Un nuevo amanecer es esperanza; pues el que lo ve, porque está vivo puede hacerlo; y el que está vivo esperanza siempre deberá tener, esperanza en que todo mejorará y la vida se tornará más bella.
– ¿Señorita Gardenia? – dijo Boldo sorprendido – está aquí.
– Tú trabajas en la hacienda Los Cogollos, te conozco, eres Boldo ¿Cierto?
– Así mismo, señorita. O tal vez no exactamente.
– No te entiendo.
– Pues verá… han pasado muchas cosas.
– ¿Qué ha pasado?... espera, es Cariño, es él ¿Verdad?
– Sí, señorita, es él.
– ¿Por qué lo tienes aquí? ¿Por qué no están en la hacienda?
– Le voy a contar, señorita.
Boldo se encontraba en una pequeña plaza de las afueras de la ciudad de Costa Florida. Después de mi arranque de locura se había llevado a Cariño con él y trataba de buscarle un mejor lugar.
– No puedo creer lo que me dices, Boldo.
– Sí, ha sido un golpe duro para todos. Más para don Narciso, está irreconocible según me han dicho. Yo no lo he ido a ver, iré hasta que pueda vender al pobrecito de Cariño.
– Me parece cruel que haya querido matarlo, que bueno que se arrepintió.
– Usted le hace mucha falta al patrón. Yo lo pude ver, se notaba cada día que pasaba, en sus ojos, en su mismo rostro… se miraba cuánto la extrañaba. Debería ir a verlo.
– Ahora mismo no puedo. Antes debo hacer algo. Ya no te preocupes por Cariño, me lo llevaré yo y luego lo regresaré a la hacienda.
– ¿A la hacienda?
– Sí, Boldo, voy a ir a la hacienda, hay que recuperarla.
Gardenia montó en Cariño y se fue galopando por una pequeña calle. Boldo, por su parte, corrió buscando un medio de transporte que lo llevara hasta donde yo estaba.
En la hacienda aún se encontraba Muscari. Después de haber asegurado todo planeaba marcharse, en secreto, a Ciudad Verde, pero aún no había salido. Planeaba, sin duda, algún método para sacarle provecho a sus recién adquiridas tierras. Unos guardias regresaron entonces.
– Señor, hemos vuelto, traemos noticias.
– ¿Qué ha pasado?
– Fuimos a enterrar al muerto Delphinium a unos matorrales muy lejanos, más allá de los límites de la hacienda.
– ¿Y bien?
– Encontramos otro cuerpo. Estaba tumbado en el pasto, seguramente murió en la noche. Lo mató una serpiente, tenía la marca de la mordedura.
– ¿Debería interesarme eso?
– Señor, encontramos este maletín junto al cuerpo. Está lleno de billetes.
Muscari se mostró sorprendido ante el hallazgo. No se explicaba cómo aquello era posible. Desde luego, ignoraba la traición que Lupino le había hecho a Delphinium y cómo ese maletín contenía lo que sería su pago. No obstante, era ambicioso y lo tomó como un obsequio del destino.
– Enterramos a Delphinium y a la par de él, al otro pobre desdichado.
– Está bien. Pueden descansar un poco. Dentro de poco partiré, estén preparados.
– Señor ¿qué hacemos con la mujer?
– Tendremos que acabar con ella antes de irnos.
Muscari se iría pero no dejaría las tierras descuidadas. Había mandado a algunos de sus guardias a contratar a cuantos cuatreros pudieran encontrar en la ciudad. Quería dejarlos cuidando las tierras para que nadie las invadiera.
Los hombres de la hacienda y hasta el mismo Boldo se habían enterado del asunto y estaban preocupados. Eran muchos revoltosos los que ya habían conseguido y todos estaban armados.
Precisamente estaban esperando a reunirlos y llevarlos hasta la hacienda para presentarlos ante Muscari y que éste les diera su aprobación. Era otra de las razones por la que el perverso no se había retirado aún.
De pronto, algo extraño sucedió en el patio de la casa de la hacienda. El guardia de la puerta delantera entró rápidamente y avisó a Muscari de la llegada de una mujer a caballo.
