Todo de pronto comenzaba a cambiar y las piezas en el tablero ya no le favorecían al tramposo Muscari.
– ¡¿Cómo que se fueron?! ¡Encuéntrenlas!
– El personal ya fue enviado a buscarlas, señor. Daremos con su paradero.
– ¡Son unos estúpidos! ¿Cómo pudieron dejar que se fueran?
– Al parecer, aprovecharon los disturbios. Todo el personal de seguridad vino a protegerlo y la casa se quedó sola. Fue entonces cuando escaparon.
– ¿Y el viejo?
– Él no está consciente, a penas y puede hablar. Lo dejaron.
Yo me enteré del catastrófico suceso por medio de los periódicos. La noticia aparecía en primera plana, con encabezados alarmantes. Estaba muy preocupado, no podía ignorar la situación así que decidí viajar lo más pronto posible a Ciudad Verde. Debía encargarme de unos pendientes antes de salir, así que no pude hacerlo de inmediato.
Envié a una de las cocineras con el encargo de llevar un mensaje a la oficina de telégrafos para, al menos, darle palabras de aliento a Dalia y avisarle de mi pronta llegada.
Un par de días después, pude desocuparme del todo y me alisté para el viaje. Había estado muy atento a las noticias, no obstante, nada fatal se había publicado; por ello me sentía aliviado. Estaba seguro de que Áster se estaba recuperando de su herida.
Ya estaba listo para salir. Unos meses después de mi llegada pude comprar otro automóvil, no tan caro como el anterior, pero sí muy funcional; con eso era suficiente. Estaba por cruzar la puerta de la casa para ir al auto cuando algo me hizo frenar de golpe.
Cuando abrí la puerta Gardenia caminaba por el pequeño sendero del jardín hacia mí. El acontecimiento me produjo un verdadero choque de impresión. Quedamos frente a frente y yo a penas y podía creer lo que pasaba.
– Necesito tu ayuda – me dijo con voz de súplica.
– ¿Tienes idea de cuantas veces imaginé esto hace tanto tiempo? Deseaba que estuvieras parada aquí, deseaba que regresaras.
– Narciso, perdóname, sé todo el daño que causé… como quisiera que pudieras entender. – sonaba muy angustiada.
– ¡Pues explícame! Creo que soy lo suficientemente racional para entender.
– No puedo, no puedo hacerlo, te estaría involucrando.
– Entonces discúlpame, debo ver a un amigo. – con estas palabras la hice a un lado suavemente y me dispuse a seguir mi camino.
– Espera – tomó mi mano derecha con las dos suyas – te diré todo.
Volteé a verla y en su rostro vi reflejada la calamidad. Era como si la semilla de tristeza, que viera en sus ojos cuando la encontré en Ciudad Verde, hubiera crecido e invadido todo su ser.
El contacto con sus manos de alguna forma me hizo recordar aquel dichoso día en que ella había acudido a mí. Aquella tarde cuando, en este mismo jardín, nos habíamos abrazado. Suspiré resignado y decidí darle la oportunidad de hablar.
– Pasemos a la casa, estaremos más cómodos. – caminamos y nos sentamos en los sillones de la sala. – te escucho.
– Quiero pedirte perdón por todo lo que hice. Pero estaba demasiado confundida y asustada.
– Todo este tiempo me he preguntado ¿Qué fue lo que pasó? Sin explicación alguna.
– Quiero aclarar que nunca hubo algo malo en ti. Eres la persona que mejor se ha portado conmigo hasta ahora. Me diste tu apoyo, me protegiste, me fui sin despedirme y aun así aquí estás escuchándome. Pero soy experta en causar desastres, siempre ha sido así. Desde mucho antes de conocerte, siendo una adolescente, siempre fui rebelde. Claro que a mi padre poco le importaba, no ponía la mínima atención en mí. Mi madre era la única a la que le causaba penas con mis acciones pero yo no era capaz de ver eso.
