viernes, 6 de enero de 2017

CAPÍTULO TRIGÉSIMO PRIMERO

En las sombras, todo fue planeado mucho tiempo antes, en una lujosa oficina de Ciudad Verde.
– Bella Ginger, me sorprendió tu carta. ¿Qué es lo que deseas de mí?
– Quiero negociar. Nos conocemos muy bien tú y yo, Cardo, demasiado bien. Pero en esta ocasión necesito tu ayuda con un pequeño ajuste de cuentas.
– Tú dirás.
– Hay una hacienda, es grande y productiva, se llama Los Cogollos. Mi padre ha sido socio de Narciso Gerbera, dueño de la misma. Pero ambos, mi padre y yo… tenemos la intención de quedarnos con ella.
– Tu padre ¿interesado en tierras?
– Para él sería un gran beneficio y para mí sería una dulce venganza dejar a Narciso sin nada.
– ¿Dónde exactamente entro yo en esto?
– Sabemos bien de los “empleados” que tienes regados por allí, vagando por las calles, desapareciendo a aquellos que te estorban. Narciso no quiso hacer un trato con mi padre por las buenas, tendrá que ser por las malas.
– Desde luego que puedo hacerlo. Pero no será barato.
– Eso lo sé, por el dinero no debes preocuparte. Mi padre podrá pagarte de inmediato.
– ¿Te puedo ofrecer un wiski?
– Sí, gracias. Le haré saber a mi padre de tu disposición a colaborar con nosotros.
– Aquí tienes – dijo Muscari entregándole un vaso de cristal en el que había servido wiski – No entiendo cómo una fina dama como tú se ocupa en estos asuntos.
– Siempre he sido emprendedora al igual que mi padre e igual que él, me interesan los buenos negocios.
– Lo que me pides me parece demasiado sencillo. He tomado esta ciudad, ahora soy la máxima autoridad aquí. Podría hacerlo en cualquier otro lado si quisiera.
– Y es por eso que acudí a ti. ¿Acaso pensabas que solo lo hacía por tu lindo rostro? – Muscari sonrió irónicamente.
– Haré lo que me pides. Y lo haré por tu hermoso rostro y para que tus labios sean míos una vez más.
– Por una excesivamente fructífera sociedad – dijo ella mientras brindaban.
– Por una apasionada y placentera sociedad – respondió él.
La sombra de la traición cubrió Los Cogollos, las tierras serían entregadas primero a Muscari por un valor equivalente al que hubiera en un pequeño maletín que, yo suponía, había desaparecido.
Pero nadie está exento de la traición cuando se asocia con personajes viles y sin el más mínimo honor.

Cardo Muscari ahora estaba en mi casa exigiéndome información sobre Gardenia.
– Señor Muscari, no creí verlo aquí. – dijo Delphinium sorprendido.
– Algo se me perdió y debo recuperarlo. Su muy estimado socio, al parecer, tiene información que me podría ser útil.
– ¿Qué hará al respecto?
– Interrogarlo, luego, mis hombres se harán cargo de él. Dígame ¿él ya firmó el traspaso?
– Estábamos en eso. Yo espero que el señor Gerbera no se resista.
– Por su bien no lo hará. Y usted, por su bien, me imagino que ya tiene mi dinero.
– Desde luego, yo siempre cumplo mi palabra, señor Muscari. El dinero lo traerán pronto.
– En ese caso, él firmará hasta que el dinero esté aquí. Mientras tanto, lo interrogaré.
Delphinium estaba muy seguro de que Lupino, quien había sido realmente el ladrón del maletín, llegaría pronto a entregárselo. Pero, por otro lado…
– Bueno muchachos – dijo Lupino al grupo de cuatreros que lo acompañara la noche anterior – Ahí está la parte de cada quién. El señor Delphinium, mi nuevo patrón, les agradece su colaboración – decía con ironía.
– Gracias, señor Lupino, pero díganos ¿a dónde se fue usted anoche? Porque nos dejó solo ahí con el ganado, usted desapareció.
– Yo tenía mi propia misión. Era otro asuntito por ahí. Digamos que en la casa de Gerbera había algo que le pertenece a Delphinium y yo le hice el favorcito de pasar a traerlo. Por suerte, la casa estaba completamente sola cuando yo llegué.
– Qué suerte la suya ¿no cree?
– Claro que sí. Soy un hombre de suerte. Y ahorita mismo la buena suerte me sonríe. Ya me encariñé mucho con el maletincito, creo que me lo voy a quedar.
– ¿Cómo sabía usted exactamente dónde estaba eso que es de Delphinium?
– Yo le seguí los pasos al idiota de Jacinto. Lo he vigilado mucho estos días.
Me voy, muchachos, no creo que me vuelvan a ver.
Lupino montó en su caballo y se alejó de la ciudad. Iba atravesando campos y aplastando el pasto donde no había vereda para que nadie lo pudiera ver ni seguir en su huida. Su único equipaje era el maletín que contenía el pago para Muscari.

– Ya cuando me encuentre bien lejos, salgo a la carretera y allí me voy para mejor destino.
Decía para sí, mientras sonreía grandemente por la felicidad que le producía su botín.
Mientras tanto, en la hacienda había hombres armados por todos lados. Habían rodeado la casa. Muscari conversaba conmigo, mientras tanto.
– Siempre sospeché que ustedes dos se conocían. Después de todo Gardenia vivió un tiempo aquí, en Costa Florida y su reacción en el club me dio a entender que ustedes tenían cierta historia. Solo pudo haber venido aquí, no tenía a donde más. Dime ¿dónde está?
– No tengo idea, ella acostumbra irse sin avisar. Por lo que veo, a ti te pasó lo mismo.
– ¡No seas insolente! – dijo tomándome de la camisa con violencia – Eso te puede costar caro. No me importa acabar con tu vida aquí mismo.
– Entonces hazlo de una vez. Creo que sería mejor así.
– No hasta que firmes esos papeles.
Muscari se levantó y fue hacia Delphinium.
– ¿Cuánto más se supone que debo esperar? ¿Dónde está el dinero?
El rostro de Delphinium empezaba a palidecer y se mostraba sudoroso.
– Ya viene, no se preocupe. En un momento estará aquí.
Pero por más que esperaran, ya muy lejos se encontraba ese dinero. Lupino no llegaría y el pago no se efectuaría. Pronto, con el pasar de las horas, todo empezaría a tornarse peligroso.

Ginger conversaba con su padre tan preocupada como él. Se notaba en los dos el enojo que los embargaba, así como el miedo ante la reacción de Muscari que ya se mostraba exasperado.
– Bien – dijo Muscari, aburrido de esperar – al parecer alguien le quedó mal, Delphinium. No me gusta que no cumplan y yo no vine aquí a perder mi tiempo. Así que todos pagarán sus propias cuentas.
En el acto, pidió una pistola a uno de los guardaespaldas y disparó contra Delphinium atravesándolo en el pecho ante la mirada horrorizada de Ginger. El eco del disparo inundó cada rincón de la casa.
– Llévenselo de aquí – dijo a sus hombres. Luego se dirigió a mí – estoy harto, pero tienes suerte, vivirás unos momentos más hasta que firmes otros papeles que yo traigo. Me gusta tu hacienda, me la voy a quedar. Al menos serás útil así ya que no fuiste útil con el asunto de Gardenia.

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