sábado, 14 de enero de 2017

CAPÍTULO TRIGÉSIMO SEXTO

El único consuelo que queda de aquellos bellos momentos que no volverán son los dulces recuerdos. Ellos son lo hermoso del pasado.
El sol ya estaba muy débil su luz se colaba a penas entre la tupida arboleda. Algunos troncos lucían brillantes ante la luz vespertina, mientras que otros se vestían de negro al no conseguir ser iluminados. Aquella tarde trágica, con sus últimos celajes, se llevó vidas y dejó dolor.
Jacinto yacía inerte en el regazo de Gardenia. Ambos estábamos sentados en el suelo y yo estaba aún frente a ella sin poder expresar ningún tipo de emoción en mi pálido rostro. Tiempo después llegó Boldo y los muchachos que resultaran ilesos del tiroteo. Les costó creer, al principio, todo lo que había pasado; pero lo fueron asimilando poco a poco.
Aquella misma noche multitud de gente acudió a velarlo. Habían tantos… conocidos, viejos amigos, clientes. Todo aquél que tuvo trato con él estaba allí; todo aquél que tuvo trato con él lo estimó… ése era su carisma, ser una buena persona. También asistió Dalia acompañada de un muy recuperado Áster. Gardenia se mostraba apartada y deprimida, se mantuvo toda la noche en la habitación donde se encontraba el cuerpo, pero guardó su distancia.
La autoridad competente se encargó de los demás cuerpos. También apresaron al guardia que había quedado vivo. Todos los peones declararon haberse organizado como grupo para expulsar a los “invasores” y recuperar sus viviendas, me libraron de toda responsabilidad y el caso fue cerrado. El documento que firmara Muscari se hizo valer y quedé nuevamente como propietario.
El día del sepelio la multitud fue siguiendo el féretro hasta el viejo cementerio donde descansaba desde hacía tantos años atrás la esposa de Jacinto. Allí, justo a un lado de ella, fue enterrado. Cuando todos se retiraron finalmente, después de mucho rato, solo Gardenia y yo permanecimos en el lugar. Yo estaba acuclillado junto a la sepultura y Gardenia estaba más allá llorando silenciosamente.
– No te tortures sintiéndote culpable. No creo que él lo quisiera. Tal vez no le simpatizaste mucho, pero siempre me aseguró que no tenía nada en contra tuya y que estaría de acuerdo en que estuviéramos juntos si tú eras una buena mujer.
Al final lo demostró.
Siéntete dichosa de que este gran hombre se sacrificó por ti porque creyó en ti. Creyó que tú me harías feliz y no se equivocó. Y ahora tú para mí eres invaluable, porque te tengo solo a cambio de la vida de quien fuera mi padre, más que mi amigo.
Por eso no te sientas mal, él ahora ya está con la mujer que amó y yo estoy con la mujer que amo.

