saber exactamente qué pensó en ese instante, solo sé que empuñó su arma apuntando a Muscari y se colocó, con la rapidez de un rayo, delante de Gardenia.
Él recibió la bala que le debía arrebatar la vida a ella, queriendo luego disparar contra Muscari, pero ya no pudo.
Un grito desgarrador salió de mi garganta cuando, al salir de la arboleda, contemplé la escena con horror. Traté de taclear a Muscari, pero estuvo muy listo y esquivó mi envestida.
Caí pesadamente frente a él y me volteé rápidamente para ver cómo me apuntaba con su pistola, dispuesto a acabarme. 
Sin duda la muerte tenía un festín ese día sangriento y andaba acechando, llevándose a sus presas a la mínima oportunidad. Pero la muerte no vendría por mí ese día, no caería sobre mí su guadaña infernal para arrastrarme al abismo.

Cuatro hierros puntiagudos, que goteaban sangre, salieron del abdomen de Muscari. No pude reaccionar ante el suceso ni entendí lo que pasaba. El rostro del hombre expresó el peor gesto que pude verle mientras la vida lo iba abandonando. Pero en sus últimos esfuerzos se volteó para ver a su asesino y entonces pude entenderlo.
Ginger estaba detrás de él, con una horquilla lo había atravesado sin que Muscari se percatara de su presencia. Había esperado pacientemente detrás de la bodeguita, acariciando la puntiaguda herramienta y, ante la oportunidad, salió de su escondite para vengar a su padre.
Muscari no había soltado su arma a pesar de su herida, así que su último respiro lo usó para presionar el gatillo con furia hasta acabarse las balas.
Allí cayeron los dos, uno frente al otro. Él atravesado por la horquilla y ella atravesada por las balas. La sangre tiñó el suelo y la muerte casi sació su apetito voraz…
En los brazos de Gardenia estaba Jacinto agonizante. Me arrastré hasta ellos con el corazón destrozado.
– No, por favor, resiste… no me dejes ahora.
Aún pudo articular…
– Ella te hará feliz. Lo sé, debía protegerla… pude verte cuando ella se fue y me dolió en el alma. No podía permitir que ella se fuera para siempre de tu lado… la mujer que amaba me fue arrebatada, nunca quise que eso te pasara a ti.
Sé que no soy tu sangre, y no soy más que un rústico, pero hice una promesa a tu padre, de cuidarte para que pudieras tener una vida feliz. La que él siempre quiso para ti y la que yo también quiero que tengas…

Sus palabras se fueron apagando mientras sus ojos se cerraron ante mí.
Adiós, amigo… te prometo ser feliz.

