domingo, 1 de enero de 2017

CAPÍTULO TRIGÉSIMO

Heme aquí, hundido en disparates y recuerdos. He pasado ya hace rato la cordura y ahora no me queda más que resignarme a la belleza del delirio que en las sombras de mi perdida mente se asoma.
¿Por qué te fuiste? ¿Por qué dejaste que muriera prematuramente el sentimiento que no logró florecer? ¿Por qué trajiste a mí el frío invierno eterno?
Bellos sentimientos había en mí, pero te esforzaste tanto en matarlos que, al final, lo lograste.
Mi amor se disipa, se aleja de mí. Se aleja veloz como las balas que salen de mi arma y se pierden por el aire pasando por arriba de donde el caballo relincha aterrorizado.
Mi vista se pierde, estoy en trance y ya no distingo la realidad. Por tu culpa me estoy muriendo. Fuiste el bálsamo más puro para mí, pero veneno era en realidad, veneno que ahora me destroza pero que… como cruel ironía, es el único antídoto existente.
– Llévatelo, Boldo, no puedo matarlo…
– Señor Narciso…
– ¡Llévatelo! ¡No quiero verlo nunca más! ¡Hazlo!
– Pero el caballo es suyo, señor.
– ¡No es mío! Era de ella… has lo que quieras con él, véndelo si quieres.
Me marché de allí montando el caballo en el que llegara Boldo, dejándolo a él con Cariño. En los ojos del animal todavía podía verla a ella.
La tarde había llegado y pronto regresaría Delphinium. Jacinto se había ido al banco a negociar un préstamo y se había demorado un poco. Estaba solo en la casa cuando llegaron.
La mañana de ese funesto día Dalia había despertado en la pensión y, al notar mi ausencia, salió al pasillo a buscarme; pero no fue conmigo con quien se encontró. De la habitación contigua a la de ellos vio salir a una mujer joven, de su misma edad, tal vez, acompañada de una mujer de edad más avanzada. El rostro de la muchacha se le hizo muy familiar. Su mente regresó a una noche en el club Nerine, ella en una mesa con Áster, yo en otra con esa extraña chica.
Era Gardenia. Salía con su madre dispuestas a desaparecer, a alejarse para siempre de Muscari, de Ciudad Verde, de Costa Florida y de mi vida. Dalia no pudo contenerse y le habló, Áster le había contado toda mi historia.
– Eres tú… eres Gardenia ¿Verdad?
– ¿Cómo sabes mi nombre? Espera… tú eres la política, la que quiere ser alcaldesa.
– En realidad soy abogada y notaria. Pero eso no importa ¿qué haces aquí?
– ¿Por qué debería darte información? Ni siquiera te conozco bien.
– No te confundas, a mí no me interesas, pero a Narciso sí. ¿Él sabe que estás aquí?
– No y no quiero que lo sepa. Y si piensas decirle, no me importa, para cuando lo hagas ya estaré lejos.
Gardenia se dispuso a seguir su camino con su madre al lado, pero Dalia la tomó del brazo bruscamente. Gardenia volteó con una mirada iracunda que fue correspondida por Dalia.
– Mamá, espérame en la recepción, por favor. Debo hablar con ella.
La señora siguió caminando tranquilamente sin proferir palabra y quedaron en el pasillo ellas dos nada más.
– No tienes vergüenza. Otra vez escapando.
– Ya te dije que mis asuntos no te conciernen. Déjame en paz. Sé lo que estoy haciendo y por qué.
– No, no sabes lo que estás haciendo, no necesito saber qué planeas para adivinar lo que te pasa. Estás huyendo de tus problemas, huyes como una pequeña rata asustadiza.
– ¡Oye! ¡Cuida tus palabras! – con cada frase, la intensidad de sus voces crecía.
– Cuidaría mis palabras si estuviera hablando con alguien respetable. Pero en realidad hablo con una cobarde.
– ¡Tú qué sabes!
– ¡Yo sé mucho! Si estoy aquí en esta pequeña pensión, lejos de mi casa y de mi ciudad es precisamente porque tuve que huir de un maldito asesino. Asesino que, si no me equivoco, es tu prometido. Pero aun cuando escapé de él, nunca lo hice como tú lo haces. Yo no corro asustada, trato de proteger a quien amo, además de resguardarme yo misma para pronto volver más fuerte a dar la cara y pelear. ¡Tú en cambio te vas abandonando todo, importándote poco lo que los demás sientan, piensen u opinen!
¿Qué hay de Narciso? Ya se lo hiciste una vez ¿puedes siquiera imaginarte qué debe estar sintiendo ahora? ¿Puedes siquiera imaginarte su dolor o estás ocupada pensando en ti misma?

