sábado, 31 de diciembre de 2016

CAPÍTULO VIGÉSIMO OCTAVO

En la mansión solitaria de Cardo Muscari se arrastraban las sombras del odio y la venganza.
– Señor Muscari, se recibió un mensaje de su socia, la señorita…
– Sí, estoy enterado del asunto. Envía un grupo de hombres allá, que vayan bien armados.
– Los enviaré en seguida.
– ¿Algo sobre Gardenia?
– Seguimos buscando, señor; revisamos la casa y no se llevó mucho. Al parecer, solo se llevó una cantidad mínima de dinero, no le alcanzaría para ir muy lejos.
– Ir muy lejos… necesita dinero para irse donde no la encuentre, pero no conoce a nadie que la pueda ayudar… ¡Espera! Preparen otro vehículo, yo también me voy a Costa Florida.
Las sombras ahora se agitan sobre Gardenia y su madre, cuando el perverso se encuentra muy cerca de encontrarlas.
Jacinto pasó rápidamente al banco y retiró todo el dinero que, anteriormente, depositara Delphinium a mi cuenta. Era una cantidad muy elevada, por lo que no fue fácil retirarla de manera breve, pero Jacinto siempre hacía mis movimientos financieros y era más que conocido por el gerente.
El dinero fue guardado en un maletín de color negro que Jacinto llevó a la hacienda. Gardenia estaba ya despierta cuando éste llegó.

Por mi parte, el mensaje que se leía en el telegrama me produjo gran sorpresa. Era de parte de Dalia y me informaba que esa mañana saldría junto con Áster hacia Costa Florida, que agradecía mi preocupación y, que si quería verlo, se hospedarían en la pensión “Los Claveles”.
Rápidamente me dirigí hacia allá, para la hora en que había sido enviado el telegrama, seguramente ya habrían llegado. Al llegar pregunté por ellos y me dieron el número de una habitación. Llegué a la misma y toqué con suavidad. Dalia abrió la puerta y me saludó cordialmente, aunque nada borraba de su rostro el gesto de intensa preocupación.
– Llegamos hace un par de horas.
– ¿Y Áster?
– Está allá, descansando en la cama. Pasa.
El hombre estaba tumbado en la cama, tenía vendada una buena parte de su tórax, pero mostraba una cara más optimista que la de su compañera. Al verme sonrió y me dijo:

– Te dije que vendríamos a visitarte.
– La verdad, esperaba que lo hicieras en mejores condiciones.
– ¡Bah! Esto no me va a hacer lloriquear. Estoy bien, no te preocupes.
– No quisimos permanecer en Ciudad Verde por nuestra propia seguridad – dijo Dalia con más seriedad – salimos con la mayor discreción para que nadie más se enterara de a dónde nos dirigíamos. Permaneceremos aquí hasta la elección.
– Pero no pueden estar aquí, vamos a la hacienda. Allá estarán más cómodos, tendrán más espacio y comodidades.
– Te lo agradezco, pero no quisiera movilizar demasiado a Áster en su condición. Estaremos aquí al menos unos días, hasta que la herida tenga mejor aspecto. Cuando esté mejor iremos a verte.
Las razones de Dalia me parecieron muy válidas. No me opuse a su decisión y continuamos conversando durante horas. El tiempo pasó muy rápido.
Mientras tanto, en Los Cogollos, se vivía un ambiente de tensión esa misma tarde. Ambos, Jacinto y Gardenia se mostraban incómodos, uno en compañía del otro.

– ¿Narciso se fue?
– Salió hace un momento para Ciudad Verde. Regresará en unos días.
– No me dijo nada sobre irse.
– Creo que no tienes la solvencia suficiente para quejarte por eso considerando lo que le hiciste hace dos años.
– No era una queja, solo… creo que es mejor que se haya ido.
– No entiendo. ¿Qué viniste a hacer aquí? Narciso estaba ya muy tranquilo, ahora vienes en el mejor momento a perturbarlo.
– Nunca quise hacer eso. Señor, sé que me odia por todo lo que hice y le doy la razón. Pero tiene que creerme cuando le digo que nunca quise el mal para él. Si me fui esa vez fue para no involucrarlo en mis problemas y los peligros en los que me veía envuelta. Hoy vine aquí porque no tenía a quién más acudir.
– Sí, ya sé lo interesada que eres. Conozco tu modo de vivir.
– No vine con esa intención. No sé si usted haya pasado por eso… ¿ha estado en una situación desesperada en la que debe proteger a un ser querido e, incluso, a usted mismo; pero no tiene los medios para lograrlo?
Narciso siempre me ayudó cuando lo necesité, es algo por lo que siempre estaré agradecida. Y porque lo he llegado a querer tanto, me iré de aquí.

– Te irás de nuevo, como siempre. No niego que me da gusto, pero sabes que volverás a dañarlo.
– Prefiero que me odie a mí por haberlo lastimado, que verlo muerto mi por mi culpa.
Jacinto lucía ahora pensativo. Tal vez tratando de comprender la situación por la que pasaba Gardenia, su estado de desesperación y miedo, su determinación para proteger a su madre. Tal vez vinieron a él memorias de su pasado. Tal vez su vieja alma se acongojó por la aflicción que veía en la mirada de aquella perdida muchacha. Él también había pasado por muchas penas en su juventud, penas que le arrebataron más de un ser querido.
– ¿A dónde pensabas ir?
– El plan era ir al puerto y pagarle al capitán de algún mercante para que nos llevara lejos, tal vez en otro país ya no nos encontrarían.
– Yo no tengo dinero que darte. El único dinero que hay aquí es el que está en ese maletín, pero no es mío; ni siquiera es de Narciso. Pero si tu deseo es irte, no te detendré. Solo puedo desearte suerte. Le diré a uno de los peones que te lleve a la ciudad.
La noche llegó y todos los trabajadores dejaban sus herramientas, sus caballos y su afán para regresar a casa, donde los esperaba su familia y un plato en una mesa pobre pero feliz. Los campos se quedaban solos, puñados de reses se agrupaban para rumiar sobre el pasto, todo era silencio en el bananal.
Todos gozaban de la tranquilidad breve que en ese momento reinaba, pero que en poco tiempo se vio interrumpida por el estruendo.
Jacinto reaccionó alarmado ante el sonoro tropel que se escuchaba en los bananales. Los gritos de los vaqueros no cesaban, ladridos de perros, mugir de ganado.
Gardenia también se llenó de miedo ante los acontecimientos, los cuales, pusieron fin a la reñida conversación que mantenía con Jacinto.
– Si se va a ir, váyase ahora. Enviaré a un peón en un momento. Yo debo ir a ver qué sucede.
Jacinto corrió con una prisa endemoniada hacia la parte trasera de la casa en dirección al escándalo. Gardenia se quedó sola en la casa hasta que el peón encargado de llevarla a la ciudad llegó.
– ¿A dónde la llevo, señorita? – preguntó el peón a Gardenia.
– A la pensión “Los Claveles” – respondió ella.
Ambos se alejaron hacia la ciudad en el viejo auto de Jacinto, dejando atrás la casa. Todos los hombres luchaban por contener a los animales en los bananales y nadie vigilaba la casa ni sus alrededores.
Cuando el escándalo cesó, la que sería la mejor cosecha del año, estaba destruida y un maletín lleno de dinero había desaparecido.