jueves, 12 de enero de 2017

CAPÍTULO TRIGÉSIMO CUARTO

La apresurada carrera de una mujer sobre un caballo se dio aquella mañana por las estrechas calles de la ciudad. El sonido que producían las pezuñas al chocar con el pavimento cesó frente a la pequeña pensión “Los Claveles”. La mujer se apeó y entró decidida a encontrar la forma de recuperar Los Cogollos.
En la habitación donde reposaba Dalia, con su muy recuperado prometido, tocó la puerta y se le abrió la misma. No hace falta describir el gesto de sorpresa de Dalia al ver en ese pasillo a Gardenia con un aspecto bastante deplorable causado por su falta de sueño y el viaje desde al puerto hasta la ciudad.
– Has vuelto.
– Tienes habilidad para persuadir. Seguro ganarás la elección.
Dalia la hizo pasar y allí conversaron sobre lo sucedido con la hacienda y Cardo Muscari. Dalia le detalló la situación, le explicó como había pasado todo, así como yo se lo había contado a ella la noche anterior. Trataban de encontrar la forma de revertir los hechos.
– Cardo Muscari seguramente estará saliendo hoy mismo para Ciudad Verde. Aunque seguramente ya debe haber enviado los documentos al Registro de la Propiedad. Ahí las nuevas escrituras cobrarán vigencia. Por lo que pudo decirme Narciso, todo en esos documentos parecía en orden, eran auténticos y ahora tienen la firma de la misma mano de Narciso.
– Lo suponía, Cardo Muscari siempre tiene cuidado al hacer sus fraudes. Trata de hacer todo de la forma más legal posible para que no tengan puntos débiles. Por eso creo que debemos atacarlo de la misma forma.
– ¿A qué te refieres?
– Si denunciamos lo que pasó, le resultaría muy fácil sobornar a un juez o algo por el estilo ¿no crees?
– Sí, lo sé, la situación de la justicia en Ciudad Verde actualmente es deplorable. Y aquí en Costa Florida le sería aún más fácil salirse con la suya, es una ciudad pequeña.
– Por eso creo que debemos hacer que firme otras escrituras en las que ceda las tierras de nuevo a Narciso. De esa forma, aunque los documentos se oficialicen, también podremos hacer valer este otro documento y todo quedará arreglado.
– ¿Tú tramaste eso?
– Así es, lo pensé todo mientras venía hacia acá.
– Pues es un plan algo disparatado… pero podría funcionar. Ahora… ¿cómo harás para que él firme esos papeles?
– Yo lo voy a convencer. Me iré a la hacienda ahora mismo.
– ¡Espera! ¿Has hablado con Narciso?
– No, yo no puedo presentarme ahora frente a él, me siento muy mal por todo lo que he hecho. Pero si puedo ayudarle de esta forma, lo haré.
La historia era un tanto fantasiosa. De pronto Gardenia había regresado y tenía intenciones de ayudarme. Pero la persona que me lo decía era Dalia, era de la que menos podía dudar.
¿Qué debía hacer? ¿Las intenciones de Gardenia eran sinceras en esta ocasión? No podía negar que aquella noticia me causaba cierta alegría y hacía que renaciera la esperanza en mí… pero ¿en qué pensaba?
¿Cómo era posible que estuviera dudando tanto cuando ella podría haberse encontrado en grave peligro? No podía dudar más, debía ir a protegerla.
– Jacinto, tú dijiste que la última vez que hablaron te había parecido sincera. Dime ¿crees que ella en verdad lo hace por mí? ¿Crees que me ama?
El hombre esquivaba mi mirada y fruncía el ceño con gran recelo. Al final cerró sus ojos con resignación y su frente se alisó de repente.
– Creo que ya no importa. Tal vez sí te ame, tal vez solo sienta culpa; yo no lo sé. Pero tú si a ella, de eso estoy seguro y sea cual sea la realidad, irás por ella y yo te ayudaré si eso es lo que tú quieres hacer.
Entrar a mis propias tierras ahora se había convertido en toda una odisea. Según los peones que se habían reunido en la casa de Jacinto, los cuatreros que había contratado Muscari se habían reunido en la plaza y estaban por salir con rumbo a la hacienda. Nosotros no teníamos armas y ellos sí. Ir de esa forma sería un suicidio.
Pero Boldo siempre mantenía su espíritu inquebrantable y al instante infundió ánimo a los muchachos.
– ¡Hombre! Todos nos enfrentamos al menos una vez en nuestras vidas con bravucones. Don Jacinto ¿acaso no se enfrentó usted a los cuatreros en su juventud? ¿acaso no nos hemos agarrado a palos nosotros con los revoltosos?
Yo digo que hay que emboscarlos, hay que quitarles sus armas. Si los agarramos por sorpresa tenemos posibilidades.
¡Vamos, don Jacinto! Usted nos va a decir qué hacer.

El entusiasmo del hombre animó los corazones y el coraje surgió a borbotones en aquellos hombres. Todos montaron en sus caballos armados únicamente con sus lazos, con sus machetes y varas. Todos dispuestos a recuperar su hogar.
Era sorprendente como al paso de los caballos más y más hombres se nos unían. Había peones de haciendas vecinas que eran amigos de los peones de mi hacienda, había familiares, conocidos, vecinos. Todos estaban dispuestos a ayudar a sus buenos camaradas. Pronto superamos en número a los cuatreros, avanzamos jugándoles la vuelta, les sacamos ventaja y luego, agazapados en los matorrales, esperamos en el camino hacia la hacienda.
Cuando pasaron, desprevenidos, todos nos lanzamos contra ellos. Las manos hábiles de los vaqueros lazaron a los maleantes apretándoles el cuello y bajándolos de los caballos de un tirón. Aquellos que llevaban palos los golpearon con todas sus fuerzas hasta dejarlos inconscientes, pronto ellos dispararon, pero tarde fue su reacción. Varios fueron los heridos a causa de las balas que lograron disparar, pero cuando el escándalo cesó, logramos someterlos y quedarnos con sus armas.
En la hacienda, Gardenia aún sostenía aquella navaja junto al cuello de Muscari. De su bolso había sacado los documentos que redactara Dalia hacía unas horas y ahora le estaba obligando a firmarlos.
– ¡Hazlo de una vez! No suelo ser muy paciente.
– Todo esto es por el meserito ¿no es verdad? Se lo darás a él.
– Eso no te importa.
– ¡Sentimientos! Eso es lo que tienes. Me das pena, los sentimientos te han hecho débil, te han hecho estúpida. Eras muy lista, eras casi como yo, pero lo echaste a perder.
– Dedícate a firmar y deja de mover tu lengua. ¡Cállate!
Ante la presión que le oponía Gardenia, Muscari firmó el documento y la volteó a ver con una mirada llena de ira.