Unos años después llegó a la ciudad Cardo Muscari. Yo ya era mayor de edad y me aprovechaba de eso para hacer lo que yo quisiera. Mi padre empezó a hacer negocios con él, al igual que mi tío. Muscari me conoció de esa forma, se interesó mucho en mí y yo no me mostraba indiferente ante él. Era rico y atractivo, aparentemente muy lindo y caballeroso. Me enredé con él, pero me di cuenta de que solo era apariencia lo que mostraba ante todos. Terminamos, cosa que no le gustó para nada, para después decidirme a viajar lejos. Estaba cansada, todos hablaban mal de mí, en la ciudad yo era muy conocida por mis malas acciones y ahora, sobre todo, por la relación que con él había tenido. Así que me fui de allí.
Pero pronto vería las consecuencias. Mi padre siempre fue adicto a los juegos de azar. Las apuestas lo enloquecían. Desperdiciaba tanto dinero en eso, que llegaba a tener deudas grandísimas. Junto con mi tío se endeudaron en gran cantidad con Cardo Muscari y éste les dio un plazo para pagar. Si no cumplían, tomaría represalias.
Mi madre rápidamente me escribió una carta en la que explicaba la situación y me pedía que no regresara, pues sabía que sería blanco de las amenazas de ese hombre. Me dijo que viniera a Costa Florida, con mi tío, para refugiarme temporalmente. Ella después me enviaría dinero para que me fuera definitivamente.
Siento tanto haberte mentido cuando te conocí, pero no podía hablar con nadie sobre esto. Me quedé en la casa de mi tío esperando noticias de mi madre.
Pero todo salió mal después de eso. Mi primo se iría a estudiar a una prestigiosa escuela de las Enramadas donde había conseguido una beca pero se le ocurrió pasar a visitar a mis padres. Muscari mantenía bajo estricta vigilancia la casa y supo al instante quién era el visitante. Él lo mandó matar… – su voz se quebró y empezó a llorar. Me dolió mucho verla así, se veía tan vulnerable. Pronto se recuperó un poco para poder seguir hablando.
– Como el plazo se cumplió y mi tío no pagó el monto, él mató a mi primo. Fue entonces cuando mi tío se fue y yo vine aquí contigo. Estaba muy confundida, no sabía lo que en realidad pasaba. Mi madre sabía que yo hubiese querido ir allá por lo de mi primo así que se aseguró de que yo no lo hiciera. Me mandó el primer telegrama en el que decía que no me preocupara y que no se me ocurriera regresar. Que mi tío se quedaría con ellos y mi primo ya había sido sepultado.
Me sentí un poco más tranquila con eso y todo parecía mejorar, aunque sufría tanto por no haber podido estar presente en el sepelio.
Pero Cardo Muscari pudo averiguar a dónde había enviado mi madre el telegrama y mandó uno falso. El segundo que recibí. En el que mi madre supuestamente me pedía ayuda. Decía que su vida estaba en peligro y me pedía regresar.
– ¿Por qué no me dijiste nada? Yo pude ayudarte ¿Por qué me dejaste con tantas dudas?
– Trata de comprender. Yo estaba perdida en la angustia. Tú habías sido tan bueno conmigo, de ninguna manera podía involucrarte. Ese hombre no tiene respeto por la vida, no duda en matar. Si tú me hubieses defendido… no quiero imaginarlo.
Por eso me fui sola, me fui sin avisar y sin despedirme. Al llegar allá pude darme cuenta de la trampa, pero ya era tarde. Mi tío, al final, corrió con la misma suerte que mi primo. Estaba destrozada. Mi padre no dudó en ofrecerme como pago de su deuda, quería salvar su pellejo, me vendió, prácticamente. Muscari aceptó el trato y decidió anunciar a los cuatro vientos que nos habíamos comprometido. Para entonces él ya reinaba en la ciudad.
Yo temía por la vida de mi madre, así que acepté todas sus condiciones. Sin embargo, siempre buscaba excusas para aplazar la boda. Cuando te encontré en ciudad verde y hablamos, me sentí aliviada de que no me guardaras todo el rencor que yo imaginaba. Claro que me di cuenta de tus sentimientos, pues yo… yo también empecé a experimentar lo mismo. Yo… solo quiero que me perdones.
Nunca estamos exentos del azote del relámpago, incluso cuando no pareciera haber tormenta.
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