CAPÍTULO VIGÉSIMO SÉPTIMO

Las palabras de Gardenia se iban acumulando de montón en mi mente y trataban de reconstruir hechos que antes tratara de olvidar. La historia tomaba otro sentido de pronto, las acciones se justificaban poco a poco, pero el más confundido era mi corazón.
– Él nos tenía vigiladas, a mi madre y a mí, no podíamos salir. Esas veces que llegué al club fue porque iba con esas mujeres que ni siquiera conocía, solo estaban organizando todo lo de la boda. Solo me pude escapar la vez que llegué sola y hablamos. No sabía cómo escapar definitivamente, pero estaba segura de que lo haría.
El día de los disturbios los guardias que nos cuidaban tuvieron que ir a resguardar a Muscari. Sin pensarlo dos veces le dije a mi madre que huyéramos, no tenía a dónde ir solo pude pensar en ti, yo sé que no lo merezco, pero estaba segura que no te negarías a ayudarme.

La miré pensativo durante largo rato sin decir nada. Quería aceptar todo lo que me decía como una realidad aliviadora; pero mi turbada mente ya no sabía qué creer, qué era cierto y qué no lo era.
Pero no pude seguir dudando. Su rostro estaba lleno de una angustia mortal, tenía que ser verdad lo que me decía. Y yo no podía negarme mi evidente realidad, aún la quería como a ninguna.
– Yo… te ayudaré en lo que me pidas. – le dije con decisión – ¿qué necesitas?
– En realidad esto es vergonzoso… pero no tengo los medios para poder irme de aquí con mi madre. Necesito dinero.
– Espera… ¿irte? No puedes irte de nuevo.
– Entiende que no puedo quedarme aquí aunque quiera. Él vendrá por mí.
– Debes quedarte conmigo, yo… haré lo que sea por protegerte.
– Él sabrá donde me oculto, lo averiguará. Y cuando lo haga vendrá a llevarme por la fuerza y si tú te enfrentas a él… no dudará en matarte. Yo no quiero eso.
Las lágrimas caían vertiginosamente por sus mejillas y sus sollozos no cesaban.
– Tú te quedarás aquí. Ya has llegado y no dejaré que te vayas.
– Pero Narciso… – ella se levantó con sobresalto.
– Por favor – le dije sosteniendo sus manos, que mantenía unidas frente a su pecho – te lo suplico, confía en mí al menos esta vez.
Dirigió su mirada al piso, con aparente resignación, para luego volver a sentarse. Yo me sentía muy intranquilo; no quería dejarla sola pero necesitaba con urgencia ir a Ciudad Verde y, por obvias razones, no podía llevarla conmigo tampoco. Trataba de pensar qué hacer para solucionar mi dilema.
– Vamos, te llevaré a tu habitación, necesitas descansar. ¿No traes nada?
– Mi madre está en una pequeña pensión en la ciudad, mis cosas están allí. Necesito ir con ella.
– Yo puedo ir por ella, solo dime donde está.
– No, ella no se irá con nadie que no sea yo. tengo que ir.
– Estás mal, Gardenia, descansa un rato y luego iremos por ella.
No tan de acuerdo conmigo, se dejó conducir hasta su antigua habitación. Se recostó en la cama y yo me quedé a su lado todo el tiempo, viéndola. Tratando de creer que ella nuevamente estaba en esa cama, en ese cuarto.
Como imaginé, el cansancio se había apropiado de ella y no pasó mucho tiempo hasta que se durmió profundamente. Yo seguía pensando, debía haber una forma. Fue entonces cuando logré concebir una idea. Decidí acudir a Jacinto; debía pedirle que se quedara un par de días en la hacienda, junto con Gardenia y su madre, para cuidar de ellas mientras yo viajaba a Ciudad Verde.
Pero cuando me decidí a salir, nuevamente fui detenido por otra visita inesperada. Un poco molesto por la interrupción, pude divisar el automóvil de don Delphinium que se acercaba por el camino. Lo esperé en el patio y, cuando llegó hasta mí, le dije:
– Es un verdadero gusto que venga a visitarme, señor; pero, con todo respeto, tengo prisa. Tengo muchas cosas que hacer.
– Lo comprendo, debe estar usted muy ocupado; pero le aseguro que mi asunto no le quitará más de cinco minutos.
– ¿De qué se trata?
– Es solo una pequeña molestia. Me he dado cuenta de que todas mis propuestas han sido rechazadas, además, he notado que no tiene más interés en negociar. Por eso solo le suplicaría que me devuelva aquel depósito que una vez hice a su cuenta esperando recibir una mercancía.
– No se preocupe, ese dinero está intacto. Por supuesto que se lo puedo devolver.
– Pues, verá… lo necesito con algo de urgencia. ¿Podría tenerlo mañana por la mañana?
– Lo lamento, yo saldré de la ciudad. No puedo.
– Se lo suplico. Es muy importante para mí. ¿Podría hacer algo al respecto?

– Veré si Jacinto puede encargarse, pero no le aseguro nada.
– Vendré mañana temprano a buscar a don Jacinto.
– Está bien, pierda cuidado.
El hombre se alejó y pronto había desaparecido. A pesar de su insistencia no se veía tan preocupado. No entendía por qué la urgencia.
Me fui a la ciudad y llegué con Jacinto. Le expliqué la situación, la cual no fue mucho de su agrado; pero al final, convencido por mis súplicas, aceptó estar al cuidado de las dos mujeres.
– Solo será un par de días. Me iré de una vez, entre más pronto me vaya, más pronto regresaré.
– Está bien, cuídate mucho. Yo iré ahora a echar un vistazo a la hacienda.
– Cuando llegues dile a Gardenia que vaya contigo a buscar a su madre.
– Yo le diré, no te preocupes.
– ¡Oh! Es cierto. Delphinium llegó a la hacienda. Dice que quiere su dinero de vuelta. Y que llegará mañana temprano a recogerlo.
– ¿Mañana? No podré ir a retirarlo del banco con tantas cosas por hacer.
– Bueno, tal vez entienda. Lo noté algo desesperado pero…
– No, creo que puedo pasar al banco ahorita que vaya para la hacienda. Lo haré rápido.
– Está bien, no pude despedirme de Gardenia, se quedó dormida; pero dile que pronto volveré.
Jacinto se apresuró a irse. Yo me quedé un momento más frente a la panadería revisando bien el vehículo para asegurarme de no sufrir contratiempos. De pronto un muchacho se acercó a mí. Era de la oficina de telégrafos.
– ¡Señor Gerbera! No pensé encontrarlo aquí, venía a dejarle un telegrama a don Jacinto.
– ¿Telegrama para él?
– En realidad no… Lo sentimos mucho, hemos estado muy atareados. Este telegrama es para usted, llegó por la mañana, muy temprano, pero no pudimos entregárselo a tiempo.
Tomé el documento en mis manos y lo leí. La tarde resplandecía en el occidente y los celajes anunciaban que pronto la noche llegaría, una noche oscura y larga. La calma que siempre precede a la tormenta se podía sentir en el ambiente… ya no había por qué ir a Ciudad Verde.