Dalia hablaba enérgica y tajante, tanto, que Gardenia no había tenido oportunidad de argumentar y se veía obligada a escuchar con sus ojos muy abiertos.
– Yo también hui una vez, me refugié en vicios para escapar de mi dolor, pero tuve la fuerza para recapacitar, tuve la fuerza para superar ese dolor y ver al futuro sin remordimientos de ninguna clase.
Ahora escucha bien esto: Cuando yo conocí a Narciso él era un perfecto desgraciado. Me hizo mucho daño, pero muchos años después lo volví a encontrar y no era el mismo. Al principio no lo creía, pero lo comprobé y luego supe el porqué. Él nunca había amado a nadie antes, pero cuando tú llegaste despertaste amor en su frío corazón. Ese amor lo cambió, lo hizo convertirse en alguien bueno; pero tú no hiciste más que burlarte de él. Dime ¡¿Eso es justo?!
¡Cómo hubiese querido que él me amara así! ¡Tú no sabes cuánto me hubiera gustado!

Dalia tomó groseramente el cuello de la blusa de Gardenia y, violentamente, la llevó hasta la pared al tiempo que, con gran intensidad, hablaba.
– ¡¿No puedes entender eso?! ¡Reacciona!
Él te amó a ti, tienes que saber apreciar esos sentimientos. No huyas, no te escondas, no lo hagas sufrir.
Sé que tienes miedo… pero ¿por qué elijes enfrentarlo sola cuando puedes tener su apoyo incondicional?

Dalia soltó a Gardenia y se alejó de ella. La miró unos segundos con una triste expresión para luego entrar a su habitación.
Gardenia estaba consternada. Se quedó un rato en el pasillo antes de recuperarse por completo. Luego fue con su madre.
Por la tarde de ese mismo día llegué yo a mi casa para encontrarme con mis gratas visitas. No solo Delphinium estaba allí, su adorada hija Ginger lo acompañaba. Yo no salía aún del trance en el que me encontraba, me sentía perdido y no podía razonar.
– Señor Gerbera, me siento muy apenado, pero debo tomar cartas en el asunto. Quiero de vuelta mi dinero.
– Hola, querido. Te he hecho mucha falta, lo sé. – Ginger era tan sarcástica como siempre, pero esta vez pude notar mucha malicia en su mirada.
– Jacinto ya está tratando de conseguir el dinero. Solo hay que dar tiempo.
– Me temo que ya no tengo más tiempo, señor Gerbera. Pero no se acongoje usted, no vengo con reclamos o problemas… vengo con una solución.
Usted recordará que hace años yo vine a usted con una propuesta.

– ¡No voy a cederle parte de mi propiedad! Podemos pagarle su dinero.
– Oh no, señor Gerbera – dijo Delphinium con el peor gesto de malevolencia que pude haber presenciado – usted no va a cederme una parte, va a cederme toda su propiedad.
En ese instante entraron varios hombres armados a la casa. Llevé la mano al revólver pero recordé que estaba descargado completamente por mi arranque de rabia contra Cariño.
– Aquí está el documento, todo está en completo orden. Solo debe firmar y se hará el traspaso. De otra forma, estos caballeros lo van a tratar muy mal.
Ginger se acercó a susurrarme:
– Yo siempre cumplo, mi amor. Te dije que me vengaría, tardé un poco, lo sé, pero más vale tarde…

Estaba petrificado, no podía creer lo que vivía, tanta traición en el ambiente, tanta repugnancia. Poco a poco sentía como todo dentro de mí moría, ya no era un hombre, era un despojo.
Pero lo peor no había pasado; ese día quería ganarse el título de memorable como el peor de todos. Cardo Muscari entró por mi puerta, altivo y prepotente.
– Ahora dime, meserito ¿dónde demonios está Gardenia?

No hay comentarios:

Publicar un comentario