jueves, 12 de enero de 2017

CAPÍTULO TRIGÉSIMO CUARTO

La apresurada carrera de una mujer sobre un caballo se dio aquella mañana por las estrechas calles de la ciudad. El sonido que producían las pezuñas al chocar con el pavimento cesó frente a la pequeña pensión “Los Claveles”. La mujer se apeó y entró decidida a encontrar la forma de recuperar Los Cogollos.
En la habitación donde reposaba Dalia, con su muy recuperado prometido, tocó la puerta y se le abrió la misma. No hace falta describir el gesto de sorpresa de Dalia al ver en ese pasillo a Gardenia con un aspecto bastante deplorable causado por su falta de sueño y el viaje desde al puerto hasta la ciudad.
– Has vuelto.
– Tienes habilidad para persuadir. Seguro ganarás la elección.
Dalia la hizo pasar y allí conversaron sobre lo sucedido con la hacienda y Cardo Muscari. Dalia le detalló la situación, le explicó como había pasado todo, así como yo se lo había contado a ella la noche anterior. Trataban de encontrar la forma de revertir los hechos.
– Cardo Muscari seguramente estará saliendo hoy mismo para Ciudad Verde. Aunque seguramente ya debe haber enviado los documentos al Registro de la Propiedad. Ahí las nuevas escrituras cobrarán vigencia. Por lo que pudo decirme Narciso, todo en esos documentos parecía en orden, eran auténticos y ahora tienen la firma de la misma mano de Narciso.
– Lo suponía, Cardo Muscari siempre tiene cuidado al hacer sus fraudes. Trata de hacer todo de la forma más legal posible para que no tengan puntos débiles. Por eso creo que debemos atacarlo de la misma forma.
– ¿A qué te refieres?
– Si denunciamos lo que pasó, le resultaría muy fácil sobornar a un juez o algo por el estilo ¿no crees?
– Sí, lo sé, la situación de la justicia en Ciudad Verde actualmente es deplorable. Y aquí en Costa Florida le sería aún más fácil salirse con la suya, es una ciudad pequeña.
– Por eso creo que debemos hacer que firme otras escrituras en las que ceda las tierras de nuevo a Narciso. De esa forma, aunque los documentos se oficialicen, también podremos hacer valer este otro documento y todo quedará arreglado.
– ¿Tú tramaste eso?
– Así es, lo pensé todo mientras venía hacia acá.
– Pues es un plan algo disparatado… pero podría funcionar. Ahora… ¿cómo harás para que él firme esos papeles?
– Yo lo voy a convencer. Me iré a la hacienda ahora mismo.
– ¡Espera! ¿Has hablado con Narciso?
– No, yo no puedo presentarme ahora frente a él, me siento muy mal por todo lo que he hecho. Pero si puedo ayudarle de esta forma, lo haré.
La historia era un tanto fantasiosa. De pronto Gardenia había regresado y tenía intenciones de ayudarme. Pero la persona que me lo decía era Dalia, era de la que menos podía dudar.
¿Qué debía hacer? ¿Las intenciones de Gardenia eran sinceras en esta ocasión? No podía negar que aquella noticia me causaba cierta alegría y hacía que renaciera la esperanza en mí… pero ¿en qué pensaba?
¿Cómo era posible que estuviera dudando tanto cuando ella podría haberse encontrado en grave peligro? No podía dudar más, debía ir a protegerla.
– Jacinto, tú dijiste que la última vez que hablaron te había parecido sincera. Dime ¿crees que ella en verdad lo hace por mí? ¿Crees que me ama?
El hombre esquivaba mi mirada y fruncía el ceño con gran recelo. Al final cerró sus ojos con resignación y su frente se alisó de repente.
– Creo que ya no importa. Tal vez sí te ame, tal vez solo sienta culpa; yo no lo sé. Pero tú si a ella, de eso estoy seguro y sea cual sea la realidad, irás por ella y yo te ayudaré si eso es lo que tú quieres hacer.
Entrar a mis propias tierras ahora se había convertido en toda una odisea. Según los peones que se habían reunido en la casa de Jacinto, los cuatreros que había contratado Muscari se habían reunido en la plaza y estaban por salir con rumbo a la hacienda. Nosotros no teníamos armas y ellos sí. Ir de esa forma sería un suicidio.
Pero Boldo siempre mantenía su espíritu inquebrantable y al instante infundió ánimo a los muchachos.
– ¡Hombre! Todos nos enfrentamos al menos una vez en nuestras vidas con bravucones. Don Jacinto ¿acaso no se enfrentó usted a los cuatreros en su juventud? ¿acaso no nos hemos agarrado a palos nosotros con los revoltosos?
Yo digo que hay que emboscarlos, hay que quitarles sus armas. Si los agarramos por sorpresa tenemos posibilidades.
¡Vamos, don Jacinto! Usted nos va a decir qué hacer.