Tomé su mano y, juntos, regresamos a casa. Ambos íbamos con caras tristes, pero, en el fondo del corazón, no había remordimiento. Solo en una pequeña habitación, de una sencilla pensión en el puerto, lloraba con gran dolor doña Margarita Brezo, la madre de Gardenia. Aun sin saber de su muerte, le lloraba a aquel hombre que ella conoció en su juventud y que nunca más volvió a ver… que ya nunca volvería a ver. Ella nunca se pudo explicar por qué aquella tarde se sintió tan triste y lloró de esa manera; sería un misterio para ella hasta el día en que visitara la tumba de Jacinto.
Con el pasar de los días, de los meses, la resignación fue llegando y la vida empezó a ser colorida otra vez. Doña Margarita llegó a vivir a la hacienda con nosotros en los siguientes días.
Dalia y Áster regresaron a Ciudad Verde, muchas revueltas se habían dado en el tiempo que estuvieron ausentes y el alcalde corrupto tuvo que darse a la fuga para no ser ejecutado por la multitud. Pocos días después lo encontraron y lo encarcelaron para hacerle pagar sus crímenes. Dalia fue electa alcaldesa, restaurando la justicia y la seguridad de la ciudad con gran esfuerzo.
Antes de irse se despidió de mí y me hizo saber que Jacinto le había confesado su intención de heredarme la panadería si algún día fallecía. Me aconsejó hacer los trámites lo más pronto posible para que la panadería no dejara de producir, si es que quería conservarla o venderla.
Pasé algunos días meditando el asunto. Muchos pensamientos me habían tenido inquieto y no me dejaban decidir qué hacer.
Aquella fue, sin duda, una época muy hermosa. Una vez más el jardín florecía en todo su esplendor, las mariposas remolineaban sobre las flores y en la casa había más calor de hogar del que pudiera haberse sentido nunca. Los paseos a caballo por la tarde con Gardenia se reanudaron, juntos recorríamos toda la extensión de la hacienda y veíamos los atardeceres tomados de la mano como en aquellos tiempos de antaño. Cuando sentía que mi pecho iba a explotar de felicidad, la abrazaba y la apretaba muy fuerte para después, en un beso dulce y largo, entregarle mi amor.
Llegó por fin el día de la decisión y viajé a Ciudad Verde para hablar con Dalia. Ella me recibió en su despacho con mucha amabilidad.
– Imagino que estás aquí por la panadería y la casa de Jacinto. ¿cierto?
– Sí, efectivamente, ya he decidido que haré con ellas. Pero… también quiero algo más.
– ¿Algo más? ¿De qué se trata?
– Estos días he pensado demasiado qué debería hacer con mi vida. Cuando vine a vivir aquí hace ya tanto tiempo, me di cuenta de que quería hacer algo bueno con mi vida, trabajar para ganar mi propio dinero y no depender de lo que mi padre me dejó. Quería, también, ayudar a la gente.
– ¿Exactamente qué quieres hacer?
– Cuando entré de nuevo en la casa después de aquel trágico día para instalarme de nuevo… encontré el maletín con el dinero que debía entregarle a Delphinium. No tengo idea de cómo llegó a parar allí. Al final me tocó suponer que tal vez nunca fue robado y alguien lo escondió… pero es una idea absurda. Creo que nunca lo sabré. Se necesitará mucho trabajo y recursos para que la hacienda se recupere de la cosecha destruida; pero no quiero usar ese dinero porque, al final, no me pertenece. Así que he decidido no cultivar más.
– ¡¿Qué?! Si no cultivas más ¿cómo vas a levantar la hacienda?
– Es que ya no habrá más hacienda… Los Cogollos dejará de existir.
En la cara de Dalia se dibujó el gesto de confusión total. No comprendía mis intenciones y no daba crédito a mis palabras.
– Tienes qué explicarme esto porque, simplemente, no entiendo.
– Yo nunca fui realmente el dueño de esas tierras. Cuando mi padre vivía él las hizo progresar con su trabajo, luego Jacinto las administró bien. Pero yo nunca hice nada. Al involucrarme un poco más en el trabajo me di cuenta del gran esfuerzo que cada peón hacía para que yo pudiera vivir cómodamente y eso no me gustó. Así que no quiero más esas tierras. Quiero que sean repartidas equitativamente a cada familia de cada peón que trabaja en la hacienda actualmente. Así, cada uno trabajará para su propio beneficio y no para alguien más.
En cuanto a la casa y la panadería… pasarán a ser mi única propiedad.
Dalia necesitó tiempo para asimilar lo que le había dicho, pero, al final, sonrió con mucha satisfacción. Me hizo saber la nobleza de mis actos y que le llenaba de gusto saber de mis planes.
Aquella misma tarde, al salir a pasear con Gardenia, mientras estábamos sentados en la arena de la orilla del río, le hablé del tema.
– Quiero disfrutar más que nunca este paseo… porque será el último.
– ¿El último? ¿Por qué lo estás diciendo?
– Oh no pienses mal, no es que ya no vayamos a estar juntos. Es que pronto estas tierras serán ocupadas por las familias de los peones y dejarán de pertenecerme.
Le expliqué con detalles mis planes, así como lo había hecho con Dalia, para después mostrarle el anillo que había comprado en Ciudad Verde esa mañana.
– Yo también quiero formar una familia contigo, quiero que tengamos un hogar feliz, humilde y acogedor. Quiero trabajar para mantenerte a ti y a nuestros hijos. Quiero que te cases conmigo… pero quiero también que seas sincera con respecto a si quieres una vida sencilla y humilde junto a mí, diferente a la vida cómoda de la hacienda.
Ella guardó silencio tras el asombro que le provocó mi propuesta. Tomó mi mano y me besó en la mejilla.
– Un día, en este mismo lugar, te dije que te acompañaría todo el tiempo que fuera necesario para que tú estuvieras feliz. Yo te acompañaré a donde vayas porque ahora no solo se trata de tu felicidad sino también de la mía. Por supuesto que quiero casarme contigo.
Así, todo fue un hecho y unos meses después se llevó a cabo.
Cada familia de cada trabajador de la hacienda recibió su porción para construir una casa y cultivar. Además, le dije a Boldo que repartiera el dinero del maletín para que cada familia tuviera un capital que invertir. Una gran fiesta se llevó a cabo aquel día y la alegría inundó cada corazón. La hacienda Los Cogollos desapareció para dar paso al nacimiento del poblado Floración, un lugar donde siempre fui bienvenido.

Por mi parte, tomé posesión de la panadería y me mudé a la antigua casa de Jacinto junto con Gardenia y doña Margarita. Cada día me levantaba temprano a trabajar en el oficio que de niño aprendiera.
Áster y Dalia se casaron por fin. Gardenia y yo acudimos con gran alegría a la ceremonia que fue espléndida y de gran alcurnia. Aprovechamos para invitarlos a nuestra próxima boda y ser los padrinos.
Poco tiempo después las campanas sonaron en la parroquia de Costa Florida, cuando Gardenia y yo unimos para siempre nuestras vidas.
Ahora soy feliz, diariamente elaboro el pan que alimenta a muchas familias. Trabajo para ganar el sustento y vivo feliz con mi esposa. Atesoro los buenos recuerdos que tengo de todo lo que he vivido, pues son para mí la prueba de que, a pesar de que he pasado por dificultades, he tenido una vida bonita. Me hacen ver que mi pasado es hermoso y mi presente aún más. Ahora depende de mí hacer que mi futuro sea de la misma manera.

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