jueves, 29 de diciembre de 2016

CAPÍTULO OCTAVO

Abrazados en el jardín permanecimos largo rato. Yo no sabía qué decir. Sentía su cabeza en mi pecho y podía sentir como se estremecía con cada sollozo. ¿Qué hacer para darle consuelo a aquella pobre alma? Habría dado todo por saberlo.
Minutos después, al sentirla más tranquila, la invité a pasar y nos dirigimos al interior de la casa. Ella estaba más serena y ahí aproveché para saciar un poco mi incertidumbre y preguntar qué era lo que sucedía.

– Dijiste que necesitabas mi ayuda. Dime, en lo posible te ayudaré sin pensar.
– Mi primo, te había hablado de él… lo mataron. – su voz se quebró y lágrimas salieron otra vez de sus ojos, pero se contuvo. – Mi tío fue a Ciudad Verde a hablar con las autoridades y a recoger el cuerpo, yo no quise ir con él… no quiero ir allá.
La casa está sola, ni siquiera están las mujeres que trabajan allí. No quiero estar sola.

En su mirada había súplica. La expresión quebrantó mi espíritu y me llenó de congoja.
– Sabes que cuentas conmigo. Yo te daré lo que necesites.
– Quisiera quedarme aquí. No tengo a quién más recurrir ni a donde ir en esta ciudad. Déjame quedarme al menos hasta que mi tío regrese.
– ¡Claro! Puedes quedarte el tiempo que quieras, podemos ir ahora mismo por tus cosas y traerlas a la casa. Hay cuartos de sobra, puedes elegir el que quieras.
Quería que se sintiera apoyada, segura. Quería colaborar de ese modo para que ella se sintiera bien. No obstante, había muchas dudas aún que me atormentaban, mas no quise atormentarla con más preguntas en ese momento.
Fuimos a la casa de su tío por sus cosas, las cargamos en el vehículo y regresamos a la hacienda. Ella se instaló en uno de los cuartos, ordenó todo y se dio un baño. Yo mientras tanto meditaba en el corredor. Me sentía confundido, esperaba con ansias las noticias de Jacinto pues no me atrevía a interrogar a Gardenia. ¿Qué tal si las sospechas de Jacinto eran infundadas? No quería que ella pensara que yo no le tenía confianza.
Aquella noche fue una noche empapada por la tristeza. Había un ambiente de pesar que se respiraba por toda la casa. Cenamos en el elegante comedor y nadie profería frase alguna. Se sentía la esencia del dolor, como cuando eres niño y mientras juegas por la tarde te lastimas severamente y pasas toda la noche lamentándote por el dolor… Pero no está mamá para que te pueda curar y consolar… es la analogía que más se apega a la realidad que vivíamos, eso creo.

En el frío silencio que nos envolvía, yo no pude resistirme más y pregunté:
– ¿Por qué estaba tu primo en Ciudad Verde?
Ella volvió repentinamente su mirada perdida y volviendo en sí, sin pensar, me dijo:
– Fue solo porque iba a visitar a mi… – se quedó inmóvil. Su cara reflejó susto.
Rápidamente se incorporó y apartó su vista de mí. Viendo a su plato solo pudo decir:
– No lo sé. Yo no sé por qué apareció allá, quizá lo raptaron. No sé ni siquiera por qué le hicieron eso. – empezó a alterarse – por favor no me hables de eso. No lo hagas.
Me sentí culpable… eso no me permitió ver claramente y no me percaté de su descuido.
– Perdóname. No quise hacerte sentir mal. No lo haré más.
Y de ahí solo silencio.

Así pasó la noche, así nos retiramos a nuestras habitaciones. En un silencio fúnebre. No sé a qué hora pude conciliar el sueño, daba vueltas en mi cama, no dejaba de pensar en todo lo acontecido ese día y cómo todo cambió de repente. Todo estaba tan bien un día atrás. Esperaba la mañana con esperanza, esperanza de que todo mejorara.
Afuera, entre cantos de búhos y grillos, la noche negra sin luna impregnaba temor en las almas de todos los seres. En la oscuridad todos esperaban el regreso de la luz, todos querían que se fuera el miedo y que regresara la alegría. 
Cómo pesa el aire cuando hay tristeza; cómo se alarga la noche y se vuelve tan fría cuando hay pesar. La angustia es asfixiante y tortura el alma, nos llena de desesperación. Solo una plegaria silenciosa aligera la carga y un consuelo misterioso, sin duda, divino; nos arrulla para poder escapar, en el sueño, de la triste realidad.

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