jueves, 29 de diciembre de 2016

CAPÍTULO VIGÉSIMO SEXTO

Todo de pronto comenzaba a cambiar y las piezas en el tablero ya no le favorecían al tramposo Muscari.
– ¡¿Cómo que se fueron?! ¡Encuéntrenlas!
– El personal ya fue enviado a buscarlas, señor. Daremos con su paradero.
– ¡Son unos estúpidos! ¿Cómo pudieron dejar que se fueran?
– Al parecer, aprovecharon los disturbios. Todo el personal de seguridad vino a protegerlo y la casa se quedó sola. Fue entonces cuando escaparon.
– ¿Y el viejo?
– Él no está consciente, a penas y puede hablar. Lo dejaron.
Yo me enteré del catastrófico suceso por medio de los periódicos. La noticia aparecía en primera plana, con encabezados alarmantes. Estaba muy preocupado, no podía ignorar la situación así que decidí viajar lo más pronto posible a Ciudad Verde. Debía encargarme de unos pendientes antes de salir, así que no pude hacerlo de inmediato.
Envié a una de las cocineras con el encargo de llevar un mensaje a la oficina de telégrafos para, al menos, darle palabras de aliento a Dalia y avisarle de mi pronta llegada.
Un par de días después, pude desocuparme del todo y me alisté para el viaje. Había estado muy atento a las noticias, no obstante, nada fatal se había publicado; por ello me sentía aliviado. Estaba seguro de que Áster se estaba recuperando de su herida.

Ya estaba listo para salir. Unos meses después de mi llegada pude comprar otro automóvil, no tan caro como el anterior, pero sí muy funcional; con eso era suficiente. Estaba por cruzar la puerta de la casa para ir al auto cuando algo me hizo frenar de golpe.
Cuando abrí la puerta Gardenia caminaba por el pequeño sendero del jardín hacia mí. El acontecimiento me produjo un verdadero choque de impresión. Quedamos frente a frente y yo a penas y podía creer lo que pasaba.
– Necesito tu ayuda – me dijo con voz de súplica.
– ¿Tienes idea de cuantas veces imaginé esto hace tanto tiempo? Deseaba que estuvieras parada aquí, deseaba que regresaras.
– Narciso, perdóname, sé todo el daño que causé… como quisiera que pudieras entender. – sonaba muy angustiada.
– ¡Pues explícame! Creo que soy lo suficientemente racional para entender.
– No puedo, no puedo hacerlo, te estaría involucrando.
– Entonces discúlpame, debo ver a un amigo. – con estas palabras la hice a un lado suavemente y me dispuse a seguir mi camino.
– Espera – tomó mi mano derecha con las dos suyas – te diré todo.
Volteé a verla y en su rostro vi reflejada la calamidad. Era como si la semilla de tristeza, que viera en sus ojos cuando la encontré en Ciudad Verde, hubiera crecido e invadido todo su ser.
El contacto con sus manos de alguna forma me hizo recordar aquel dichoso día en que ella había acudido a mí. Aquella tarde cuando, en este mismo jardín, nos habíamos abrazado. Suspiré resignado y decidí darle la oportunidad de hablar.
– Pasemos a la casa, estaremos más cómodos. – caminamos y nos sentamos en los sillones de la sala. – te escucho.
– Quiero pedirte perdón por todo lo que hice. Pero estaba demasiado confundida y asustada.
– Todo este tiempo me he preguntado ¿Qué fue lo que pasó? Sin explicación alguna.
– Quiero aclarar que nunca hubo algo malo en ti. Eres la persona que mejor se ha portado conmigo hasta ahora. Me diste tu apoyo, me protegiste, me fui sin despedirme y aun así aquí estás escuchándome. Pero soy experta en causar desastres, siempre ha sido así. Desde mucho antes de conocerte, siendo una adolescente, siempre fui rebelde. Claro que a mi padre poco le importaba, no ponía la mínima atención en mí. Mi madre era la única a la que le causaba penas con mis acciones pero yo no era capaz de ver eso.
Unos años después llegó a la ciudad Cardo Muscari. Yo ya era mayor de edad y me aprovechaba de eso para hacer lo que yo quisiera. Mi padre empezó a hacer negocios con él, al igual que mi tío. Muscari me conoció de esa forma, se interesó mucho en mí y yo no me mostraba indiferente ante él. Era rico y atractivo, aparentemente muy lindo y caballeroso. Me enredé con él, pero me di cuenta de que solo era apariencia lo que mostraba ante todos. Terminamos, cosa que no le gustó para nada, para después decidirme a viajar lejos. Estaba cansada, todos hablaban mal de mí, en la ciudad yo era muy conocida por mis malas acciones y ahora, sobre todo, por la relación que con él había tenido. Así que me fui de allí.
Pero pronto vería las consecuencias. Mi padre siempre fue adicto a los juegos de azar. Las apuestas lo enloquecían. Desperdiciaba tanto dinero en eso, que llegaba a tener deudas grandísimas. Junto con mi tío se endeudaron en gran cantidad con Cardo Muscari y éste les dio un plazo para pagar. Si no cumplían, tomaría represalias.
Mi madre rápidamente me escribió una carta en la que explicaba la situación y me pedía que no regresara, pues sabía que sería blanco de las amenazas de ese hombre. Me dijo que viniera a Costa Florida, con mi tío, para refugiarme temporalmente. Ella después me enviaría dinero para que me fuera definitivamente.
Siento tanto haberte mentido cuando te conocí, pero no podía hablar con nadie sobre esto. Me quedé en la casa de mi tío esperando noticias de mi madre.
Pero todo salió mal después de eso. Mi primo se iría a estudiar a una prestigiosa escuela de las Enramadas donde había conseguido una beca pero se le ocurrió pasar a visitar a mis padres. Muscari mantenía bajo estricta vigilancia la casa y supo al instante quién era el visitante. Él lo mandó matar… – su voz se quebró y empezó a llorar. Me dolió mucho verla así, se veía tan vulnerable. Pronto se recuperó un poco para poder seguir hablando.

– Como el plazo se cumplió y mi tío no pagó el monto, él mató a mi primo. Fue entonces cuando mi tío se fue y yo vine aquí contigo. Estaba muy confundida, no sabía lo que en realidad pasaba. Mi madre sabía que yo hubiese querido ir allá por lo de mi primo así que se aseguró de que yo no lo hiciera. Me mandó el primer telegrama en el que decía que no me preocupara y que no se me ocurriera regresar. Que mi tío se quedaría con ellos y mi primo ya había sido sepultado.
Me sentí un poco más tranquila con eso y todo parecía mejorar, aunque sufría tanto por no haber podido estar presente en el sepelio.
Pero Cardo Muscari pudo averiguar a dónde había enviado mi madre el telegrama y mandó uno falso. El segundo que recibí. En el que mi madre supuestamente me pedía ayuda. Decía que su vida estaba en peligro y me pedía regresar.

