En la mansión solitaria de Cardo Muscari se arrastraban las sombras del odio y la venganza.
– Señor Muscari, se recibió un mensaje de su socia, la señorita…
– Sí, estoy enterado del asunto. Envía un grupo de hombres allá, que vayan bien armados.
– Los enviaré en seguida.
– ¿Algo sobre Gardenia?
– Seguimos buscando, señor; revisamos la casa y no se llevó mucho. Al parecer, solo se llevó una cantidad mínima de dinero, no le alcanzaría para ir muy lejos.
– Ir muy lejos… necesita dinero para irse donde no la encuentre, pero no conoce a nadie que la pueda ayudar… ¡Espera! Preparen otro vehículo, yo también me voy a Costa Florida.
Las sombras ahora se agitan sobre Gardenia y su madre, cuando el perverso se encuentra muy cerca de encontrarlas.
Jacinto pasó rápidamente al banco y retiró todo el dinero que, anteriormente, depositara Delphinium a mi cuenta. Era una cantidad muy elevada, por lo que no fue fácil retirarla de manera breve, pero Jacinto siempre hacía mis movimientos financieros y era más que conocido por el gerente.
El dinero fue guardado en un maletín de color negro que Jacinto llevó a la hacienda. Gardenia estaba ya despierta cuando éste llegó.
Por mi parte, el mensaje que se leía en el telegrama me produjo gran sorpresa. Era de parte de Dalia y me informaba que esa mañana saldría junto con Áster hacia Costa Florida, que agradecía mi preocupación y, que si quería verlo, se hospedarían en la pensión “Los Claveles”.
Rápidamente me dirigí hacia allá, para la hora en que había sido enviado el telegrama, seguramente ya habrían llegado. Al llegar pregunté por ellos y me dieron el número de una habitación. Llegué a la misma y toqué con suavidad. Dalia abrió la puerta y me saludó cordialmente, aunque nada borraba de su rostro el gesto de intensa preocupación.
– Llegamos hace un par de horas.
– ¿Y Áster?
– Está allá, descansando en la cama. Pasa.
El hombre estaba tumbado en la cama, tenía vendada una buena parte de su tórax, pero mostraba una cara más optimista que la de su compañera. Al verme sonrió y me dijo:
– Te dije que vendríamos a visitarte.
– La verdad, esperaba que lo hicieras en mejores condiciones.
– ¡Bah! Esto no me va a hacer lloriquear. Estoy bien, no te preocupes.
– No quisimos permanecer en Ciudad Verde por nuestra propia seguridad – dijo Dalia con más seriedad – salimos con la mayor discreción para que nadie más se enterara de a dónde nos dirigíamos. Permaneceremos aquí hasta la elección.
– Pero no pueden estar aquí, vamos a la hacienda. Allá estarán más cómodos, tendrán más espacio y comodidades.
– Te lo agradezco, pero no quisiera movilizar demasiado a Áster en su condición. Estaremos aquí al menos unos días, hasta que la herida tenga mejor aspecto. Cuando esté mejor iremos a verte.
Las razones de Dalia me parecieron muy válidas. No me opuse a su decisión y continuamos conversando durante horas. El tiempo pasó muy rápido.
Mientras tanto, en Los Cogollos, se vivía un ambiente de tensión esa misma tarde. Ambos, Jacinto y Gardenia se mostraban incómodos, uno en compañía del otro.
– ¿Narciso se fue?
– Salió hace un momento para Ciudad Verde. Regresará en unos días.
– No me dijo nada sobre irse.
– Creo que no tienes la solvencia suficiente para quejarte por eso considerando lo que le hiciste hace dos años.
– No era una queja, solo… creo que es mejor que se haya ido.
– No entiendo. ¿Qué viniste a hacer aquí? Narciso estaba ya muy tranquilo, ahora vienes en el mejor momento a perturbarlo.
– Nunca quise hacer eso. Señor, sé que me odia por todo lo que hice y le doy la razón. Pero tiene que creerme cuando le digo que nunca quise el mal para él. Si me fui esa vez fue para no involucrarlo en mis problemas y los peligros en los que me veía envuelta. Hoy vine aquí porque no tenía a quién más acudir.
– Sí, ya sé lo interesada que eres. Conozco tu modo de vivir.
– No vine con esa intención. No sé si usted haya pasado por eso… ¿ha estado en una situación desesperada en la que debe proteger a un ser querido e, incluso, a usted mismo; pero no tiene los medios para lograrlo?
Narciso siempre me ayudó cuando lo necesité, es algo por lo que siempre estaré agradecida. Y porque lo he llegado a querer tanto, me iré de aquí.
– Te irás de nuevo, como siempre. No niego que me da gusto, pero sabes que volverás a dañarlo.
– Prefiero que me odie a mí por haberlo lastimado, que verlo muerto mi por mi culpa.
Jacinto lucía ahora pensativo. Tal vez tratando de comprender la situación por la que pasaba Gardenia, su estado de desesperación y miedo, su determinación para proteger a su madre. Tal vez vinieron a él memorias de su pasado. Tal vez su vieja alma se acongojó por la aflicción que veía en la mirada de aquella perdida muchacha. Él también había pasado por muchas penas en su juventud, penas que le arrebataron más de un ser querido.
– ¿A dónde pensabas ir?
– El plan era ir al puerto y pagarle al capitán de algún mercante para que nos llevara lejos, tal vez en otro país ya no nos encontrarían.
– Yo no tengo dinero que darte. El único dinero que hay aquí es el que está en ese maletín, pero no es mío; ni siquiera es de Narciso. Pero si tu deseo es irte, no te detendré. Solo puedo desearte suerte. Le diré a uno de los peones que te lleve a la ciudad.
La noche llegó y todos los trabajadores dejaban sus herramientas, sus caballos y su afán para regresar a casa, donde los esperaba su familia y un plato en una mesa pobre pero feliz. Los campos se quedaban solos, puñados de reses se agrupaban para rumiar sobre el pasto, todo era silencio en el bananal.
Todos gozaban de la tranquilidad breve que en ese momento reinaba, pero que en poco tiempo se vio interrumpida por el estruendo.
Jacinto reaccionó alarmado ante el sonoro tropel que se escuchaba en los bananales. Los gritos de los vaqueros no cesaban, ladridos de perros, mugir de ganado.
Gardenia también se llenó de miedo ante los acontecimientos, los cuales, pusieron fin a la reñida conversación que mantenía con Jacinto.
– Si se va a ir, váyase ahora. Enviaré a un peón en un momento. Yo debo ir a ver qué sucede.
Jacinto corrió con una prisa endemoniada hacia la parte trasera de la casa en dirección al escándalo. Gardenia se quedó sola en la casa hasta que el peón encargado de llevarla a la ciudad llegó.
– ¿A dónde la llevo, señorita? – preguntó el peón a Gardenia.
– A la pensión “Los Claveles” – respondió ella.
Ambos se alejaron hacia la ciudad en el viejo auto de Jacinto, dejando atrás la casa. Todos los hombres luchaban por contener a los animales en los bananales y nadie vigilaba la casa ni sus alrededores.
Cuando el escándalo cesó, la que sería la mejor cosecha del año, estaba destruida y un maletín lleno de dinero había desaparecido.