– Los sentimientos te hicieron una tonta. ¿Has pensado al menos cómo vas a salir viva de aquí con esos papeles? ¿Planeaste al menos cómo escapar? Me das lástima.
Con gran rapidez, Muscari abofeteó a Gardenia mandándola a rodar y liberándose así del arma amenazadora. Pronto se abalanzó sobre ella, la tomó de la blusa y la estrelló contra la pared.
– Dime ¡dime cómo vas a salir viva de esta casa! ¡Dímelo!
Sus gritos eran endemoniados y la expresión de su rostro lo era aún más.

– ¡No lo planeé! ¡Lo acepto! No planeé como escapar pero fue porque siempre creí firmemente que no necesitaría hacerlo. Porque sé que alguien vendrá por mí. Lo sé.
Muscari estaba totalmente fuera de razón a causa de su furia. Podría haberla matado a golpes allí mismo; pero, justo cuando se disponía a empezar con la paliza, disparos se empezaron a escuchar en todos los alrededores. Pronto los guardias respondieron con sus armas y un tiroteo terrible comenzó.
En ese momento el miedo se apoderó de él y no le quedó más que colocarse detrás de Gardenia mientras le rodeaba el cuello con un brazo. De esa forma avanzó hasta llegar a la sala, donde había dejado su arma; dejando los documentos en la habitación, sin percatarse de ello. En la sala se atrincheró en un rincón mientras duraron los disparos.
La sangre corrió ese día, pero por el precio de esa sangre el tirano debía caer.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO TERCERO

Un nuevo amanecer es esperanza; pues el que lo ve, porque está vivo puede hacerlo; y el que está vivo esperanza siempre deberá tener, esperanza en que todo mejorará y la vida se tornará más bella.
– ¿Señorita Gardenia? – dijo Boldo sorprendido – está aquí.
– Tú trabajas en la hacienda Los Cogollos, te conozco, eres Boldo ¿Cierto?
– Así mismo, señorita. O tal vez no exactamente.
– No te entiendo.

– Pues verá… han pasado muchas cosas.
– ¿Qué ha pasado?... espera, es Cariño, es él ¿Verdad?
– Sí, señorita, es él.