– ¿Por qué no me dijiste nada? Yo pude ayudarte ¿Por qué me dejaste con tantas dudas?
– Trata de comprender. Yo estaba perdida en la angustia. Tú habías sido tan bueno conmigo, de ninguna manera podía involucrarte. Ese hombre no tiene respeto por la vida, no duda en matar. Si tú me hubieses defendido… no quiero imaginarlo.
Por eso me fui sola, me fui sin avisar y sin despedirme. Al llegar allá pude darme cuenta de la trampa, pero ya era tarde. Mi tío, al final, corrió con la misma suerte que mi primo. Estaba destrozada. Mi padre no dudó en ofrecerme como pago de su deuda, quería salvar su pellejo, me vendió, prácticamente. Muscari aceptó el trato y decidió anunciar a los cuatro vientos que nos habíamos comprometido. Para entonces él ya reinaba en la ciudad.
Yo temía por la vida de mi madre, así que acepté todas sus condiciones. Sin embargo, siempre buscaba excusas para aplazar la boda. Cuando te encontré en ciudad verde y hablamos, me sentí aliviada de que no me guardaras todo el rencor que yo imaginaba. Claro que me di cuenta de tus sentimientos, pues yo… yo también empecé a experimentar lo mismo. Yo… solo quiero que me perdones.

Nunca estamos exentos del azote del relámpago, incluso cuando no pareciera haber tormenta.

CAPÍTULO VIGÉSIMO QUINTO

Lo hermoso del pasado no nos aferra a él, solo nos endulza el alma con recuerdos dichosos que le dan mayor riqueza a nuestro presente. Los rencores y heridas sin sanar, por el contrario, son lo negativo de un pasado que produce recuerdos que amargan el alma.
Yo estaba sanando, quería atesorar mis buenos recuerdos y dejar ir los sentimientos negativos. Quería aprender de mis experiencias dolorosas para construir un entorno agradable en mi presente y plantearme un mejor futuro. Quería tener sueños, tener una visión, una meta a la cual llegar.
De alguna forma todo parecía encajar. Me daba la impresión de que el destino por fin me favorecía, pero nunca estamos exentos del azote del relámpago, incluso cuando no pareciera haber tormenta.
En Ciudad Verde la situación era agitada, todo presagiaba que el caos pronto estallaría. Las personas, una a una, iban perdiendo el miedo; Dalia suscitaba en la multitud el valor para enfrentar la tiranía y cambiar las cosas para bien. El primero en levantarse había sido su fiel compañero, mi amigo Áster, que ya no se doblegaba ante los poderosos, ni siquiera ante Muscari. Había dejado de considerarlo su “cliente valioso” (que se traducía como “cliente temido”) y nunca más tuvo tratos con él. Vendió el club y toda su propiedad para apoyar la campaña de Dalia.
Así, muchos eran los seguidores de esta mujer, a la que todos consideraban valiente por ser la única que nunca aceptó el sistema que impuso el hombre rico. Conforme el número de simpatizantes crecía, la preocupación empezó a aumentar en el alcalde. Sin embargo, tenía su confianza puesta en el miedo que Cardo Muscari podía infundir si se lo proponía. Así celebraron concilio, tratando de hallar una solución.
– Verá, señor Muscari, mis muchachos han estado siguiendo la trayectoria de esta mujer y cada día se le unen más simpatizantes. Ella habla de corrupción, lo denuncia sin temor alguno.
– Cálmese, señor alcalde, no hay por qué angustiarse. Mientras usted tenga mi simpatía, tiene su puesto asegurado; y con él, todas sus comodidades. Yo soy la ley aquí, basta con un pequeño susto para que esa multitud, a la que se refiere, se disperse.
– Por eso pido su ayuda. Usted tiene los medios, conoce de esto.
– Yo me encargaré de callar de una vez a esa pequeñuela. Cortando la cabeza, el resto del cuerpo será inútil y morirá rápidamente. Confíe en mí, señor alcalde, que, en menos de lo que se imagina, el miedo volverá a todos.
Las personas son seres curiosos. Cuando surge un valiente, que lucha por una causa justa y puede despertar el valor en los corazones, todos los siguen. Pero, si el líder muere, la muchedumbre se dispersa y vuelven a ser débiles. Debido a eso muchas batallas se pierden. La batalla se ganará el día en que las personas puedan entender que el líder no es el hacedor, sino un simple alentador; que la fuerza de vencer habita en cada uno y el triunfo llega cuando todos colaboran con un ideal común.
En una pequeña cantina de Costa Florida, que algunos peones de Los Cogollos y las haciendas vecinas frecuentaban, se desarrollaba un jactancioso espectáculo. Los peones llegaron a Los Cogollos con la crónica del suceso, del cual había sido protagonista el antiguo administrador, Lupino.
– Me corrieron de allí, sí – decía aquél – pero no me importa. Me hice rico a costa de su torpeza. Nunca se dieron cuenta de cuánto les robé. He tenido mucho dinero para mujeres, licor y la mejor comida. Y, por si eso no bastara, tengo un nuevo patrón; él me pagará muy bien porque yo le haga trabajitos.
Ese señorito, Narciso Gerbera, va a tener que aguantarse unos cuantos reveses. Cuando él sea un don nadie yo me las cobraré. Igual le pasará al sometido de Jacinto.

– Te oyes muy seguro, Lupino – dijo otro peón.
– Por supuesto. Ellos creen que pueden deshacerse de mí como con un perro, pero este perrito les va a dar sus buenas mordidas a esos desgraciados.
Solo acuérdense bien de lo que les digo, pronto lo verán, sus días de celebrar se van a acabar y entonces les caerá la desgracia.

Hablaba con el valor que le infundía la bebida, hacía días que solo pensaba en ingerir licor como si fuera el único elemento de su dieta. Algunos decidieron, por su evidente embriaguez, no prestarle atención. Otros se miraban dudosos ante la seguridad que demostraba. Unos más se mostraban ansiosos y ellos mismos le llevaron la noticia a Boldo.
– Ese es un hablador. Está sentido porque lo despidieron. – les respondió – déjenlo que se llene la boca, aquí en la hacienda la cosa no podía estar mejor, será la mejor cosecha que hayamos tenido, ya verán.
Boldo era un buen líder, les infundía valor a los demás y los motivaba a trabajar con entusiasmo. Dalia, por su parte, alentaba a sus conciudadanos a no dejarse someter.
Era tarde y el discurso de Dalia casi terminaba. Áster estaba especialmente contento y nervioso ese día. En su corazón ardía el amor por su dulce novia y lo había empujado a hacerle saber, por fin, su disposición de sellar ese amor con la alianza del matrimonio. Había escogido muy bien el momento ese día. Ella se había presentado ante cientos de personas, hasta ahora era el evento que más concurrencia había tenido.
Áster sabía que era un día importante para Dalia, pues su voz había resonado por los rincones de la ciudad y la gente la seguía. Quiso, entonces, hacer su declaración frente a todas esas personas que serían testigos de su compromiso.
Al terminar el discurso, luego de un estruendoso aplauso, Áster pidió la palabra y se arrodilló frente a su amada mientras le enseñaba un bello anillo y preguntaba “¿aceptarías ser mi esposa?”. Todos estaban a la expectativa y nadie notó la presencia de un siniestro personaje. El sujeto iba armado y dispuesto a acabar con la vida de Dalia; era, sin duda, enviado por Muscari para hacer el trabajo sucio de darle a la multitud el “susto” del que antes hablara.