– ¿Gardenia está aquí? Parece que hoy es mi día de suerte. Hazla pasar.
El guardia salió e hizo lo indicado. Gardenia se mostraba muy segura de lo que hacía, tenía una apariencia muy tranquila, algo debía tener en mente. Cuando entró, Muscari la recibió con gran aspaviento.
– ¡Vaya! Mis posesiones se acrecientan y al instante regresas como una abeja a su panal. ¿A qué debo tu grata presencia, mujer?
– Tú lo has dicho, ahora tienes más posesiones y una, en especial, que me interesa mucho.
– Te interesa esta hacienda.
– Sí, por ello vine aquí desde el principio, durante todo el tiempo que viví aquí me mantenía planeando una estrategia para que fuera mía. La quiero ahora.
– Me resulta muy gracioso. – Muscari esbozó una sonrisa irónica – ¿Sabes? Al principio estaba muy molesto contigo por haberte ido. Pero al venir aquí y ver como habías dejado abandonado a ese pobre sujeto me di cuenta de algo: tú ibas a volver a mí tarde o temprano. Aparentas ser buena pero en realidad eres perversa, casi tanto como yo. No podrías alejarte de mí, tú y yo nos parecemos y cada cosa cae en su lugar a su debido tiempo. El tiempo de que tú volvieras ha llegado.
Entiendo que tu interés hacia esta hacienda te ha traído, pero si la quieres, debes darme algo a cambio; después de todo, es mía ahora.
– Por supuesto. Yo sé muy bien lo que quieres. Yo sé muy bien lo que te puedo dar a cambio y no dudaré en hacerlo.
Gardenia lo llevó hasta la que fuera mi habitación. Allí se encerraron y Muscari pidió no ser molestado. Pero el momento que él pensó, sería muy apasionado, resultó ser todo lo contrario.
Él estaba pisando esa casa por primera vez, mientras que Gardenia la conocía muy bien, incluso mi habitación y sabía que en la gaveta de mi armario guardaba una navaja muy bien afilada. Sin que Muscari se diera cuenta fue hasta aquella gaveta, sacó la navaja y violentamente se arrojó contra él, colocándole la navaja reluciente a milímetros de su garganta. Muscari chocó de espaldas contra la pared tras el empujón que ella le propinara.
– ¡¿Qué demonios estás haciendo?!
– ¡Cállate! ¡Que no se te ocurra llamar a los guardias porque van a llegar muy tarde para salvarte! Quédate en silencio.
– ¿Todo esto es por las tierras?
– Estás en lo correcto. Pero fuiste muy estúpido al creer que caería tan bajo por ellas. Prefiero obtenerlas con esto otro tipo de persuasión. Ahora, señor Muscari, usted va a firmar unos papeles.
Boldo había llegado hacía un rato a la panadería después de correr muchas cuadras.
– ¿Qué dices? ¿Gardenia volvió?
– Sí, señor. Se lo juro.
– ¿Y fue a la hacienda?
– Eso fue lo que ella me dijo. Que la iba a recuperar, la miré muy decidida.
La noticia me causó impacto. Jacinto no estaba muy convencido con el asunto y tenía una expresión muy desconfiada.
– Seguro volvió a aliarse con ese desgraciado. De seguro quiere adueñarse ella de la hacienda. Después de todo ella fue la causante al llevarse ese dinero ¿qué más quiere ahora?
– No es así – todos volteamos con gran sorpresa al escuchar la voz de Dalia que entró de pronto – no pudo haber sido ella, estoy segura. Tuvo que ser alguien más.
– ¿De qué estás hablando? – preguntó el incrédulo Jacinto.
– Ella no robó ese dinero y, ahora, fue a esa hacienda con la intención de enfrentar a Muscari, lo sé porque me lo dijo.
Todos nos vimos sorprendidos ante aquellos sucesos y la confusión era grande.
– Narciso, ella no podrá hacerlo sola. Ahora sé que debí detenerla, pero ya es tarde. Debes ir allá, ir por ella y por tus tierras. Sé que la amas aún y ahora sé que ella también a ti.
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