¿Una vida feliz?
Mucho tiempo pasamos perdidos en afanes, hundidos en la rutina diaria; tanto, que descuidamos detalles mínimos que se vuelven muy pesados a causa del remordimiento que pueden producir hechos trágicos. Pues la vida es tan volátil que se escapa en segundos dejando atrás solamente los restos inertes de un ser que se va.
Adiós, amigo, te prometo ser feliz.
En la pequeña bodega que estaba atrás de la casa, cerca de la arboleda, se encontraba Ginger casi agonizante. Llevaba encerrada en ese lugar casi veinticuatro horas esperando morir, sin comida ni agua; ni siquiera había un lugar limpio donde reposar, en comparación a las comodidades a las que ella estaba acostumbrada. No había parado de llorar a su difunto padre y poco a poco iba perdiendo la razón. Muscari ya no indicó a sus hombres que debían hacer con ella, así que se quedó allí sin la más mínima esperanza.
Cuando se inició el tiroteo, su corazón se inundó de terror; con sus últimas fuerzas tomó un azadón de los tantos que había en ese lugar y comenzó a golpear la puerta llena de desesperación. Lo hacía torpemente pero sin rendirse.
Afuera las balas se impactaban por todos lados en la parte frontal de la casa. Muchos de los guardias estaban tumbados ya en el suelo, víctimas de los proyectiles. La emboscada había sido exitosa. Pronto todos los peones salieron de los matorrales donde se escondían y avanzaron hasta la casa. Eran pocos en realidad, comparados con los que salieran originalmente de la ciudad. Muchos habían sido heridos en la emboscada a los cuatreros y ahora varios convalecían también, alcanzados por las balas de los guardias.
Boldo estaba junto a mí y Jacinto. Miró fijamente y se dio cuenta de que en un árbol retirado de la casa estaba amarrado Cariño, sobre el cual llegara Gardenia a la hacienda.
– Vea, patrón, es Cariñito. La señorita sigue aquí, debe estar adentro.
– Lo veo. Dile a los muchachos que lleven a los heridos a la ciudad lo más pronto posible, ya no quedan más guardias. Jacinto y yo iremos a buscarla.
– ¿Está seguro?
– ¡Claro! ¡¿Qué no ves que necesitan atención médica con urgencia?!
Boldo obedeció, pronto todos los peones llevaron a los heridos hasta los caballos y así los llevaron a la ciudad. Jacinto y yo nos acercamos sigilosamente hacia la casa y entramos.
Muscari ya no estaba en la sala. No había señal de él ni de Gardenia. Recorrimos la casa de extremo a extremo, pero no pudimos encontrar nada. Todo parecía indicar que habían salido por la puerta trasera hacia la arboleda que había detrás de la casa.
Ambos íbamos armados. Jacinto llevaba su revólver, arma que lo había acompañado durante muchos años. Por mi parte, llevaba una pistola semiautomática calibre 45 que había obtenido de uno de los cuatreros caídos.
Juntos marchamos hasta la arboleda sin percatarnos de que la puerta de la bodeguita, que muy cerca de allí estaba, había sido abierta por la fuerza y ya nadie estaba allí adentro, solo el montón de azadones, palas, horquillas y piochas.
Nos internamos entre los árboles y pronto dimos con el fugitivo. Sorpresivamente salió de atrás del tronco de un árbol grande con Gardenia por delante. La sujetaba fuertemente del cuello con su brazo izquierdo mientras apuntaba a su cabeza con su pistola.
– ¡Suéltenlas! – dijo con gran energía. La desesperación se notaba en su rostro – si no las sueltan voy a matarla, su vida no me importa.
Ambos bajamos las pistolas al suelo y enseñamos las manos. En ese momento un guardia armado nos sorprendió por detrás.
– ¿Creían que solo ustedes podían tendernos una trampa? Acabaron con todos mis guardaespaldas, pero aún me quedaba uno.
Jacinto y yo nos miramos uno al otro con malicia. Estábamos en apuros, pero debíamos pensar, lo más rápido posible, una forma de poder librarnos.
Gardenia lucía muy asustada cuando la vi por primera vez. Pero luego de unos minutos yo la vi directo a los ojos nuevamente y pude ver en ellos que mi llegada le causaba mucho alivio. Poco a poco su corazón fue abandonando el miedo y, con su mirada cruzada con la mía, asintió suavemente. Supe entonces que era momento de actuar.
Con todo el valor que pudo reunir y con toda la rapidez que su brazo derecho le permitió, tomó la mano de Muscari, con la cual sostenía el arma, empujándola hacia arriba; mientras que, con su codo izquierdo, golpeó a su agresor en el abdomen con todas sus fuerzas.
De manera sincrónica volteó Jacinto hacia el sorprendido guardia, tomando sus manos para evitar que accionara el arma mientras lo empujaba hacia el enorme troco que había detrás. Yo corrí alocadamente hacia donde estaba Muscari para acertarle un par de puñetazos en el rostro.
– ¡Apártate Gardenia! ¡Busca refugio lejos de aquí! ¡Vete!
– ¡No me iré sin ti!
– ¡No digas tonterías! Olvídame, sálvate tú. Te prometo que te alcanzaré.
¡Corre!
Gritaba a todo pulmón mientras trataba de someter a Muscari. Pero éste muy pronto se incorporó, dejando el arma, que se había escapado de sus manos, en el suelo. Pronto comenzamos a golpearnos mutuamente hasta rodar por la hojarasca.
Después de mucha indecisión, Gardenia se dispuso a obedecerme y corrió hacia la casa.