Es increíble como coinciden las cosas. En la vida todo es así, aunque no nos demos cuenta, a diario innumerables situaciones coinciden como que estuvieran programadas de tal manera.
El hombre sacó el arma y apuntó hacia el pecho de Dalia justo cuando ésta decía “Sí, acepto” con la mayor emoción que había sentido en su vida. Pero esa emoción se convertiría en horror en tan solo un instante, porque, cuando estas palabras llegaron a los oídos de Áster, la alegría lo incitó a abrazarla y su cuerpo se levantó en sincronía perfecta con el movimiento del dedo presionando el gatillo.
Se escuchó el estruendo y una bala se impactó en el lado derecho de la espalda de Áster, justo enfrente del corazón de Dalia, mientras se abrazaban. El maleante quiso rectificar su error, pero la siguiente bala pasó muy lejos de la pareja, se fue hacia el cielo, porque la mano asesina fue movida bruscamente. La multitud se abalanzó contra el sujeto y lograron quitarle el arma y someterlo.

Dalia estaba horrorizada, Áster se desplomó frente a ella y entró en estado de inconsciencia. Todo parecía una pesadilla, las personas corrían, se escuchaba un gran escándalo, voces y más voces se confundían en el ambiente. Por fortuna, en el lugar se encontraba un equipo de paramédicos que llegó a auxiliar con prontitud. Todo se volvió un caos.
Áster fue llevado al hospital y Dalia se fue acompañándolo. No obstante, el atentado no tuvo el efecto que Muscari deseaba. La multitud se llenó de furia y fueron directo al ayuntamiento. Todos estaban convencidos de que el perpetrador de este ataque había sido el alcalde.
La policía se presentó a resguardar el edificio y las puertas se cerraron. El alcalde se atrincheró junto con sus aliados. Entre golpes y torturas, la multitud hizo hablar al atacante y éste confesó que trabajaba para Cardo Muscari. Ante la imposibilidad de penetrar en el ayuntamiento, la furiosa muchedumbre se fue a la casa del adinerado. El caos llegó a su puerta y tuvo que recluirse de la misma forma que el alcalde. Todo su equipo de seguridad estaba allí, rodearon la casa y enseñaban sus armas como advertencia.
Con el pasar de las horas, la multitud se fue disolviendo y la algarabía cesó. Cuando todos se retiraron los guardaespaldas regresaron a sus anteriores puestos. Al poco tiempo, uno de los guardias llegó a donde se encontraba Muscari. Aquél estaba completamente indignado y su enojo se hacía ver, sostenía un vaso con wiski en su mano y veía por la ventana.
Lanzó una mirada agresiva al temeroso guardia y preguntó:
– ¿Qué quieres?
– Señor, traigo noticias de la casa de los Brezo.
– Ahora ¿qué pasa?
– Se han ido, señor, las dos se han ido.

CAPÍTULO VIGÉSIMO CUARTO

Jacinto me acompañó en mi regreso a la hacienda llevándome en su viejo automóvil. En el camino me iba explicando detalladamente todo lo referente a la misma. Me contaba cómo habían estado las cosechas, los animales, los negocios, todo.
– Boldo, uno de los peones me habló sobre un sabotaje luego de que te fuiste. Dijo que Lupino estaba involucrado, así que investigué el asunto.
– Ahora recuerdo, me lo dijo a mí también hace mucho tiempo, pero lo olvidé completamente y ya no te dije nada.
– Al parecer el viejo Lupino sí que hacía mal su trabajo. Además estuvo haciendo desfalcos, lo corrí hace bastante.
– ¿Quién es el administrador ahora?
– Desde luego que yo. – me miró con ironía y se rio, ambos nos carcajeamos. – nunca puedo estar completamente pendiente, así que mi segundo al mando ahora es Boldo.
– Sí, él parece un buen trabajador. Es honesto.
– Desde que Lupino se fue todo mejoró. Delphinium me hizo muchas visitas. Dijo que te había hecho una oferta. ¿Por qué nunca me dices nada?
– Perdóname, sabes que en el estado en el que me fui no recordaba nada de eso.
– Dijo que depositó dinero en la cuenta por concepto de bananos y reses. Pero nunca hubo un contrato formal nunca se le entregó el producto. El dinero sigue allí.
– ¿Crees que sea prudente mantenerlo allí?
– Quise devolvérselo pero no aceptó. Dijo que era una inversión y que cuando él necesitara nos pediría los bananos y las reses.
– El me habló de terrenos, dijo que le interesaban algunas partes de la hacienda. Ya no confío en él.
– Lo que considero prudente, Narciso, es que empieces a hacerte cargo de tus bienes. Ya deja de fingir que eres un adolescente o un mesero de club. Ocúpate de los bienes que con esfuerzo logró hacer tu padre.
– Lo sé, pero, aunque no lo creas, ese tiempo en Cuidad Verde me enseñó muchas cosas, además de mostrarme lo que es trabajar para vivir como tú lo hiciste hace años con el pan. Lástima que no tenía la madurez suficiente en ese tiempo. Trabajaré por la hacienda, te lo aseguro.
Llegando a casa, me instalé y descansé un rato. Jacinto se fue a hablar con los trabajadores y a ver cómo iba todo. Me sentía aliviado, al llegar a ese lugar no había sentido la carga de recuerdos que pensé encontrar. Comencé a sentir la casa tan acogedora como antes, comencé a ver colores en los jardines y vida en los árboles. Me sentía mejor, definitivamente.
Quise entonces recorrer una vez más esos parajes, lugares que no había visto desde hacía más de un año. Fui a las caballerizas y busqué a Cariño. Allí estaba el animal, había crecido y vivido bien a pesar de la ausencia de su dueña. No obstante, en sus ojos podía ver la misma nostalgia que yo sentía. Lo ensillaron y salí a cabalgar por los campos.
Recorrí una vez más las grandes planicies, fui por entre los bananales y llegué hasta los potreros llenos de reses. Cabalgué más allá hasta encontrar el río y me dirigí a aquella poza donde antes viviera tantos buenos momentos.
Quería enfrentar todas las cosas que anteriormente me atormentaban por la ausencia de Gardenia y descubrí que, por fortuna, el efecto ya no era el mismo. Ella me abandonó allí pero, el encontrarla tan lejos y tan diferente de como ella era, había casi borrado su presencia de cada rincón de la hacienda.