– ¿Por qué lo tienes aquí? ¿Por qué no están en la hacienda?
– Le voy a contar, señorita.
Boldo se encontraba en una pequeña plaza de las afueras de la ciudad de Costa Florida. Después de mi arranque de locura se había llevado a Cariño con él y trataba de buscarle un mejor lugar.
– No puedo creer lo que me dices, Boldo.
– Sí, ha sido un golpe duro para todos. Más para don Narciso, está irreconocible según me han dicho. Yo no lo he ido a ver, iré hasta que pueda vender al pobrecito de Cariño.
– Me parece cruel que haya querido matarlo, que bueno que se arrepintió.
– Usted le hace mucha falta al patrón. Yo lo pude ver, se notaba cada día que pasaba, en sus ojos, en su mismo rostro… se miraba cuánto la extrañaba. Debería ir a verlo.
– Ahora mismo no puedo. Antes debo hacer algo. Ya no te preocupes por Cariño, me lo llevaré yo y luego lo regresaré a la hacienda.
– ¿A la hacienda?
– Sí, Boldo, voy a ir a la hacienda, hay que recuperarla.
Gardenia montó en Cariño y se fue galopando por una pequeña calle. Boldo, por su parte, corrió buscando un medio de transporte que lo llevara hasta donde yo estaba.
En la hacienda aún se encontraba Muscari. Después de haber asegurado todo planeaba marcharse, en secreto, a Ciudad Verde, pero aún no había salido. Planeaba, sin duda, algún método para sacarle provecho a sus recién adquiridas tierras. Unos guardias regresaron entonces.
– Señor, hemos vuelto, traemos noticias.
– ¿Qué ha pasado?
– Fuimos a enterrar al muerto Delphinium a unos matorrales muy lejanos, más allá de los límites de la hacienda.
– ¿Y bien?
– Encontramos otro cuerpo. Estaba tumbado en el pasto, seguramente murió en la noche. Lo mató una serpiente, tenía la marca de la mordedura.
– ¿Debería interesarme eso?
– Señor, encontramos este maletín junto al cuerpo. Está lleno de billetes.
Muscari se mostró sorprendido ante el hallazgo. No se explicaba cómo aquello era posible. Desde luego, ignoraba la traición que Lupino le había hecho a Delphinium y cómo ese maletín contenía lo que sería su pago. No obstante, era ambicioso y lo tomó como un obsequio del destino.
– Enterramos a Delphinium y a la par de él, al otro pobre desdichado.
– Está bien. Pueden descansar un poco. Dentro de poco partiré, estén preparados.
– Señor ¿qué hacemos con la mujer?
– Tendremos que acabar con ella antes de irnos.
Muscari se iría pero no dejaría las tierras descuidadas. Había mandado a algunos de sus guardias a contratar a cuantos cuatreros pudieran encontrar en la ciudad. Quería dejarlos cuidando las tierras para que nadie las invadiera.
Los hombres de la hacienda y hasta el mismo Boldo se habían enterado del asunto y estaban preocupados. Eran muchos revoltosos los que ya habían conseguido y todos estaban armados.
Precisamente estaban esperando a reunirlos y llevarlos hasta la hacienda para presentarlos ante Muscari y que éste les diera su aprobación. Era otra de las razones por la que el perverso no se había retirado aún.
De pronto, algo extraño sucedió en el patio de la casa de la hacienda. El guardia de la puerta delantera entró rápidamente y avisó a Muscari de la llegada de una mujer a caballo.
– ¿Gardenia está aquí? Parece que hoy es mi día de suerte. Hazla pasar.
El guardia salió e hizo lo indicado. Gardenia se mostraba muy segura de lo que hacía, tenía una apariencia muy tranquila, algo debía tener en mente. Cuando entró, Muscari la recibió con gran aspaviento.
– ¡Vaya! Mis posesiones se acrecientan y al instante regresas como una abeja a su panal. ¿A qué debo tu grata presencia, mujer?
– Tú lo has dicho, ahora tienes más posesiones y una, en especial, que me interesa mucho.
– Te interesa esta hacienda.
– Sí, por ello vine aquí desde el principio, durante todo el tiempo que viví aquí me mantenía planeando una estrategia para que fuera mía. La quiero ahora.
– Me resulta muy gracioso. – Muscari esbozó una sonrisa irónica – ¿Sabes? Al principio estaba muy molesto contigo por haberte ido. Pero al venir aquí y ver como habías dejado abandonado a ese pobre sujeto me di cuenta de algo: tú ibas a volver a mí tarde o temprano. Aparentas ser buena pero en realidad eres perversa, casi tanto como yo. No podrías alejarte de mí, tú y yo nos parecemos y cada cosa cae en su lugar a su debido tiempo. El tiempo de que tú volvieras ha llegado. 
Entiendo que tu interés hacia esta hacienda te ha traído, pero si la quieres, debes darme algo a cambio; después de todo, es mía ahora.