Jacinto luchaba también contra el guardia, pero a pesar de su edad algo avanzada, aún tenía vitalidad de sobra y lo golpeaba con ganas. El guardia cayó al suelo muy pronto. Creyendo que estaba inconsciente, Jacinto fue a ayudarme y, entre los dos, sometimos a Muscari.
– ¡Ya basta! ¡Estás acabado! Ahora vas a pagar por todo lo que has hecho, maldito.
– ¡Imbécil! – Muscari sonrió de forma burlona – si yo muero, ella vendrá conmigo. Le ordené a mi guardaespaldas matar a Gardenia si yo caía. Suerte salvándola.
Al voltear a ver, el guardia ya no estaba. Tal parecía que se había reincorporado rápidamente y corrido tras Gardenia llevando consigo su arma y las nuestras que había recogido del suelo.
Enloquecido, me dispuse a seguirlo, pero Muscari empujó a Jacinto y se abalanzó sobre mí derribándome. Jacinto quiso reaccionar para quitármelo de encima, pero yo lo detuve.
– ¡Ve por Gardenia! ¡Protégela, por favor!
– Pero…
– ¡Hazlo! Te lo ruego…
Le hablaba mientras forcejeaba con Muscari, que parecía todo un poseso. Rodamos nuevamente entre la hojarasca y Jacinto, después de maldecir, corrió tras el guardia.
El golpe que me propinó Muscari al derribarme me había dejado muy afectado y él lo aprovechó para colocarse sobre mí y abatirme a puñetazos. Cuando estuve débil, se levantó, cogió su pistola y corrió hacia la casa.
Jacinto dio alcance al guardia cuando ya estaba por dispararle a Gardenia, que acababa de llegar a la casa. Con todas sus fuerzas lo tacleó estrellando su rostro contra el suelo, lo desarmó y se aseguró de que, efectivamente, estuviera inconsciente. Luego dirigió una mirada exhausta hacia Gardenia, mientras permanecía a gatas sobre el suelo.
– Gracias – dijo ésta con un poco de alivio mientras se acercaba para ayudarlo a levantarse.
– Ya no me caes tan mal como antes – le respondió él con su típica ironía.
Inesperadamente, Muscari salió de entre los árboles gritando:
– ¡Muere, desgraciada!
Al instante disparó contra ella sin dar tiempo a más. Mientras yo aún corría para llegar al lugar.
Jacinto siempre me había dicho que mi padre había sido un buen hombre y que antes de morir le había encargado que me cuidara siempre, incluso de mí mismo; pero más que eso, Jacinto siempre me repetía que le había encargado que hiciera lo posible porque yo viviera feliz.
No imagino que pasó por la mente de Jacinto, seguramente la imagen de mi padre moribundo pidiéndole ese último deseo. Tal vez pasó por su mente mi cara de felicidad la primera vez que le hablé sobre Gardenia. Tal vez recordó como mi vida cambió luego de conocerla y cómo abandoné mi libertinaje.
Nunca podré saber exactamente qué pensó en ese instante, solo sé que empuñó su arma apuntando a Muscari y se colocó, con la rapidez de un rayo, delante de Gardenia.
Él recibió la bala que le debía arrebatar la vida a ella, queriendo luego disparar contra Muscari, pero ya no pudo.
Un grito desgarrador salió de mi garganta cuando, al salir de la arboleda, contemplé la escena con horror. Traté de taclear a Muscari, pero estuvo muy listo y esquivó mi envestida.
Caí pesadamente frente a él y me volteé rápidamente para ver cómo me apuntaba con su pistola, dispuesto a acabarme.
Sin duda la muerte tenía un festín ese día sangriento y andaba acechando, llevándose a sus presas a la mínima oportunidad. Pero la muerte no vendría por mí ese día, no caería sobre mí su guadaña infernal para arrastrarme al abismo.
Cuatro hierros puntiagudos, que goteaban sangre, salieron del abdomen de Muscari. No pude reaccionar ante el suceso ni entendí lo que pasaba. El rostro del hombre expresó el peor gesto que pude verle mientras la vida lo iba abandonando. Pero en sus últimos esfuerzos se volteó para ver a su asesino y entonces pude entenderlo.
Ginger estaba detrás de él, con una horquilla lo había atravesado sin que Muscari se percatara de su presencia. Había esperado pacientemente detrás de la bodeguita, acariciando la puntiaguda herramienta y, ante la oportunidad, salió de su escondite para vengar a su padre.
Muscari no había soltado su arma a pesar de su herida, así que su último respiro lo usó para presionar el gatillo con furia hasta acabarse las balas.
Allí cayeron los dos, uno frente al otro. Él atravesado por la horquilla y ella atravesada por las balas. La sangre tiñó el suelo y la muerte casi sació su apetito voraz…
En los brazos de Gardenia estaba Jacinto agonizante. Me arrastré hasta ellos con el corazón destrozado.
– No, por favor, resiste… no me dejes ahora.
Aún pudo articular…
– Ella te hará feliz. Lo sé, debía protegerla… pude verte cuando ella se fue y me dolió en el alma. No podía permitir que ella se fuera para siempre de tu lado… la mujer que amaba me fue arrebatada, nunca quise que eso te pasara a ti.
Sé que no soy tu sangre, y no soy más que un rústico, pero hice una promesa a tu padre, de cuidarte para que pudieras tener una vida feliz. La que él siempre quiso para ti y la que yo también quiero que tengas…
Sus palabras se fueron apagando mientras sus ojos se cerraron ante mí.
Adiós, amigo… te prometo ser feliz.
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