El único que inevitablemente hacía que la sintiera allí junto a mí, era aquel desdichado caballo sin dueña. Por eso dejé de montarlo, dejé de frecuentarlo; cada vez que lo veía la miraba a ella sobre él. Cada vez que miraba sus ojos llenos de nostalgia, me veía a mí mismo extrañándola. De ese caballo no pude borrar su recuerdo, pues yo mismo se lo había regalado y me la seguiría recordando hasta el día que muriera alguno de los dos… él o yo.
Empecé entonces a concentrarme en trabajar por aquellas tierras, a gratificar mejor a mis buenos peones, a tratar más amablemente a las mujeres que servían en la casa, a levantarme más temprano, a involucrarme en los quehaceres diarios y aprender cada vez más como administrar la hacienda. Todos mis cambios sorprendían en gran manera a toda la gente de la hacienda. Decían que yo ya no era el mismo, que era otra persona. Incluso visité el rancherío de la hacienda; lugar que, por cierto, no conocía pues nunca me había interesado conocerlo. Ahora mis peones me conocían mejor, compartían conmigo, trabajaban conmigo.
Fue una época realmente productiva y satisfactoria. Sentía verdaderamente que lo que yo hacía servía para algo, que podía hacer cosas útiles; y no reparaba en compartir esa prosperidad con la gente de la hacienda. Quería que ellos gozaran de las ganancias pues gracias a su trabajo todos estos largos años yo había podido vivir bien. Esa tierra era más de ellos que mía, debía aceptarlo.
Fue así como meses y meses pasaron, meses de alegría y de trabajo duro pero satisfactorio. Olvidé mis remordimientos, olvidé mis penas y mi tristeza y me dediqué a gozar de aquella bella época que la vida me ofrecía.
Poco a poco me fui enterando de qué había sido de la vida de mi amigo Áster en Ciudad Verde. Gracias principalmente a los periódicos. Esto se debía a que Dalia se había postulado como alcaldesa para derrocar la corrupta administración anterior y destapar los negocios que tenía con Muscari. Ella iba ganando popularidad entre las personas que se habían cansado ya del cinismo de sus autoridades y querían arreglar las cosas.
En cada fotografía podía ver como él la acompañaba a todos lados y era su apoyo incondicional. No podía dudar que al fin el amor había triunfado entre ellos dos y eso me llenaba de alegría.
La sorpresa fue grande cuando un día, sin que yo lo esperara, me llegó una carta con el remitente: Áster Drácenas.
Sin perder tiempo la abrí, no podía esperar a leer lo que él quisiera comunicarme, ansiaba saber si había logrado perdonarme por todos mis errores pasados y, de alguna forma, el que me escribiera era una buena señal.
“Narciso:
Han pasado ya nueve meses desde que regresaste a tu casa y no he podido encontrar otro mesero que sea tan eficiente y pueda reemplazarme cuando yo no estoy.
Espero, sinceramente, que te encuentres bien y más tranquilo. Quiero que dejes de preocuparte por el pasado, por los errores cometidos y el daño que pudiste haber hecho. Te he perdonado ya.
Quería contarte que después de mucho tiempo de cortejarla, Dalia ha aceptado ser mi pareja y somos muy felices. Ambos hemos llegado al acuerdo de que… si bien tú le causaste daño y la hiciste sufrir un día, fuiste también un puente entre nosotros. De esa forma creemos que has reparado el daño que pudiste haber causado y te has redimido. Ella también te ha perdonado y quiere que sepas que es feliz conmigo. 
Planeamos ir a visitarte luego de finalizar la campaña de Dalia en un par de meses. Te deseamos lo mejor.”

No podía haber recibido un mensaje más gratificante. Todo parecía caer en su lugar, las cosas marchaban bien… era maravilloso.
Todo me instaba a dejar atrás los errores y cosas malas que había hecho y enfocarme en lo que era bueno. Atesorar las cosas bonitas que había en mi pasado y desechar las desagradables.

CAPÍTULO VIGÉSIMO TERCERO

Todo cambió después de ese momento, era inevitable, mis acciones se voltearon contra mí. Fue entonces cuando me di cuenta de que la hora de mi partida había llegado.
– ¿Fuiste tú? ¿Tú le causaste daño a Dalia?
– Áster… yo…
– Ella no quería hablar de lo que le había pasado, pero podía sentir su dolor. La lastimaron mucho. Pero jamás en mi vida hubiera imaginado que tú lo hicieras.
– Sé que debí decirte, pero… yo no puede. Es que no creí que fuera relevante.
– ¡Estamos hablando de Dalia! Tú siempre supiste mis sentimientos hacia ella, tú siempre supiste lo que significaba para mí. Aun así te metiste con ella y la hiciste sufrir. ¡¿Por qué?! – Áster estaba alterado, su rostro expresaba furia.
– Fue en otra época, estoy muy arrepentido de todo lo que hice, créeme por favor.
– ¿Por eso te quedaste tanto tiempo aquí? ¿Por ella? ¿Me ayudaste con ella solo para tenerla cerca?
– No, no, pero ¿qué dices? Si te ayudé es porque estoy seguro de que sería feliz contigo. Yo no estoy interesado en ella. Mi ayuda fue sincera, te lo aseguro.
– Yo te consideraba mi amigo. Yo confiaba en ti completamente. No debiste hacer esto, sabes que lo que la lastima a ella me lastima a mí también.
Ya no pude decir más, sabía que no había argumento válido que justificara mis actos y me quitara la culpa, pues yo mismo la había aceptado desde hacía tiempo. Áster tampoco dijo más y se retiró de allí, no supe a dónde. Yo decidí aprovechar para empacar mis cosas.
Me sentía nostálgico, a pesar de todo. Había pasado un año en ese lugar viviendo tantas cosas. Llegué sin intención de quedarme, a causa de un evento infortunado, para que al final todo me llevara a alargar mi estancia. Nunca quise ir a Ciudad Verde, pero el destino me llevó allí, donde encontré a mi amigo, a Gardenia, a Dalia. Temía regresar a Los Cogollos, sabía que regresaría a mi mar de recuerdos nuevamente; no podía quedarme en Ciudad Verde más tiempo pues allí me perseguía la realidad cruel ¿a dónde ir entonces?
No tenía un automóvil, no tenía mucho dinero; decidí que lo más sensato, aunque fuera un destino poco deseado, sería regresar a casa. Tomé todas mis cosas y dejé una nota para Áster:
“Querido Áster, mi amigo:
Todo este tiempo no he sabido como agradecer todas tus atenciones, el que me hayas recibido en tu casa, que me auxiliaras cuando más lo necesitaba. Gracias por demostrarme fielmente tu amistad.
Nunca hubiera querido despedirme como lo estoy haciendo. Pero sé que la culpa es mía solamente. Perdóname por no decirte la verdad y por traicionarte de la forma vil en que lo hice. No merezco todo lo que has hecho por mí y por eso debo irme, me avergüenza demasiado estar aquí sabiendo lo que he hecho.
Estoy seguro, totalmente, de que tú podrás hacer feliz a Dalia, ámala como lo has hecho siempre, dale alegría, paz a su alma. Que encuentre un hogar en ti.
Tú podrás hacerlo, eres lo que yo nunca podré ser y vales por diez mil de mi categoría. Eres un buen hombre, de grandiosos sentimientos, generoso, humilde. Yo no pude enseñarte más que palabras y frases nuevas; tú, en cambio, me enseñaste a ser un hombre de verdad.
Debo irme ahora, regreso a mi casa, a la hacienda Los Cogollos. Si un día llegaras a pasar por Costa Florida, nunca olvides que es tu casa y siempre voy a recibirte con los brazos abiertos.
Gracias por todo nuevamente, espero puedas perdonarme y que pueda verte pronto.”

