jueves, 29 de diciembre de 2016

CAPÍTULO SEGUNDO

“Amor, si he de morir hoy mismo, solo quiero por favor que me dejes partir hacia la luz de tu mirada donde seré feliz eternamente.”
No fue muerte sino sufrimiento lo que he encontrado, lo que me acecha en mi presente, por eso busco el pasado. El pasado es lo único hermoso que tengo, pues ya no tengo futuro…

La noche del viernes 10 de febrero de aquel dichoso año, un festival se estaría llevando a cabo en el gran salón de eventos de la ciudad de Costa Florida. Yo, por supuesto, me había dado a la faena de buscar un nuevo y elegante traje que lucir esa noche. Me gustaba lucir siempre formal, con un fino sombrero y todo accesorio enalteciera mi imagen.
Jacinto, mi fiel amigo, como lo fue de mi padre, me acompañaba esa mañana caminando por la plaza. Todo era monótono y no había nada que llamara mi atención; pero al momento de saludar a viejos conocidos que casualmente encontramos y retirar el sombrero de mi cabeza… fue solo un instante… el sombrero cubrió mi vista un instante y al retirarlo frente a mí pude ver la imagen de una joven. 
Caminaba lentamente acompañada de otras damas que no fueron objeto de mi atención. No la conocía, lo cual era extraño a juzgar por mis constantes ires y venires en la ciudad. Pero estaba allí frente a mí.
No pude apartar la mirada, estaba magnetizada por ella. Su rostro era soñado, curvilíneo y delicadamente esculpido. Todo hacía juego con él, tiernos labios, pequeña nariz, cejas delgadas que contorneaban ¡oh maravilla! Unos ojos hipnóticos, llenos de altivez aunque también de una acariciante mirada… una que podía perder a cualquiera; tal vez por la belleza de mujer, tal vez por la ternura de niña que encerraba. Y en ese momento también yo me perdí.
Pero la dicha pudo ser más grande cuando, sin esperarlo, ella me vio. Me vio con una expresión tan indescifrable. Y hasta ahora no he podido entender qué era lo que ella pensaba en ese momento. Me miró con tal firmeza, como si ya supiera que era suyo. Y me sedujo sin siquiera acercarse a mí ni articular palabra, todo por el misterio de sus ojos negros.
Al buen Jacinto no se le escapaba nada y cuando ella ya se alejaba fue necesario un codazo de moderada intensidad para hacerme volver a la realidad. Después de todo, frente a mí estaba el señor Delphinium, uno de los más acaudalados de la ciudad junto a su adorada hija Ginger, otra de mis tantas conquistas clandestinas.
Charlábamos del clima, de negocios, del festival de esa noche y yo seguía la conversación mecánicamente. Jacinto era el que más hablaba, animaba la conversación y profundizaba en los temas. Así era él de sociable. Yo desde entonces estaba mudo. En mi pensamiento solo me bombardeaba la duda sobre la identidad de aquella joven y qué debía hacer para verla de nuevo.
De regreso a casa, una vez comprado el traje, Jacinto no se resistió y empezó a cuestionarme sobre el incómodo suceso acaecido en presencia de don Delphinium. Yo escasamente me defendí y acepté sin chistar que no había podido evitarlo.
El día pasó como parpadeo y yo estaba fuera de mi propio cuerpo… la distracción se había adueñado de mí. A penas me vestí, de alguna forma llegué al festival; en donde se suponía debía encontrarme con Ginger aprovechando la ausencia de su padre que viajaría esa noche. Pero ya ni siquiera recordaba eso.
De alguna forma, en algún momento mientras ahogaba mi agobiante ansiedad con una copa de vino mi espíritu volvió a mí.
Sonriente, con su misma expresión de altivez, espléndida y deslumbrante, más que las estrellas, nuevamente la vi.

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