Recuperado de su borrachera, Lupino acudió a su nuevo benefactor para recibir instrucciones para el trabajo que esa noche debía llevar a cabo. Allí se informó minuciosamente y corrió a la cantina a buscar ayudantes.
Les prometía buena paga y una aventura emocionante. “Vengan conmigo esta noche” les decía a sus compinches, tan desvergonzados como él. “Vamos a fastidiarle la vida a esos desgraciados”.
Llegada la noche, entonces, se encaminaron al galope hacia Los Cogollos. Iba Lupino al frente y un pequeño grupo de cinco hombres detrás de él. Llevaban también una jauría que corría inquieta por entre los caballos.
Pronto estaban en uno de los potreros más cercanos a los bananales, en éste descansaban las reses con la mayor tranquilidad del caso; tranquilidad que se vio perturbada por el ladrar de los perros que empezaron a fastidiar al ganado.
No pasó mucho tiempo hasta que lograron inquietar a todos los animales que corrían para librarse de los ladridos mientras mugían desesperadamente. Uno que otro perro salió disparado, víctima de una feroz y certera patada que había sido propinada por algún hastiado rumiante. Los hombres entraron en la jugada y arrearon el ganado hacia los bananales.
Solo un trío de peones de la hacienda permanecía en las caballerizas y, al escuchar el escándalo de perros y reses, corrieron a avisar a los demás.
En la pequeña habitación de la pensión estábamos charlando sin preocuparnos de la hora. Yo sentado en un pequeño sillón acolchonado, Áster en la cama y Dalia sentada en un costado de la misma. Ignoraba por completo la situación por la que estaban pasando en la hacienda y sin quererlo, me quedé dormido en el sillón. Dalia no quiso molestarme así que me dejó allí.
Cuando los demás peones llegaron al lugar en sus caballos, solo pudieron ver el grupo de cuatreros que se alejaba por los campos con rumbo desconocido. Las reses, en estampida desesperada, arrasaron con las frágiles plantas de banano. Algunas, más tranquilas, aprovecharon para alimentarse con las numerosas pencas que pendían de los gruesos y verdes troncos. Era un escenario desolador.
Cuando Jacinto llegó al lugar ayudó a los muchachos a arrear las reses nuevamente al potrero donde estuvieran antes.
– No se llevaron ningún animal, don Jacinto. Esto fue hecho con mala saña. Si se hubieran querido robar las reses no las hubieran sacado por aquí.
– Su intención era destruir el bananal.
– Así mismo. El potrero estaba lejos de los bananos, ellos se tomaron la molestia de llevar las reses hasta allá para que hicieran el destrozo. Los vimos escapar, eran cinco desgraciados. Se perdieron a lo lejos, los seguían gran cantidad de perros.
– ¡Malditos sean! ¡Lo arruinaron todo!
La mañana siguiente desperté, en aquel sillón, muy confundido. Todo lo que pasara el día anterior, con Gardenia, vino a mi memoria. Dalia y Áster dormían aún por lo que salí en silencio de la habitación para dirigirme posteriormente a la hacienda. Manejaba muy apresurado.
Algo en el ambiente me anunciaba que muchas cosas habían cambiado. Al llegar, efectivamente, nada era lo mismo.
– ¡Señor, qué bueno que regresó! Le voy a decir a don Jacinto – me dijo la cocinera al verme llegar.
Cuando vi a Jacinto me asusté, en verdad. Su rostro denotaba su agotamiento, sus ojeras mostraban su desvelo y su expresión me transmitía un sentimiento muy desagradable.
– ¿Qué pasa? – pregunté con titubeo.
– Anoche vinieron unos sujetos. Espantaron al ganado y destruyeron la plantación. Casi todo se echó a perder, logramos salvar solo una pequeña parte.
Estaba incrédulo. Sencillamente era inconcebible que aquello hubiera pasado realmente. Pero mis penas no se detuvieron allí.
– Cuando logramos controlar a los animales y regresarlos a su lugar, regresé aquí pero el maletín con el dinero de Delphinium ya no estaba.
– ¿Qué? ¡Cómo que no estaba!
– La casa se quedó sola cuando yo corrí a ver qué pasaba… bueno, solo ella se quedó.
– ¿Gardenia?
– Se quedó aquí preparando sus cosas para irse. Ella no se quiso quedar y yo no me molesté en detenerla. Pensé que realmente podía confiar en ella y que era sincera… pero no me explico quién más pudo haberse llevado ese dinero.