Con un gran nudo en la garganta dejé la nota sobre la mesa, salí del pequeño apartamento. Bajé por última vez las escaleras que conectaban al local del club, lancé una mirada postrera a los alrededores y me fui sin voltear.
Fui a la terminal de autobuses y abordé el que tenía por destino Costa Florida. Sentía que había dejado tantas cosas atrás. En mi corazón había una mezcla de emociones y sentimientos que no podía comprender. Veía por la ventana y me preguntaba qué haría de ahora en adelante, qué haría para vencer la nostalgia. En qué podría ocuparme para ignorar la culpa y los remordimientos. Sobre todo, qué hacer para ignorar todos los recuerdos de Gardenia que vendrían a mí cuando me encontrara de regreso en la hacienda.
No obstante, me sentía diferente. Me sentía cambiado y maduro con las lecciones que la rudeza de la vida me había enseñado en ese año. Podría dejar atrás al fin todas mis malas costumbres y malas acciones para hacer algo bueno. Eso debía ser, la única forma tal vez, de superar todas las cosas negativas que cargaba y sentirme bien nuevamente. Ya lo había pensado antes y lo pensaba de nuevo ahora, quería hacer algo bueno por los demás. Ayudar.
Con el ocaso llegué a Costa Florida y me dirigí rápidamente a la panadería de Jacinto. Sentía gran emoción de verlo nuevamente. Sin embargo, había pasado un año ya y sentía algo de suspenso al pensar que muchas cosas podrían haber cambiado. Me sentí en casa cuando vi frente a mí la vieja panadería tan apacible y acogedora, la misma de mi niñez.
Entré con gran alegría y todos se sorprendían de gran manera al verme. Jacinto salió con una gran sonrisa y me dio la bienvenida. Me sentía en casa.
Esa noche dormí allí, Jacinto hizo preparar una cena deliciosa y le compartí todo lo que había vivido en Ciudad Verde. A la mañana siguiente desperté de madrugada y me dirigí al lugar donde estaba la amasadora y el horno. Jacinto ya estaba preparando todo para el pan de esa mañana.
– ¿Hace cuánto que no hacemos pan los dos? – le pregunté con entusiasmo.
Jacinto se rio con ganas y entre los dos, una a una, llenábamos las bandejas con el pan que, al calor del horno, se haría alimento valioso.

CAPÍTULO VIGÉSIMO SEGUNDO

Por la mañana me despertó la claridad y la algarabía de Áster que andaba tan alegre como acostumbraba en estos días. Hoy, especialmente, estaba más contento por el hecho de que Dalia llegaría al club esa noche atendiendo la invitación que él le hiciera días antes.
No había que dudar que Áster esperaba que todos la recibiéramos como una reina que entra a su castillo. Había dado indicaciones a todos los demás empleados y a mí me había encargado dirigirlo todo mientras él atendía a su reina.
Todo marchaba muy bien, todo parecía indicar que sería una noche perfecta para él y eso me alegraba. Pero a pesar de todo no compartía su emoción. Todo se había vuelto monótono para mí y la tristeza me perseguía junto al recuerdo de Gardenia, de la que yo conocí; a la vez que me perseguía el desengaño al ver en lo que se había convertido.
Así llegó la noche y las puertas se abrieron una vez más, las luces se encendieron, la gente llegó, la música sonó, las copas se sirvieron. Áster lucía ansioso, yo lucía tranquilo, aunque realmente estaba con los ánimos por los suelos. No tenía idea si Gardenia llegaría esa noche, no tenía idea si llegaría acompañada de Muscari o algunas de sus nuevas “amigas”.
Llegó Dalia y la alegría de mi amigo creció. La llevó a una mesa especialmente reservada, se le atendió como él había pedido, él la acompañó todo el tiempo, no la dejó sola un instante. Los veía y me regocijaba, Dalia se mostraba sonriente y con mirada serena al conversar con él. Áster era carismático, podría ser corto de ideas en cuanto a temas de conversación y podría guardar todavía un poco de aspereza al hablar, pero sus ocurrencias divertían mucho a Dalia y la hacían reír constantemente. Ella necesitaba alegría y era eso precisamente lo que él le daba. Creo y estoy seguro, que Dalia se sentía muy a gusto en su compañía y poco a poco tal vez iría surgiendo en ella un indicio de sentimientos.
Yo deseaba que fuera así. Estaba tan arrepentido de lo que le había hecho y me daba cuenta que, al final, mis palabras se habían vuelto profecía. “Encontrarás a alguien mejor, alguien que sí te merezca, yo… yo nunca sentaré cabeza, no te merezco” le dije una vez al dejarla cruelmente, no imaginé que las palabras se voltearían contra mí y que el destino haría que esas palabras se cumplieran después de tantos años. Por mi parte, el destino me pagaba con abandono también, un abandono más cruel, puesto que no hubo siquiera una despedida. Y a pesar del abandono de Gardenia ahora tenía que verla tan cercana y lejana a la vez.
En esos pensares estaba cuando ella apareció, sola esta vez, aunque no menos hermosa. Mi corazón palpitó. Así de necio era, aún después de todo, siempre me emocionaba al verla entrar.
Al asegurarme que iba sola, comprendí que sería la única oportunidad que tendría de hablarle, no la iba a desperdiciar de nuevo. Me dispuse a ir a su mesa y la saludé como a cualquier cliente, ofreciéndole además una bebida de su preferencia.
Ella me vio por un momento breve. Sus ojos no expresaban alegría, como todas las otras veces en las cuales la había visto. Sus ojos estaban cargados de tristeza aunque ella luchara por disimularlo. Anticipándose a mí, me preguntó:
– ¿Podemos hablar?
No esperé esas palabras y mudo, como me habían dejado, tomé asiento frente a ella.
– Es lo que he querido hacer desde hace un año. – le respondí.
– Quiero disculparme por la forma en que me fui de tu casa. No sé qué me pasó.
– Tal vez era muy urgente venir al lado de tu actual prometido.
– No… tú no sabes muchas cosas. Mi pasado no es algo lindo y lleno momentos especiales. He hecho cosas malas, he vivido situaciones muy comprometedoras, sé que debí decírtelo, pero no encuentro placer al hablar de esa parte de mi vida.
– A mí nunca me importó eso. Existieron comentarios negativos, existieron personas que hablaron mal de ti pero yo no les daba crédito. Yo siempre estuve dispuesto a apoyarte y a quererte sin importar lo que hubieras hecho en el pasado.
– Lo supe siempre. Tú fuiste muy sincero conmigo y aun así me alejé de ti. No entiendo por qué me alejo de las personas sinceras. Tal vez es porque yo no lo soy.
– Quería que lo fueras, estuve a punto de pedirte que abrieras tu corazón conmigo y yo te iba abrir el mío. Te iba a decir todo lo que sentía por ti.
– Y ¿qué sentías por mí?
– Se me hace difícil creer que tú no lo hayas notado. Que no te dieras cuenta de cuanto te quería. Incluso ahora, a pesar de todo lo que pasó, estoy feliz de estar aquí contigo. Estoy feliz de escuchar nuevamente tu voz. Es tonto, sí, pero así me siento.
– ¿Feliz de estar conmigo? Creí que no me aceptarías después de lo que pasó.
– Pero te equivocas. ¡Cómo quisiera despreciarte! Pero no puedo hacerlo.
– Pero ¿cuál es el motivo?
– Que aún te quiero. Es el único que se me ocurre.
– ¿No sería un capricho tuyo? ¿No sería una obsesión ante la imposibilidad de poseerme?
Me detuve un poco y la miré con tristeza. En ese momento Áster se levantó de la otra mesa y fue hacia su oficina a traer quién sabe qué cosa. Dalia se quedó sola, fue entonces cuando accidentalmente volteó hacia nuestra mesa y se dio cuenta de nuestra conversación.
– Que menospreciado me siento. Yo no creo que sea un capricho, pues no había sentido algo igual antes. Aunque si tuvieras razón y lo fuera… no importaría, siempre fue algo unilateral.
– Yo te recuerdo como el caballero que te dije que eras, te recuerdo como el que siempre estuvo dispuesto a ayudarme. Me levantaste el ánimo tantas veces, me hiciste vivir en el paraíso cuando estuve en tu casa. Luego yo desaparecí… te dejé sin explicación. Ahora te encuentro otra vez y tú no me rechazas. No me considero tan especial como para que me quieras así.
– Para mí lo eras. ¡Lo sigues siendo! – tomé su mano impulsivamente
– Comprende, siempre hay un motivo. Por alguna razón no se pudo dar nada. Yo lo entendí hace tiempo. Y no se podrá dar nada.
Lamento tanto haberte hecho eso, créeme. Tenía mis motivos.