– Por supuesto. Yo sé muy bien lo que quieres. Yo sé muy bien lo que te puedo dar a cambio y no dudaré en hacerlo.
Gardenia lo llevó hasta la que fuera mi habitación. Allí se encerraron y Muscari pidió no ser molestado. Pero el momento que él pensó, sería muy apasionado, resultó ser todo lo contrario.
Él estaba pisando esa casa por primera vez, mientras que Gardenia la conocía muy bien, incluso mi habitación y sabía que en la gaveta de mi armario guardaba una navaja muy bien afilada. Sin que Muscari se diera cuenta fue hasta aquella gaveta, sacó la navaja y violentamente se arrojó contra él, colocándole la navaja reluciente a milímetros de su garganta. Muscari chocó de espaldas contra la pared tras el empujón que ella le propinara.
– ¡¿Qué demonios estás haciendo?!
– ¡Cállate! ¡Que no se te ocurra llamar a los guardias porque van a llegar muy tarde para salvarte! Quédate en silencio.
– ¿Todo esto es por las tierras?
– Estás en lo correcto. Pero fuiste muy estúpido al creer que caería tan bajo por ellas. Prefiero obtenerlas con esto otro tipo de persuasión. Ahora, señor Muscari, usted va a firmar unos papeles.
Boldo había llegado hacía un rato a la panadería después de correr muchas cuadras.
– ¿Qué dices? ¿Gardenia volvió?
– Sí, señor. Se lo juro.
– ¿Y fue a la hacienda?
– Eso fue lo que ella me dijo. Que la iba a recuperar, la miré muy decidida.
La noticia me causó impacto. Jacinto no estaba muy convencido con el asunto y tenía una expresión muy desconfiada.
– Seguro volvió a aliarse con ese desgraciado. De seguro quiere adueñarse ella de la hacienda. Después de todo ella fue la causante al llevarse ese dinero ¿qué más quiere ahora?
– No es así – todos volteamos con gran sorpresa al escuchar la voz de Dalia que entró de pronto – no pudo haber sido ella, estoy segura. Tuvo que ser alguien más.
– ¿De qué estás hablando? – preguntó el incrédulo Jacinto.
– Ella no robó ese dinero y, ahora, fue a esa hacienda con la intención de enfrentar a Muscari, lo sé porque me lo dijo.
Todos nos vimos sorprendidos ante aquellos sucesos y la confusión era grande.
– Narciso, ella no podrá hacerlo sola. Ahora sé que debí detenerla, pero ya es tarde. Debes ir allá, ir por ella y por tus tierras. Sé que la amas aún y ahora sé que ella también a ti.

viernes, 6 de enero de 2017

CAPÍTULO TRIGÉSIMO SEGUNDO

Gardenia había llegado al puerto con su madre, pero sus ánimos ya no eran los mismos. Las palabras de Dalia la habían dejado perturbada. Durante todo el trayecto de la ciudad hasta el puerto había permanecido callada y pensativa.
Su madre la veía con preocupación. Aquella mujer, su hija, tenía en sus adentros una maraña de miedos, tristezas y preocupaciones. Su corazón de madre se había angustiado hacía mucho tiempo atrás. El ver así a la muchacha le revivía recuerdos punzantes de su propia juventud y de su propio calvario. Hacía muchos años ella también vivió muchas penas, muchas tristezas.
– Gardenia, mi pequeña; hace tiempo tú te encontrabas en una etapa que fue muy difícil para mí. La dulce niña que fuiste se cansó de serlo y empezó a vivir una alocada adolescencia. En ese tiempo me preocupaba tanto por ti, no quería que sufrieras por tus imprudencias como yo lo hice a causa de las mías. Constantemente trataba de hablarte, de aconsejarte; pero tú te negabas a escuchar, seguías solamente a tus instintos. En ese momento comprendí que mi deber no era librarte de todos esos peligros que te acechaban, nunca podría lograrlo con mis limitadas fuerzas.
Entendí que tú misma debías darte cuenta de tus errores, que debías equivocarte, tropezar, caerte y soportar dolor; que era necesario que sufrieras un poco para que aprendieras la lección y enderezaras tu camino; así como yo lo hice un día. Me propuse, entonces ser para ti un consuelo en esos momentos difíciles, ser una consejera en las adversidades y mostrarte siempre que habían más opciones antes de que tú eligieras la menos conveniente.
Una vez también me enamoré, una vez también estuve loca por alguien que produjo en mí los más puros sentimientos. Pero no tomé la mejor decisión y perdí todo eso, dejé ir una parte de mi felicidad. El destino me compensó, aún sin ser merecedora, contigo; tú fuiste mi felicidad desde que supe que existías.
Pero ahora te toca a ti. Sé que estás enamorada de él, lo sé por cómo hablas de él cuando estás conmigo, cuando me cuentas todo lo que hacía, cómo era. Lo sé porque puedo sentir tu sufrimiento al estar lejos de él. Pero ahora me corresponde a mí decirte… que si esto lo haces por mí, no quiero que lo hagas.
Y me sentiré satisfecha si ahora te das la vuelta y regresas con él. Me sentiré satisfecha porque, si eres capaz de hacer eso, lo harás por ir tras tu felicidad. Eso es lo que quiero para ti, que seas feliz.

