viernes, 6 de enero de 2017

CAPÍTULO TRIGÉSIMO SEGUNDO

Gardenia había llegado al puerto con su madre, pero sus ánimos ya no eran los mismos. Las palabras de Dalia la habían dejado perturbada. Durante todo el trayecto de la ciudad hasta el puerto había permanecido callada y pensativa.
Su madre la veía con preocupación. Aquella mujer, su hija, tenía en sus adentros una maraña de miedos, tristezas y preocupaciones. Su corazón de madre se había angustiado hacía mucho tiempo atrás. El ver así a la muchacha le revivía recuerdos punzantes de su propia juventud y de su propio calvario. Hacía muchos años ella también vivió muchas penas, muchas tristezas.
– Gardenia, mi pequeña; hace tiempo tú te encontrabas en una etapa que fue muy difícil para mí. La dulce niña que fuiste se cansó de serlo y empezó a vivir una alocada adolescencia. En ese tiempo me preocupaba tanto por ti, no quería que sufrieras por tus imprudencias como yo lo hice a causa de las mías. Constantemente trataba de hablarte, de aconsejarte; pero tú te negabas a escuchar, seguías solamente a tus instintos. En ese momento comprendí que mi deber no era librarte de todos esos peligros que te acechaban, nunca podría lograrlo con mis limitadas fuerzas.
Entendí que tú misma debías darte cuenta de tus errores, que debías equivocarte, tropezar, caerte y soportar dolor; que era necesario que sufrieras un poco para que aprendieras la lección y enderezaras tu camino; así como yo lo hice un día. Me propuse, entonces ser para ti un consuelo en esos momentos difíciles, ser una consejera en las adversidades y mostrarte siempre que habían más opciones antes de que tú eligieras la menos conveniente.
Una vez también me enamoré, una vez también estuve loca por alguien que produjo en mí los más puros sentimientos. Pero no tomé la mejor decisión y perdí todo eso, dejé ir una parte de mi felicidad. El destino me compensó, aún sin ser merecedora, contigo; tú fuiste mi felicidad desde que supe que existías.
Pero ahora te toca a ti. Sé que estás enamorada de él, lo sé por cómo hablas de él cuando estás conmigo, cuando me cuentas todo lo que hacía, cómo era. Lo sé porque puedo sentir tu sufrimiento al estar lejos de él. Pero ahora me corresponde a mí decirte… que si esto lo haces por mí, no quiero que lo hagas.
Y me sentiré satisfecha si ahora te das la vuelta y regresas con él. Me sentiré satisfecha porque, si eres capaz de hacer eso, lo harás por ir tras tu felicidad. Eso es lo que quiero para ti, que seas feliz.

Gardenia escuchaba con abundancia de lágrimas las palabras de su madre. Después de tantos errores ella había comprendido que aquella mujer había sido la única que nunca la había abandonado y estaba haciendo todo lo posible por salvarla, alejarla del peligro. Pero una madre, es una madre y estas mujeres nunca dejarán que uno dé la vida por ellas; ellas siempre la darán primero.
– Mamá, por favor, no digas eso. Yo necesito llevarte a un lugar donde estés segura.
– Aquí estoy segura, ve a tu alrededor, es un lugar viejo y olvidado. Ese nombre no vendrá aquí. Nada va a pasarme. Pero si tú de verdad amas a ese muchacho, regresa lo más rápido que puedas, anda, reconcíliate con él y ya después vienes por mí. Yo estaré bien.
Gardenia se encontraba ahora ante el peor dilema que la vida le había presentado hasta ese momento. La decisión estaba en sus manos.
Mientras tanto, yo era prisionero de mi propia casa, mi vida corría peligro y mis tierras se escapaban de mis manos. Ginger había sido desalojada de la casa por la fuerza mientras lloraba con gran amargura y maldecía a Cardo Muscari por el trágico final que había dado a su padre. Los guardias la llevaron hasta una pequeña bodega que estaba algo apartada de la casa y allí la encerraron.
Después de registrar toda la casa, uno de los guardias que había llevado esto a cabo, llegó hasta donde se encontraba Muscari.
– Señor, las encontramos. Aquí están las escrituras de la hacienda.
– Guárdenlas bien. Nos van a ser muy útiles.
El guardia se llevó los documentos y luego me ofreció otras escrituras muy bien elaboradas que lo convertían en el propietario de Los Cogollos y que había preparado como un seguro en caso de que Delphinium no le pagara. Solo faltaba mi firma para completar el proceso.
– ¡Firma el maldito papel! – gritaba Muscari enfurecido – entre más enojado esté más vidas empezarán a perderse. Ya empecé con ese inútil, puedo seguir con la gente de esta hacienda y cualquier otra persona querida para ti.
Al ver mi gesto de alarma, Muscari supo que podría coaccionarme de esa forma.
– Vas a firmar eso, meserito, lo harás ahora. – luego se dirigió a los guardias – vayan todos, saquen a esta gente de aquí, quemen sus ranchos. Si se resisten mátenlos.
No pude resistirme a las amenazas de aquel despiadado y accedí por fin a ceder todo.
– ¡Espera! Lo haré, lo firmaré, pero deja a esa gente en paz. No te han hecho nada. Tienes que dejarlos tranquilos, si quieres que firme debes cancelar tus órdenes.
– Yo soy el que pone las condiciones. Firma ahora.
En carencia total de opciones me vi forzado a firmar.

