Jacinto llegó muy temprano el sábado, cosa muy rara en él, pues a esa hora siempre estaba muy atareado. El buen Jacinto era de condición humilde, el más leal amigo que pudo tener mi padre y el mejor tutor para mí, luego de que él falleciera. Era, además, el mejor panificador que se podía encontrar en Costa Florida. Su oficio era ancestral, toda su ascendencia lo había ejercido y él se había hecho de mucha reputación llegando a tener mucho éxito en su empresa. Todo mundo conocía su panadería y sus ganancias eran significativas. No era el hombre más rico de la ciudad, pero vivía cómodamente; se había ganado todo con trabajo duro. Lo único que siempre lamentaba era el no tener el sucesor que le diera continuidad a su legado familiar. Su esposa murió joven, nunca pudieron tener hijos y, siendo la fidelidad una de sus más fuertes cualidades, Jacinto nunca se interesó en volver a casarse. Él la amaba demasiado.
Fue una de las razones por la cual, al verme falto de padre y él falto de heredero, se tomó muy en serio mi cuidado y hasta me enseñó el oficio de panificador; tarea que yo llevaba a cabo por simple diversión pues no necesitaba hacerlo para vivir como en su caso. Sin embargo, terminada mi niñez, nunca volví a tocar siquiera un puñado de harina.
Temprano empezó el sermón aquella mañana sabatina.
Algo en su alma sencilla le había advertido de mi desenfreno esa madrugada y ahora no estaría tranquilo hasta saber de mí.
Cuando por fin desperté de mi profundo sueño, atormentado por la resaca; me dio, además de un café, muchos regaños.
– ¿Estás tratando de matarte? O simplemente ya te hartó estar almacenando vino y decidiste acabar con todo.
– Por favor, solo fueron unas copas. Te agradecería que no hables tan fuerte.
– ¿Unas copas? ¿Qué debo entender por copas?... ¿Barriles?
Los regaños siguieron, mientras yo sujetaba mi cabeza adolorida. Ya ni siquiera recordaba el infortunado suceso de la noche anterior y así hubiera seguido de no ser porque el buen Jacinto me interrogó sobre el motivo de mi borrachera.
Le conté todo lo sucedido, a cada palabra él se tornaba más pensativo y llevaba su mano derecha al mentón. Le conté también de la incertidumbre que me causaba el no saber casi nada la hermosa Gardenia, así como el pesar que sentía al saber que se iría pronto.
– Te diré algo. Si tienes razón en la dirección de la casa donde está hospedándose, no creo que haya sido completamente sincera contigo en ese asunto.
– ¿A qué te refieres?
– Conozco muy bien al dueño de esa casa y, efectivamente, tiene un hermano pero en ningún momento se ha ido al extranjero. Él vive en Ciudad Verde. Queda lejos, pero no está en otro país.
– ¿Estás seguro?
– Por supuesto. Lo conozco desde siempre. Tiene muchos socios en Ciudad Verde, entre ellos, su mismo hermano… ¡ah! Tiene un hijo también, es un chico inteligente; le va muy bien en sus estudios.
Mi mente estaba confundida, pero mi corazón se negaba a aceptar que Gardenia me mintiera, no había razón alguna. El día pasó, yo me confiné a mi habitación, allí permanecí hasta llegar la noche. No dejaba de pensar en las escenas que había presenciado. No quería aceptar que ella fuera de otro.
Los días siguientes me hundí en la indecisión, una parte de mí quería salir corriendo hacia su casa. Quería verla de nuevo, pero el miedo surgía en mí al momento, con solo pensar que podría verla de nuevo en brazos de otro. No sabía qué hacer. Cada día parecía tan largo, como si el reloj se detuviera y de nuevo el miedo se apoderaba de mí al imaginar que, tal vez en lo que yo me debatía en mis indecisiones, ella podría estar ya empacando, preparándose para marcharse. El miércoles siguiente, por la tarde, me decidí y emprendí la marcha hacia su casa. Antes quise pasar a la plaza a comprarle algún detalle, pero, sorpresivamente, me la encontré allí mismo.
Sentí un desorden emocional. Me sentía tan feliz de verla de nuevo, me sentía triste por no tenerla, me sentía aliviado al saber que no se había marchado aún. Sin pensarlo dos veces me acerqué a saludarla y ella fue muy cordial. Caminamos, conversamos y yo la invité a un café. Ella accedió y en la pequeña mesa yo me extasiaba al verla sonreír, la veía hablar, la vía mover sus suaves manos. Cumplía ahora lo que tanto deseé la primera vez que hablamos, ahora yo permanecía callado mientras ella me platicaba de sus viajes, de sus divertidas aventuras…
Se comportaba tan distinta, tal vez era el ambiente pacífico, tal vez la luz suave del sol que agonizaba; no sé qué era, pero quería permanecer allí para siempre, mi corazón latía muy rápido y yo experimentaba una alegría que con ninguna había sentido antes. Sentía que estaba a su merced y cada palabra que de ella salía era verdad absoluta e indiscutible.
– Siempre me ha gustado viajar, incluso dejé mi carrera a medias por hacerlo.
– Imagino que fuiste una muy buena estudiante.
– Nunca me gustó ser el típico estudiante promedio, buscaba resaltar y lo lograba, pero me sentía presa, encerrada en una caja de cristal. Así que decidí alejarme de todo eso.
– Así que dejaste de estudiar y decidiste viajar.
– ¡Exacto! A veces hay que renunciar a ciertas cosas para conseguir otras. Yo tuve que renunciar a mis estudios, temporalmente, claro. No me he arrepentido hasta ahora. Pude finalizar mi carrera y luego viajar… pero no me sentía segura con eso, luego vendrían más responsabilidades que no me dejarían ser libre. Ahora que ya he realizado esta meta, regreso a casa y puedo continuar lo que dejé en pausa.
Me sentía contento. Ahora, al menos, ya sabía un poco más de ella. Y mientras yo me enajenaba, ella continuaba.
– Aunque hay personas que son afortunadas y pueden hacer ambas cosas a la vez. ¡Como mi primo! Él se lo ha ganado.
– ¿Tu primo? – Pregunté intrigado.
– Sí, se irá a estudiar fuera del país. Siempre ha sido un chico aplicado, con las mejores notas. La noche del festival, justamente, me fue a recoger antes de irse. Quería despedirse de mí. La casa se siente vacía sin él.
Quise gritar en ese instante… pero mi juicio logró contenerme. Todo había sido una confusión, todo había sido un espejismo creado por mi cerebro. El alivio que sentí esa tarde no lo puedo describir. Tal vez podría ser lo que siente un condenado a muerte al saber que ha sido exonerado. Tal vez mi corazón moribundo se llenó nuevamente de vida…
Sin embargo, vida y muerte siempre están alternándose, y mientras yo sonreía encantado ante Gardenia; en un callejón oscuro de Ciudad Verde, un chico aplicado y de excelentes notas recibía, una a una en su cuerpo, las balas que en instantes le arrebataron su existencia.
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