Gardenia escuchaba con abundancia de lágrimas las palabras de su madre. Después de tantos errores ella había comprendido que aquella mujer había sido la única que nunca la había abandonado y estaba haciendo todo lo posible por salvarla, alejarla del peligro. Pero una madre, es una madre y estas mujeres nunca dejarán que uno dé la vida por ellas; ellas siempre la darán primero.
– Mamá, por favor, no digas eso. Yo necesito llevarte a un lugar donde estés segura.
– Aquí estoy segura, ve a tu alrededor, es un lugar viejo y olvidado. Ese nombre no vendrá aquí. Nada va a pasarme. Pero si tú de verdad amas a ese muchacho, regresa lo más rápido que puedas, anda, reconcíliate con él y ya después vienes por mí. Yo estaré bien.
Gardenia se encontraba ahora ante el peor dilema que la vida le había presentado hasta ese momento. La decisión estaba en sus manos.
Mientras tanto, yo era prisionero de mi propia casa, mi vida corría peligro y mis tierras se escapaban de mis manos. Ginger había sido desalojada de la casa por la fuerza mientras lloraba con gran amargura y maldecía a Cardo Muscari por el trágico final que había dado a su padre. Los guardias la llevaron hasta una pequeña bodega que estaba algo apartada de la casa y allí la encerraron.
Después de registrar toda la casa, uno de los guardias que había llevado esto a cabo, llegó hasta donde se encontraba Muscari.
– Señor, las encontramos. Aquí están las escrituras de la hacienda.
– Guárdenlas bien. Nos van a ser muy útiles.
El guardia se llevó los documentos y luego me ofreció otras escrituras muy bien elaboradas que lo convertían en el propietario de Los Cogollos y que había preparado como un seguro en caso de que Delphinium no le pagara. Solo faltaba mi firma para completar el proceso.
– ¡Firma el maldito papel! – gritaba Muscari enfurecido – entre más enojado esté más vidas empezarán a perderse. Ya empecé con ese inútil, puedo seguir con la gente de esta hacienda y cualquier otra persona querida para ti.
Al ver mi gesto de alarma, Muscari supo que podría coaccionarme de esa forma.
– Vas a firmar eso, meserito, lo harás ahora. – luego se dirigió a los guardias – vayan todos, saquen a esta gente de aquí, quemen sus ranchos. Si se resisten mátenlos.
No pude resistirme a las amenazas de aquel despiadado y accedí por fin a ceder todo.
– ¡Espera! Lo haré, lo firmaré, pero deja a esa gente en paz. No te han hecho nada. Tienes que dejarlos tranquilos, si quieres que firme debes cancelar tus órdenes.
– Yo soy el que pone las condiciones. Firma ahora.
En carencia total de opciones me vi forzado a firmar.

– Te has portado bien, meserito. He decidido perdonarte la vida solo para que veas como me quedo con tu propiedad y hago lo que se me antoje con ella. Ahora quiero que te largues de aquí antes de que me arrepienta ¡Largo!
Salí de mi hacienda a pie, completamente humillado. Muscari no había tenido necesidad de asesinarme pues yo ya iba muerto en ese momento. Me sentía bajo, en el fondo de una oscura fosa llena de inmundicia. Todos los peones con sus familias fueron expulsados, afortunadamente no mataron a nadie ni los dañaron físicamente, pero podía comprender que el dolor que ellos sentían era peor que él mío.
Jacinto me auxilió cuando me encontró arrastrando mis pies en el camino. Se dirigía a la hacienda ignorando completamente todo lo que había pasado. Venía del banco con la buena noticia de haber conseguido el préstamo, dinero que ahora ya no serviría de nada.
Me llevó a su casa y lamentó junto a mí todo lo sucedido.
Hubo conmoción en toda la ciudad al enterarse de la noticia. Un nuevo cacique llegaba y se adueñaba de una gran porción de tierra. Sus hombres armados vigilaban a toda hora y atacaban al que se acercara. Nadie quería siquiera hacer mención del asunto.

La gente de la hacienda buscó refugio en todos lados. Algunos debieron construir pequeñas chozas en terrenos baldíos o a la orilla de la carretera. Allí pudieron pernoctar.
Yo casi no hablaba, aún estaba en un grave trance causado por todas las impresiones sufridas. Me sentía destruido, tan afligido y desconsolado; nada podía aliviar mi pena.

Dalia llegó a la casa de Jacinto al enterarse. Habló conmigo y me expresó su inconformidad ante este acontecimiento. Me aseguró que encontraría la forma de ayudarme.
Ella, Jacinto y el consuelo que me envió Áster a través de Dalia fue el único apoyo que recibí esa noche. Inevitablemente pensé en Gardenia. Recordé como le había ofrecido mi consuelo cuando ella estuvo triste y me di cuenta de cuanto deseaba yo el suyo.

