Lo hermoso del pasado no nos aferra a él, solo nos endulza el alma con recuerdos dichosos que le dan mayor riqueza a nuestro presente. Los rencores y heridas sin sanar, por el contrario, son lo negativo de un pasado que produce recuerdos que amargan el alma.
Yo estaba sanando, quería atesorar mis buenos recuerdos y dejar ir los sentimientos negativos. Quería aprender de mis experiencias dolorosas para construir un entorno agradable en mi presente y plantearme un mejor futuro. Quería tener sueños, tener una visión, una meta a la cual llegar.
De alguna forma todo parecía encajar. Me daba la impresión de que el destino por fin me favorecía, pero nunca estamos exentos del azote del relámpago, incluso cuando no pareciera haber tormenta.
En Ciudad Verde la situación era agitada, todo presagiaba que el caos pronto estallaría. Las personas, una a una, iban perdiendo el miedo; Dalia suscitaba en la multitud el valor para enfrentar la tiranía y cambiar las cosas para bien. El primero en levantarse había sido su fiel compañero, mi amigo Áster, que ya no se doblegaba ante los poderosos, ni siquiera ante Muscari. Había dejado de considerarlo su “cliente valioso” (que se traducía como “cliente temido”) y nunca más tuvo tratos con él. Vendió el club y toda su propiedad para apoyar la campaña de Dalia.
Así, muchos eran los seguidores de esta mujer, a la que todos consideraban valiente por ser la única que nunca aceptó el sistema que impuso el hombre rico. Conforme el número de simpatizantes crecía, la preocupación empezó a aumentar en el alcalde. Sin embargo, tenía su confianza puesta en el miedo que Cardo Muscari podía infundir si se lo proponía. Así celebraron concilio, tratando de hallar una solución.
– Verá, señor Muscari, mis muchachos han estado siguiendo la trayectoria de esta mujer y cada día se le unen más simpatizantes. Ella habla de corrupción, lo denuncia sin temor alguno.
– Cálmese, señor alcalde, no hay por qué angustiarse. Mientras usted tenga mi simpatía, tiene su puesto asegurado; y con él, todas sus comodidades. Yo soy la ley aquí, basta con un pequeño susto para que esa multitud, a la que se refiere, se disperse.
– Por eso pido su ayuda. Usted tiene los medios, conoce de esto.
– Yo me encargaré de callar de una vez a esa pequeñuela. Cortando la cabeza, el resto del cuerpo será inútil y morirá rápidamente. Confíe en mí, señor alcalde, que, en menos de lo que se imagina, el miedo volverá a todos.
Las personas son seres curiosos. Cuando surge un valiente, que lucha por una causa justa y puede despertar el valor en los corazones, todos los siguen. Pero, si el líder muere, la muchedumbre se dispersa y vuelven a ser débiles. Debido a eso muchas batallas se pierden. La batalla se ganará el día en que las personas puedan entender que el líder no es el hacedor, sino un simple alentador; que la fuerza de vencer habita en cada uno y el triunfo llega cuando todos colaboran con un ideal común.
En una pequeña cantina de Costa Florida, que algunos peones de Los Cogollos y las haciendas vecinas frecuentaban, se desarrollaba un jactancioso espectáculo. Los peones llegaron a Los Cogollos con la crónica del suceso, del cual había sido protagonista el antiguo administrador, Lupino.
– Me corrieron de allí, sí – decía aquél – pero no me importa. Me hice rico a costa de su torpeza. Nunca se dieron cuenta de cuánto les robé. He tenido mucho dinero para mujeres, licor y la mejor comida. Y, por si eso no bastara, tengo un nuevo patrón; él me pagará muy bien porque yo le haga trabajitos.
Ese señorito, Narciso Gerbera, va a tener que aguantarse unos cuantos reveses. Cuando él sea un don nadie yo me las cobraré. Igual le pasará al sometido de Jacinto.
– Te oyes muy seguro, Lupino – dijo otro peón.
– Por supuesto. Ellos creen que pueden deshacerse de mí como con un perro, pero este perrito les va a dar sus buenas mordidas a esos desgraciados.
Solo acuérdense bien de lo que les digo, pronto lo verán, sus días de celebrar se van a acabar y entonces les caerá la desgracia.
Hablaba con el valor que le infundía la bebida, hacía días que solo pensaba en ingerir licor como si fuera el único elemento de su dieta. Algunos decidieron, por su evidente embriaguez, no prestarle atención. Otros se miraban dudosos ante la seguridad que demostraba. Unos más se mostraban ansiosos y ellos mismos le llevaron la noticia a Boldo.