El entusiasmo del hombre animó los corazones y el coraje surgió a borbotones en aquellos hombres. Todos montaron en sus caballos armados únicamente con sus lazos, con sus machetes y varas. Todos dispuestos a recuperar su hogar.
Era sorprendente como al paso de los caballos más y más hombres se nos unían. Había peones de haciendas vecinas que eran amigos de los peones de mi hacienda, había familiares, conocidos, vecinos. Todos estaban dispuestos a ayudar a sus buenos camaradas. Pronto superamos en número a los cuatreros, avanzamos jugándoles la vuelta, les sacamos ventaja y luego, agazapados en los matorrales, esperamos en el camino hacia la hacienda.
Cuando pasaron, desprevenidos, todos nos lanzamos contra ellos. Las manos hábiles de los vaqueros lazaron a los maleantes apretándoles el cuello y bajándolos de los caballos de un tirón. Aquellos que llevaban palos los golpearon con todas sus fuerzas hasta dejarlos inconscientes, pronto ellos dispararon, pero tarde fue su reacción. Varios fueron los heridos a causa de las balas que lograron disparar, pero cuando el escándalo cesó, logramos someterlos y quedarnos con sus armas.
En la hacienda, Gardenia aún sostenía aquella navaja junto al cuello de Muscari. De su bolso había sacado los documentos que redactara Dalia hacía unas horas y ahora le estaba obligando a firmarlos.
– ¡Hazlo de una vez! No suelo ser muy paciente.
– Todo esto es por el meserito ¿no es verdad? Se lo darás a él.
– Eso no te importa.
– ¡Sentimientos! Eso es lo que tienes. Me das pena, los sentimientos te han hecho débil, te han hecho estúpida. Eras muy lista, eras casi como yo, pero lo echaste a perder.
– Dedícate a firmar y deja de mover tu lengua. ¡Cállate!
Ante la presión que le oponía Gardenia, Muscari firmó el documento y la volteó a ver con una mirada llena de ira.

– Los sentimientos te hicieron una tonta. ¿Has pensado al menos cómo vas a salir viva de aquí con esos papeles? ¿Planeaste al menos cómo escapar? Me das lástima.
Con gran rapidez, Muscari abofeteó a Gardenia mandándola a rodar y liberándose así del arma amenazadora. Pronto se abalanzó sobre ella, la tomó de la blusa y la estrelló contra la pared.
– Dime ¡dime cómo vas a salir viva de esta casa! ¡Dímelo!
Sus gritos eran endemoniados y la expresión de su rostro lo era aún más.

– ¡No lo planeé! ¡Lo acepto! No planeé como escapar pero fue porque siempre creí firmemente que no necesitaría hacerlo. Porque sé que alguien vendrá por mí. Lo sé.
Muscari estaba totalmente fuera de razón a causa de su furia. Podría haberla matado a golpes allí mismo; pero, justo cuando se disponía a empezar con la paliza, disparos se empezaron a escuchar en todos los alrededores. Pronto los guardias respondieron con sus armas y un tiroteo terrible comenzó.
En ese momento el miedo se apoderó de él y no le quedó más que colocarse detrás de Gardenia mientras le rodeaba el cuello con un brazo. De esa forma avanzó hasta llegar a la sala, donde había dejado su arma; dejando los documentos en la habitación, sin percatarse de ello. En la sala se atrincheró en un rincón mientras duraron los disparos.
La sangre corrió ese día, pero por el precio de esa sangre el tirano debía caer.

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