A pesar de todo la extrañaba a muerte y me daba rabia hacerlo. Yo quería dejar de pensarla, pero ahora que todo me había sido arrebatado, ahora que era dueño de nada, solo ese amor que sentía era lo único en mi lista de pertenencias.
Cómo hubiera querido morir a manos de Muscari y librarme de una vez de todo el sufrimiento, pero no. No era muerte sino sufrimiento lo que había encontrado hasta ahora, lo que me acechaba en mi presente, por eso, sin duda, buscaba el pasado. Por eso la recordaba. El pasado era lo único hermoso que me quedaba, pues ya no me quedaba futuro…
Mientras me entregaba sin condición cada vez más a la locura solo una mano amiga descansó en mi hombro.
La voz tranquila de Jacinto me arrojó el salvavidas de su consejo: “No te aferres al pasado”.

“No, querido amigo. No puedo. El pasado es como esa mujer, me hace daño, pero es hermoso.”
Esta es mi historia, es la historia de cómo caí en el fango dolorosamente y de cómo la mano de aquella a la que amaba, aquella que era la única que podía levantarme; me había abandonado.
Pero ahora la decisión estaba en manos de Gardenia. Ahora ella tenía la opción de devolverme la tranquilidad.

CAPÍTULO TRIGÉSIMO PRIMERO

En las sombras, todo fue planeado mucho tiempo antes, en una lujosa oficina de Ciudad Verde.
– Bella Ginger, me sorprendió tu carta. ¿Qué es lo que deseas de mí?
– Quiero negociar. Nos conocemos muy bien tú y yo, Cardo, demasiado bien. Pero en esta ocasión necesito tu ayuda con un pequeño ajuste de cuentas.
– Tú dirás.
– Hay una hacienda, es grande y productiva, se llama Los Cogollos. Mi padre ha sido socio de Narciso Gerbera, dueño de la misma. Pero ambos, mi padre y yo… tenemos la intención de quedarnos con ella.
– Tu padre ¿interesado en tierras?
– Para él sería un gran beneficio y para mí sería una dulce venganza dejar a Narciso sin nada.
– ¿Dónde exactamente entro yo en esto?
– Sabemos bien de los “empleados” que tienes regados por allí, vagando por las calles, desapareciendo a aquellos que te estorban. Narciso no quiso hacer un trato con mi padre por las buenas, tendrá que ser por las malas.
– Desde luego que puedo hacerlo. Pero no será barato.
– Eso lo sé, por el dinero no debes preocuparte. Mi padre podrá pagarte de inmediato.
– ¿Te puedo ofrecer un wiski?
– Sí, gracias. Le haré saber a mi padre de tu disposición a colaborar con nosotros.
– Aquí tienes – dijo Muscari entregándole un vaso de cristal en el que había servido wiski – No entiendo cómo una fina dama como tú se ocupa en estos asuntos.
– Siempre he sido emprendedora al igual que mi padre e igual que él, me interesan los buenos negocios.
– Lo que me pides me parece demasiado sencillo. He tomado esta ciudad, ahora soy la máxima autoridad aquí. Podría hacerlo en cualquier otro lado si quisiera.
– Y es por eso que acudí a ti. ¿Acaso pensabas que solo lo hacía por tu lindo rostro? – Muscari sonrió irónicamente.
– Haré lo que me pides. Y lo haré por tu hermoso rostro y para que tus labios sean míos una vez más.
– Por una excesivamente fructífera sociedad – dijo ella mientras brindaban.
– Por una apasionada y placentera sociedad – respondió él.
La sombra de la traición cubrió Los Cogollos, las tierras serían entregadas primero a Muscari por un valor equivalente al que hubiera en un pequeño maletín que, yo suponía, había desaparecido.
Pero nadie está exento de la traición cuando se asocia con personajes viles y sin el más mínimo honor.