– Ese es un hablador. Está sentido porque lo despidieron. – les respondió – déjenlo que se llene la boca, aquí en la hacienda la cosa no podía estar mejor, será la mejor cosecha que hayamos tenido, ya verán.
Boldo era un buen líder, les infundía valor a los demás y los motivaba a trabajar con entusiasmo. Dalia, por su parte, alentaba a sus conciudadanos a no dejarse someter.
Era tarde y el discurso de Dalia casi terminaba. Áster estaba especialmente contento y nervioso ese día. En su corazón ardía el amor por su dulce novia y lo había empujado a hacerle saber, por fin, su disposición de sellar ese amor con la alianza del matrimonio. Había escogido muy bien el momento ese día. Ella se había presentado ante cientos de personas, hasta ahora era el evento que más concurrencia había tenido.
Áster sabía que era un día importante para Dalia, pues su voz había resonado por los rincones de la ciudad y la gente la seguía. Quiso, entonces, hacer su declaración frente a todas esas personas que serían testigos de su compromiso.
Al terminar el discurso, luego de un estruendoso aplauso, Áster pidió la palabra y se arrodilló frente a su amada mientras le enseñaba un bello anillo y preguntaba “¿aceptarías ser mi esposa?”. Todos estaban a la expectativa y nadie notó la presencia de un siniestro personaje. El sujeto iba armado y dispuesto a acabar con la vida de Dalia; era, sin duda, enviado por Muscari para hacer el trabajo sucio de darle a la multitud el “susto” del que antes hablara.
Es increíble como coinciden las cosas. En la vida todo es así, aunque no nos demos cuenta, a diario innumerables situaciones coinciden como que estuvieran programadas de tal manera.
El hombre sacó el arma y apuntó hacia el pecho de Dalia justo cuando ésta decía “Sí, acepto” con la mayor emoción que había sentido en su vida. Pero esa emoción se convertiría en horror en tan solo un instante, porque, cuando estas palabras llegaron a los oídos de Áster, la alegría lo incitó a abrazarla y su cuerpo se levantó en sincronía perfecta con el movimiento del dedo presionando el gatillo.
Se escuchó el estruendo y una bala se impactó en el lado derecho de la espalda de Áster, justo enfrente del corazón de Dalia, mientras se abrazaban. El maleante quiso rectificar su error, pero la siguiente bala pasó muy lejos de la pareja, se fue hacia el cielo, porque la mano asesina fue movida bruscamente. La multitud se abalanzó contra el sujeto y lograron quitarle el arma y someterlo.
Dalia estaba horrorizada, Áster se desplomó frente a ella y entró en estado de inconsciencia. Todo parecía una pesadilla, las personas corrían, se escuchaba un gran escándalo, voces y más voces se confundían en el ambiente. Por fortuna, en el lugar se encontraba un equipo de paramédicos que llegó a auxiliar con prontitud. Todo se volvió un caos.
Áster fue llevado al hospital y Dalia se fue acompañándolo. No obstante, el atentado no tuvo el efecto que Muscari deseaba. La multitud se llenó de furia y fueron directo al ayuntamiento. Todos estaban convencidos de que el perpetrador de este ataque había sido el alcalde.
La policía se presentó a resguardar el edificio y las puertas se cerraron. El alcalde se atrincheró junto con sus aliados. Entre golpes y torturas, la multitud hizo hablar al atacante y éste confesó que trabajaba para Cardo Muscari. Ante la imposibilidad de penetrar en el ayuntamiento, la furiosa muchedumbre se fue a la casa del adinerado. El caos llegó a su puerta y tuvo que recluirse de la misma forma que el alcalde. Todo su equipo de seguridad estaba allí, rodearon la casa y enseñaban sus armas como advertencia.
Con el pasar de las horas, la multitud se fue disolviendo y la algarabía cesó. Cuando todos se retiraron los guardaespaldas regresaron a sus anteriores puestos. Al poco tiempo, uno de los guardias llegó a donde se encontraba Muscari. Aquél estaba completamente indignado y su enojo se hacía ver, sostenía un vaso con wiski en su mano y veía por la ventana.
Lanzó una mirada agresiva al temeroso guardia y preguntó:
– ¿Qué quieres?
– Señor, traigo noticias de la casa de los Brezo.
– Ahora ¿qué pasa?
– Se han ido, señor, las dos se han ido.
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