– Te has portado bien, meserito. He decidido perdonarte la vida solo para que veas como me quedo con tu propiedad y hago lo que se me antoje con ella. Ahora quiero que te largues de aquí antes de que me arrepienta ¡Largo!
Salí de mi hacienda a pie, completamente humillado. Muscari no había tenido necesidad de asesinarme pues yo ya iba muerto en ese momento. Me sentía bajo, en el fondo de una oscura fosa llena de inmundicia. Todos los peones con sus familias fueron expulsados, afortunadamente no mataron a nadie ni los dañaron físicamente, pero podía comprender que el dolor que ellos sentían era peor que él mío.
Jacinto me auxilió cuando me encontró arrastrando mis pies en el camino. Se dirigía a la hacienda ignorando completamente todo lo que había pasado. Venía del banco con la buena noticia de haber conseguido el préstamo, dinero que ahora ya no serviría de nada.
Me llevó a su casa y lamentó junto a mí todo lo sucedido.
Hubo conmoción en toda la ciudad al enterarse de la noticia. Un nuevo cacique llegaba y se adueñaba de una gran porción de tierra. Sus hombres armados vigilaban a toda hora y atacaban al que se acercara. Nadie quería siquiera hacer mención del asunto.

La gente de la hacienda buscó refugio en todos lados. Algunos debieron construir pequeñas chozas en terrenos baldíos o a la orilla de la carretera. Allí pudieron pernoctar.
Yo casi no hablaba, aún estaba en un grave trance causado por todas las impresiones sufridas. Me sentía destruido, tan afligido y desconsolado; nada podía aliviar mi pena.

Dalia llegó a la casa de Jacinto al enterarse. Habló conmigo y me expresó su inconformidad ante este acontecimiento. Me aseguró que encontraría la forma de ayudarme.
Ella, Jacinto y el consuelo que me envió Áster a través de Dalia fue el único apoyo que recibí esa noche. Inevitablemente pensé en Gardenia. Recordé como le había ofrecido mi consuelo cuando ella estuvo triste y me di cuenta de cuanto deseaba yo el suyo.

A pesar de todo la extrañaba a muerte y me daba rabia hacerlo. Yo quería dejar de pensarla, pero ahora que todo me había sido arrebatado, ahora que era dueño de nada, solo ese amor que sentía era lo único en mi lista de pertenencias.
Cómo hubiera querido morir a manos de Muscari y librarme de una vez de todo el sufrimiento, pero no. No era muerte sino sufrimiento lo que había encontrado hasta ahora, lo que me acechaba en mi presente, por eso, sin duda, buscaba el pasado. Por eso la recordaba. El pasado era lo único hermoso que me quedaba, pues ya no me quedaba futuro…
Mientras me entregaba sin condición cada vez más a la locura solo una mano amiga descansó en mi hombro.
La voz tranquila de Jacinto me arrojó el salvavidas de su consejo: “No te aferres al pasado”.

“No, querido amigo. No puedo. El pasado es como esa mujer, me hace daño, pero es hermoso.”
Esta es mi historia, es la historia de cómo caí en el fango dolorosamente y de cómo la mano de aquella a la que amaba, aquella que era la única que podía levantarme; me había abandonado.
Pero ahora la decisión estaba en manos de Gardenia. Ahora ella tenía la opción de devolverme la tranquilidad.

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