Cardo Muscari ahora estaba en mi casa exigiéndome información sobre Gardenia.
– Señor Muscari, no creí verlo aquí. – dijo Delphinium sorprendido.
– Algo se me perdió y debo recuperarlo. Su muy estimado socio, al parecer, tiene información que me podría ser útil.
– ¿Qué hará al respecto?
– Interrogarlo, luego, mis hombres se harán cargo de él. Dígame ¿él ya firmó el traspaso?
– Estábamos en eso. Yo espero que el señor Gerbera no se resista.
– Por su bien no lo hará. Y usted, por su bien, me imagino que ya tiene mi dinero.
– Desde luego, yo siempre cumplo mi palabra, señor Muscari. El dinero lo traerán pronto.
– En ese caso, él firmará hasta que el dinero esté aquí. Mientras tanto, lo interrogaré.
Delphinium estaba muy seguro de que Lupino, quien había sido realmente el ladrón del maletín, llegaría pronto a entregárselo. Pero, por otro lado…
– Bueno muchachos – dijo Lupino al grupo de cuatreros que lo acompañara la noche anterior – Ahí está la parte de cada quién. El señor Delphinium, mi nuevo patrón, les agradece su colaboración – decía con ironía.
– Gracias, señor Lupino, pero díganos ¿a dónde se fue usted anoche? Porque nos dejó solo ahí con el ganado, usted desapareció.
– Yo tenía mi propia misión. Era otro asuntito por ahí. Digamos que en la casa de Gerbera había algo que le pertenece a Delphinium y yo le hice el favorcito de pasar a traerlo. Por suerte, la casa estaba completamente sola cuando yo llegué.
– Qué suerte la suya ¿no cree?
– Claro que sí. Soy un hombre de suerte. Y ahorita mismo la buena suerte me sonríe. Ya me encariñé mucho con el maletincito, creo que me lo voy a quedar.
– ¿Cómo sabía usted exactamente dónde estaba eso que es de Delphinium?
– Yo le seguí los pasos al idiota de Jacinto. Lo he vigilado mucho estos días.
Me voy, muchachos, no creo que me vuelvan a ver.
Lupino montó en su caballo y se alejó de la ciudad. Iba atravesando campos y aplastando el pasto donde no había vereda para que nadie lo pudiera ver ni seguir en su huida. Su único equipaje era el maletín que contenía el pago para Muscari.

– Ya cuando me encuentre bien lejos, salgo a la carretera y allí me voy para mejor destino.
Decía para sí, mientras sonreía grandemente por la felicidad que le producía su botín.
Mientras tanto, en la hacienda había hombres armados por todos lados. Habían rodeado la casa. Muscari conversaba conmigo, mientras tanto.
– Siempre sospeché que ustedes dos se conocían. Después de todo Gardenia vivió un tiempo aquí, en Costa Florida y su reacción en el club me dio a entender que ustedes tenían cierta historia. Solo pudo haber venido aquí, no tenía a donde más. Dime ¿dónde está?
– No tengo idea, ella acostumbra irse sin avisar. Por lo que veo, a ti te pasó lo mismo.
– ¡No seas insolente! – dijo tomándome de la camisa con violencia – Eso te puede costar caro. No me importa acabar con tu vida aquí mismo.
– Entonces hazlo de una vez. Creo que sería mejor así.
– No hasta que firmes esos papeles.
Muscari se levantó y fue hacia Delphinium.
– ¿Cuánto más se supone que debo esperar? ¿Dónde está el dinero?
El rostro de Delphinium empezaba a palidecer y se mostraba sudoroso.
– Ya viene, no se preocupe. En un momento estará aquí.
Pero por más que esperaran, ya muy lejos se encontraba ese dinero. Lupino no llegaría y el pago no se efectuaría. Pronto, con el pasar de las horas, todo empezaría a tornarse peligroso.

Ginger conversaba con su padre tan preocupada como él. Se notaba en los dos el enojo que los embargaba, así como el miedo ante la reacción de Muscari que ya se mostraba exasperado.
– Bien – dijo Muscari, aburrido de esperar – al parecer alguien le quedó mal, Delphinium. No me gusta que no cumplan y yo no vine aquí a perder mi tiempo. Así que todos pagarán sus propias cuentas.
En el acto, pidió una pistola a uno de los guardaespaldas y disparó contra Delphinium atravesándolo en el pecho ante la mirada horrorizada de Ginger. El eco del disparo inundó cada rincón de la casa.
– Llévenselo de aquí – dijo a sus hombres. Luego se dirigió a mí – estoy harto, pero tienes suerte, vivirás unos momentos más hasta que firmes otros papeles que yo traigo. Me gusta tu hacienda, me la voy a quedar. Al menos serás útil así ya que no fuiste útil con el asunto de Gardenia.