Una sensación terrible se apoderó de mi estómago. No pude mantenerme en pie, fui a la sala y me senté en uno de los sillones.
– Jacinto, Delphinium vendrá hoy por ese dinero. No es una suma pequeña.
– Lo sé bien, tendremos que enfrentarlo.
– Tú sabes cuánto invertimos en esa plantación. No podremos recuperar eso.
– Podremos, de alguna forma. – Jacinto trataba de animarme pero podía ver muy bien que él también estaba asustado.
– Gardenia… ella se fue de nuevo. Solo me buscó por conveniencia. ¡Una vez más se burló de mí! ¡Esto no está pasando!
Desesperado fui hasta mi guardarropa. Busqué en lo más profundo hasta dar con una pequeña caja. En ella estaba el revólver de mi padre y algunas cajas con municiones.
– Narciso ¿qué vas a hacer?
– Voy a buscar a esos desgraciados, voy a matarlos.
– ¡Espera! Piensa un poco. No sabemos quiénes son, ni siquiera si son de aquí.
– ¡Tú lo dijiste! Fue un hecho planificado, con mucha premeditación. Tiene que ser alguien de aquí, alguien que me conozca. Alguien que me odie. Voy a buscarlos.
Al salir a la puerta pude ver que el auto de Delphinium se aproximaba. Jacinto me tomó por el brazo.
– Déjame hablar a mí. Tú estás muy alterado.
Con gesto de protesta lo vi, pero acepté que tenía razón. No era conveniente que yo hablara.
– Buenos días, don Jacinto, señor Gerbera; pensé que estaría fuera de la ciudad.
– Me vi en la necesidad de cancelar mi viaje. Por eso estoy aquí.
– Entiendo muy bien, los imprevistos siempre importunando.
Tal como le dije ayer, aquí estoy para recoger mi dinero. Ruego porque haya podido retirarlo.
– Verá… yo mismo retiré ese dinero ayer. – dijo Jacinto – Pero por circunstancias que están más allá de nuestra voluntad… el dinero fue hurtado.
– ¿Hurtado?
– Le suplicamos que nos dé un plazo. Lo suficiente para recuperarnos y poder pagarle.
– Pero yo necesito el dinero, es urgente. En verdad no puedo esperar.
– Le suplico su consideración. Estamos pasando por una situación adversa.
– Ahora llevo prisa… pero volveré por la tarde.
El hombre se alejó con mucho disgusto y se retiró de nuestra presencia. No sabíamos qué hacer, nuestro capital era muy bajo, habíamos invertido demasiado en la plantación. Las opciones tal vez eran prestar dinero en el banco o vender algo… la situación era tensa.
Yo empezaba a experimentar el choque emocional que me producía la nueva partida de Gardenia. No aceptaba aún que ella hubiera tomado ese dinero, pude ver la sinceridad en sus ojos cuando me habló… pero todo la acusaba a ella. El enojo me iba invadiendo poco a poco… no podía aceptar que se hubiera burlado de mí de tal forma.
Fui hasta la plantación y pude ver los campos devastados por la fuerza de los animales, no era un panorama que diera gusto ver. Mi corazón se había llenado de rabia en ese momento y la desesperación no me dejaba razonar bien.
Fui directo a las caballerizas y encontré allí a Boldo, precisamente estaba alimentando a Cariño. Al ver al animal me exasperé. La rabia me cegó, tomé un hacha que había cerca y monté en el caballo sin siquiera ensillarlo. Boldo estaba asustado, trató de persuadirme pero al ver cómo me alejaba a toda velocidad no tuvo más opción que seguirme.
– Don Narciso ¿Qué hace? Deténgase por favor – me gritaba desde atrás.
Llegué hasta el río. Allí estaba aquella mesa que mandara a hacer casi tres años atrás. Bajé del caballo y descargué mi furia contra ella. La destrocé completamente con el hacha mientras gritaba furioso.
– ¿Por qué? ¿Por qué tuve que enamorarme como un idiota? ¡Solo para que se burlara de mí! ¡Nunca hubo amor aquí! ¡Nunca hubo nada! – las astillas volaban por doquier – y tú – dije volteando hacia Cariño – lo único que haces es recordármela. No podemos vivir así.
Tomé el revólver y apunté hacia el caballo. Boldo iba llegando en ese momento hasta donde me encontraba.
– ¡Espere!
Gritó con pánico mientras yo disparaba toda la carga, impulsado por la terrible cólera que en mis venas corría.
No hay comentarios:
Publicar un comentario