No podría explicar por qué al verla sentí una gran alegría. Después de todo, tenía años de no saber de ella. Pero mi entusiasmo no fue para nada correspondido. Ella se mantuvo seria siempre.
– Pensé que vivías en Costa Florida.
– Bueno, eso es cierto, pero actualmente estoy trabajando junto a un amigo en un club de aquí cerca el Club Nerine.
– ¿Tú trabajando? Creo que te estoy confundiendo con alguien más.
– Sí, sé que es extraño… pero, ciertamente he cambiado mucho estos años.
Su gesto de extrañeza no la abandonaba y me veía tratando de creer lo que yo le decía.
– Pues… me da gusto verte. Estoy retrasada, debo ir a trabajar. Nos vemos.
Su despedida fue tan cortante como todas las frases que pronunció.
– ¡Oye! Quisiera charlar en un momento apropiado. ¿Te parece si nos vemos?
– Estoy muy ocupada. – dudó un poco – pero tengo espacio el siguiente sábado. Por la tarde. En aquel café. – dijo señalando al otro lado de la calle.
Le agradecí y se marchó con paso acelerado.
En el camino de regreso la confusión me atacaba. Había hablado por impulso y ahora tenía una cita con ella. Eso no era nada bueno. Trataba de pensar qué hacer, cómo solucionarlo. No quería dañar a Áster ni traicionar su confianza, pensé en no decirle nada pero… él deseaba tanto verla. ¡Claro! Podría ser una oportunidad.
– Áster, mi amigo, te traigo excelentes noticias. No lo podrás creer.
– ¿De qué estás hablando?
– Pues… he movido influencias. Te he conseguido una cita con Dalia.
– No puede ser cierto. ¿Lo dices de veritas, de veritas? ¿Lo juras?
– No he hablado más en serio en mi vida. Ahora vas a aplicar todo lo que te he enseñado.
Áster estaba emocionado, como nunca lo había visto en todo el tiempo de conocernos. Mientras tanto, yo no acababa de tramar cómo haría para que Dalia estuviera con él y no conmigo.
– Oye ¿y si me ignora? No le voy a parecer atractivo.
– No te preocupes, te has preocupado por verte presentable, eso es muy bueno. Debes tener los mejores modales. Ya sabes, todo lo que te he dicho.
– Pero no sé ni de qué hablarle.
– Pues… bien, te ayudaré con algunos temas de conversación. A ver… hablemos de algo.
Deseaba, en verdad, que él tuviera éxito. Lo veía como una oportunidad de redención para mí en contra de mis acciones pasadas. Era un pensamiento muy egoísta pero no era la única causa que me impulsaba.
Deseaba que Áster tuviera lo que tanto anhelaba. Quería que fuera feliz, porque lo merecía, porque aún sin tener una relación con Dalia siempre le había sido fiel con todo. Él no tenía el pasado oscuro que a mí me perseguía.
Pasamos varias horas armando cada frase que áster debía decirle… y sin darme cuenta, tal vez cometí un gran error. Sabía que el cambio de apariencia, la buena presentación y un lenguaje más culto ayudarían a mi amigo; pero lo estaba convirtiendo sin querer en alguien que no era. Tal vez hubiera sido mejor que se mostrara sin disfraces ante Dalia, estaba seguro que ella era una buena mujer y cuando tú te interesas en una buena mujer no debes fingir.
Cuando estés con una buena mujer, sé tú mismo y, si ella es para ti, te aceptará tal y como eres.
Pero en aquellos momentos no me detuve a pensar en nada de eso.
– Bueno, solo espero que no olvides nada de esto para el sábado. Si puedes cómprate un nuevo traje.
– Desde luego. Después de todo es un acontecimiento importantísimo.
Estuvimos muy alegres esa tarde, se llegó la hora de abrir el club y todo transcurrió normal.
Todo me tomó por sorpresa. Puedo imaginar que a ella también.
Era ya de noche y todo en el club estaba tranquilo. Pocos clientes, música tranquila, yo sobre el mostrador perdido en pensamientos.
