jueves, 29 de diciembre de 2016

CAPÍTULO NOVENO

Los días pasaron con mucha facilidad. No había noticias de Ciudad Verde, don Acónito no regresaba con el cuerpo, ni Jacinto daba pistas de vida. Ningún telegrama había llegado a la casa de don Acónito, ninguna llamada para avisar a Gardenia. Ella llamaba a diario desde el teléfono de la hacienda hacia la casa de su tío. Las muchachas ya habían regresado a trabajar, pero no tenían noticias.
La incertidumbre hacía que los días se sintieran cortos, sin sentido, sin tranquilidad. El efecto inverso parecía tener en las noches oscuras que parecían eternas. Yo no podía con la duda, el misterio de la muerte del muchacho; me preocupaban las consecuencias que podría tener eso para Gardenia, pensaba también en qué podría averiguar Jacinto ¿me diría alguna verdad dolorosa?
Sin embargo, mis días se hacían cortos por otro curioso motivo. Tenerla a ella en la casa era una experiencia singular. De pronto todo aquello, que me parecía tan monótono, se llenó de colores, de formas únicas. La casa parecía más acogedora, los jardines parecían tener más flores, hasta los pájaros se acercaban sin miedo a merodear por los alrededores. La dicha ya había comenzado a inundar mi ser.
Seis días habíamos pasado sin novedades y la preocupación se hizo evidente en ella. Estaba desesperada. Pero repentino fue el cambio que tuvo y que yo noté cuando llamó una vez más a la casa de su tío. Un telegrama había llegado.
Nunca me reveló exactamente qué le habían comunicado. Se limitó a decirme que todo estaba bien y que su tío se quedaría más tiempo por las investigaciones, además de que a su primo ya lo habían sepultado en Ciudad Verde.
Esta situación me extrañó mucho. ¿Por qué enterrarían a su primo allá donde no tenían parientes? ¿Tendría razón Jacinto cuando me dijo que don Acónito tenía un hermano en Ciudad Verde? ¿Por qué ella no habría querido ir allá al menos a visitar su tumba?
No obstante, el verla ya tan tranquila y con la angustia desapareciendo de su rostro, me llenó de paz y fue entonces cuando pude experimentar plenamente la alegría de tenerla en casa. Decidí olvidarme de todo lo que me perturbara y entregarme todo al gozo de su grata compañía.
Temeroso le pregunté si ella quería quedarse en la hacienda todo el tiempo que su tío estuviera fuera de la ciudad.

– Sabes que puedes estar aquí el tiempo que quieras. Pero no sé si vayas a regresar pronto al extranjero… a tu casa. – ella me miró por un buen rato.
– No, no es así, yo… no puedo regresar ahora. Gracias por ofrecerme tu casa, claro que quiero quedarme aquí.
Y desde entonces la primavera llegó a mi vida.
Ella me pintaba de alegría cada día y yo me sentía dichoso con solo tenerla tan cerca, con solo ver que se sentaba a mi costado cada hora de comida y charlábamos alegremente. Me sentía feliz cuando al salir al corredor podía verla sentada y silenciosa, perdida en algún libro y me quedaba allí, inmóvil, viéndola nada más, perdido en su piel iluminada por los débiles rayos solares de la tarde.
En aquellos días felices le di continuidad a mis excursiones a caballo en los campos y sembradíos. Los peones ahora me conocían mejor y ya no les sorprendía que llegara cada mañana a montar. Iba a la ciudad y siempre traía algo para Gardenia; cualquier presente, por pequeño que fuera, era para ella. A veces íbamos juntos a la ciudad y nos deteníamos en cualquier lugar que a ella le llamara la atención.
Dábamos largos paseos por el jardín, por las arboledas que rodeaban la casa. Lentamente el sentimiento crecía en mí, me embargaba. Ya nada podía hacer sin pensar en ella. Ya nada podía ver que no convirtiera en un regalo para ella.
Mas nunca quise expresarle mi sentir y ella, en cambio, se mostraba tan serena e inalterada. Siempre supe que mi intenso afecto, ese amor naciente, no era equivalentemente correspondido. Y así callé.

Así preferí vivir aquellos días de luz. Callando lo que sentía sin poder frenar su crecimiento.
Ya no era el mismo hombre de antaño. Ya no era el patán que acostumbraba ser, ahora quería ser un caballero, amable y gentil, solo para ella. Quería ser para ella.
¿Cómo fue que me hundí en esa ciénaga anegada de sentimientos? Ya no podía salir de allí.
Luego de un mes, en que ambos nos habíamos olvidado del exterior, por fin recibí comunicación de Jacinto. Moría de curiosidad por saber qué había descubierto aquel hombre en su aventura fuera de la ciudad.

Al parecer, ya había vuelto, me llamó desde su casa y me urgió a visitarlo. Yo no dudé en ir. Me presenté esa misma tarde y me encontré con su expresión seria y preocupante.
Yo no podía ocultar mi alegría, la alegría que ahora acostumbraba llevar a todos lados. Sonriendo siempre aquí y allá como un loco, así era mi vida ahora. Bromeaba con todos produciendo, a veces risas, a veces cierto disgusto; pero no me importaba. Transpiraba felicidad. Con esa efusividad saludé a mi amigo, le expresé mi alegría causada por su regreso.

– ¡Qué bueno que estás aquí! Pensé que nunca regresarías. ¿Qué tanto hiciste allá? Te tardaste mucho. – mi rostro permanecía sonriente.
– Digamos que tuve mucho que hacer. Tú también estuviste ocupado, al parecer.
– ¿Ocupado? ¡Vaya que no! han sido días esplendorosos. Déjame contarte.
– Ya sé lo más importante. Ya sé que ella está en la casa.
La forma en que Jacinto dijo eso borró la sonrisa de mi cara.

– Tienes que sacarla de allí, Narciso, esa mujer es mala.
Una corriente eléctrica recorrió mi espalda y cada palabra fue un golpe… “esa mujer es mala”

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