– ¿Qué motivos eran esos?
– No quiero hablar de esos motivos. No podría soportarlo.
– ¿Podrías ser sincera conmigo al menos por última vez?
– Cómo quisiera ser sincera contigo…
Mi rostro expresaba desolación intensa. Pero el de ella también, su tristeza se intensificó y eso me extrañó. Desde su lugar, Dalia observaba todo, no sabría explicar qué habrá sentido o pensado. Fue un momento que nos afectó a todos, directa e indirectamente.
Ante un minuto de silencio que se apoderó de nosotros, Gardenia se levantó apresurada y salió del club dejándome sentado y desolado. Yo permanecí allí un buen tiempo hasta que no pude más. No quería estar allí, no quería sentir lo que sentía. Tomé las escaleras y subí a la habitación.
Abajo todo cambió. Cuando áster regresó a su mesa Dalia no era la misma. Se parecía mucho a la que él conoció en esa primera cita. Sin querer, yo le había devuelto la amargura, como siempre.
Dalia comenzó a beber desenfrenadamente. Tenía muy mal humor y el pobre Áster no sabía qué hacer. Ante sus ojos, ella ya no parecía la mujer intachable que él idealizaba. Toda su imagen había cambiado.
Las horas pasaron raudas y la noche se volvió madrugada. Áster no permitió que Dalia se fuera en el estado en que se encontraba. Subió con ella a su habitación a pesar de sus protestas. Con gran dificultad la acostó en su cama. Mientras tanto yo estaba en la terraza, viendo al cielo tratando darme una explicación de lo que había pasado.
Al escuchar el alboroto, bajé y antes de que pudieran verme entré a mi habitación. Desde ahí podía escuchar todo. Dalia se encontraba mal, muy mal. Estaba confundida y fuera de sí. Con tristeza logré escuchar lo que decía.
– Tú eres el culpable… yo te quería tanto. ¿Por qué me dejaste así?
– Dalia, tranquilízate, por favor. No soy quien tú crees. Soy Áster ¿me recuerdas?
– ¿Por qué no te quedaste conmigo?
– Dalia, te lo ruego, tranquilízate. Acuéstate en la cama. Vamos.
– Bésame. Dime que aún me amas, dime que te quedarás conmigo. Hazlo.
No podía imaginar lo que sentía el pobre Áster. La tenía tan cerca, en medio de su embriaguez ella trataba de seducirlo, pero en su mente… era otro el que estaba. Si me sentía mal antes, me sentí peor en ese instante, la peor rata que pudiera existir.
– Mi Dalia… no sabes con qué ardor deseo besarte… pero no lo haré sabiendo que en realidad tú no me estás besando a mí.
Así que por favor, acuéstate y trata de descansar.
Nunca esperé menos de mi amigo y nunca me decepcionó. Él no era como yo que aprovechaba la mínima oportunidad para hacer una mala jugada.

– No me dejes, por favor no me dejes…
– No lo haré Dalia, aunque sé que no me hablas a mí. Pero nunca, nunca te voy a dejar sola.
No pude darme cuenta de a qué hora todo quedó en silencio. No pude darme cuenta de qué sucedió después. Al siguiente día, con la mañana ya muy avanzada, desperté con gran sobresalto y me dirigí a la cocina para buscar algo de comer. Al pasar por la habitación de Áster y ver la puerta abierta decidí cerrarla. En ese momento pude ver que los dos estaban acostados en la cama con la ropa puesta. Áster abrazaba a Dalia y ella estaba acurrucada en su pecho. Supuse que Áster se había quedado así, cuidándola hasta sucumbir ante el sueño.
Cerré la puerta y fui a la cocina. No pasó mucho tiempo hasta que escuché pasos acercándose. Era Dalia, había despertado y se acercaba. No supe que hacer, me tomó por sorpresa y, al verme, expresó un gesto de vergüenza.
– Buenos días – dije titubeando – yo… ya me iba a mi habitación. Solo vine por un poco de agua.
– Necesito mi bolso. No sé dónde pude haberlo dejado. – dijo ignorando por completo mi saludo.
– Seguro está en la sala. Debió quedarse allí anoche.
– ¿Podrías darme un poco de agua?
– Claro, desde luego.
Sacó unas pastillas de su bolso, supuse que eran analgésicos. Le alcancé un vaso con agua y ella las ingirió. Ante mi mirada extrañada me dijo:
– ¿Te sorprende que ande preparada con esto?
– No… yo, lo siento, es mejor que me vaya.
– Huyes como siempre. Te vas como lo hiciste esa vez.
– Dalia… yo, no creo que sea buen momento.
– Yo era una persona de principios y buenas costumbres. Me alejaba de todo lo malo. Pero no pude con el dolor de tu abandono ¿sabías? Me afectó tanto…
– Dalia, por favor, podremos hablar en otro momento.
– Gracias a eso me volví una alcohólica. Yo no tenía ningún vicio, yo era buena. – lágrimas salieron de sus ojos. Yo no sabía qué hacer. – Ya lo había superado. Estaba mejorando. Pero tuve esa maldita recaída y tuve que ir a la farmacia a comprar analgésicos… tenía que encontrarme contigo allí. ¡¿Por qué?!
Sin embargo, no todo fue malo, pude conocer a Áster gracias a eso, él es un buen hombre.

– Lo sé… él es mejor que yo, siempre te dije que yo no te merecía y era cierto. Soy una mala persona.
– No ¿Sabes? A pesar de todo, supe todo el tiempo que en el fondo eras alguien de buenos sentimientos pero te corrompiste por el libertinaje. Ahora que te veo otra vez lo compruebo. Has cambiado, eso es bueno.
No sé por qué me puse así al verte con alguien más, pero te hago una promesa: es la última vez que tomo y es la última vez que siento algo por ti.
Voy a superar esto como siempre he superado todas las dificultades.
Hazme el favor de despedirme de Áster y dile que yo me comunicaré con él después.

Dicho esto, tomó su bolso y se retiró.
Solo pude sentarme en el sofá y sentirme miserable. La frustración se había adueñado de mí. En la habitación, justo detrás de la puerta estaba Áster, había escuchado todo.