Sin pesarlo miré hacia la puerta y vi que entraban algunas damas. Tres fueron las que entraron, a ninguna conocía… pasó un instante y al final apareció la cuarta.
Gardenia entró, bella, altiva y tan espléndida como siempre, como diariamente la recordaba. Iba seria y en ningún momento vio hacia donde yo estaba. Las cuatro se dirigieron a una mesa y allí conversaban. Yo no podía reaccionar.
Estupefacto como estaba, Áster se acercó y me susurró:
– Oye, acaban de llegar personas importantes. Una de ellas es la prometida de Cardo Muscari y algunas de sus amigas. Yo no tengo el modo, tú sabes, eres más de ese ambiente. Tal vez podrías atenderlas tú.
– Áster, es ella. Es la mujer de la que te hablé. Es Gardenia.
– ¿Qué? ¿Cómo que Gardenia? ¿Gardenia Brezo la prometida de ese hombre?
– ¡Sí! Es ella.
– ¿Por qué no me dijiste su nombre? Jamás imaginé que…
– No es que me haga mucho bien hablar del asunto.
– Pues con razón te dejó. Todo mundo dice que es una aprovechada. Oye, si no quieres, no te preocupes, iré yo.
– ¡No! yo… yo puedo hacerlo.
Sabía que estaba loco por ir hacia ella, pero el deseo de verla de nuevo ahora se había apoderado de mí. El deseo de tenerla cerca y escuchar su voz.
Nervioso me acerqué hacia la mesa y al llegar saludé con amabilidad como lo hacía con todos los clientes que atendía.
Pude notar cómo su rostro cambió. Me miró con la mayor expresión de sorpresa que pudo mostrar. Rápidamente dirigió su mirada hacia abajo tratando de ignorarme, titubeaba. No habló para nada, sus acompañantes ordenaron algunas bebidas y yo me esforzaba por actuar con naturalidad, como si se tratara de cualquier persona. Al no tener nada más que hacer, me retiré y regresé al mostrador.
Minutos después noté que se acercaba a donde me encontraba. Mis nervios aumentaron.
– Hola – dijo tímidamente, viendo hacia abajo como cuando estaba en la mesa.
– Hola – dije luego de un buen tiempo tratando de abrir mi boca.
– Quién diría que terminarías siendo mi mesero…
– Sí, la vida siempre nos da sorpresas. A mí me dio muchas.
Ella ya no dijo nada. Después de un par de minutos de silencio muy incómodo por parte de los dos, regresó a su mesa. Yo traté entonces de detenerla pero no pude, ni una palabra pudo salir de mi boca.
En mi interior me reprochaba el no haber hablado, el no haber dicho todo lo que quería. La oportunidad se había ido y era muy buena, ella estaba sola, no iba en compañía de Muscari, se había acercado a mí… ¿por qué no pude?
Mientras me ahogaba en recriminaciones, la noche estaba en todo su esplendor afuera. La ciudad estaba llena de luces; las calles, muy transitadas. Todo era movimiento y en una lujosa oficina, a esa misma hora, se desarrollaba una conversación muy peculiar.
– Aquí tienes – dijo Muscari entregándole un vaso de cristal en el que había servido wiski – No entiendo cómo una fina dama como tú se ocupa en estos asuntos.
– Siempre he sido emprendedora al igual que mi padre e igual que él, me interesan los buenos negocios.
– Lo que me pides me parece demasiado sencillo. He tomado esta ciudad, ahora soy la máxima autoridad aquí. Podría hacerlo en cualquier otro lado si quisiera.
– Y es por eso que acudí a ti. ¿Acaso pensabas que solo lo hacía por tu lindo rostro? – Muscari sonrió irónicamente.
– Haré lo que me pides. Y lo haré por tu hermoso rostro y para que tus labios sean míos una vez más.
– Por una excesivamente fructífera sociedad – dijo ella mientras brindaban.
– Por una apasionada y placentera sociedad – respondió él.
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