“Gardenia”… El nombre resonó con eco en mi cerebro.
“Me llamo Gardenia Brezo” fue la sentencia de mi perdición. Hay cosas, como las estrellas, que son tan hermosas, pero de lejos es que se deben ver.
No podía apartar la vista de ella. Hacía apenas unos minutos que había logrado llegar a donde ella estaba. Para mi fortuna, estaba sola, con una copa de champagne en su fina mano. Según me pareció, en el transcurso de mi discusión con Ginger, se había apartado del pequeño grupo en el que antes estaba.
Lucía un vestido muy elegante, de fina tela. Su cabello era sedoso, de color negro brillante y en él lucía un magnífico broche con una flor que, si bien era hermosa, no lograba igualar la belleza de su faz; la cual tenía una expresión serena, finos trazos y la claridad de la luna.
La saludé con las mejores y más cultas palabras que pude articular. Ella respondió mi saludo con mucha sobriedad, a lo cual añadió rápidamente:
– Pero si es el hombre de la mirada perdida.
No pude ocultar mi vergüenza al sentirme como un pequeño niño ilusionado. Ella sabía perfectamente lo que había evocado en mí esa mañana. Lo sabía porque también me había visto.
– Tu mirada es difícil de ignorar. Si la mía se perdió es por tal causa.
Sonrió levemente y se dispuso a continuar la charla. El sentirla tan cercana e interesada en la conversación hacía que mi corazón saltara, no obstante, trate de ocultar lo más que pude mis emociones.
Estábamos sentados en torno a una pequeña mesa circular. Ella con su champagne y yo con mi vino. Nos dijimos nuestros nombres y yo constantemente la interrogaba para conocerla más a fondo; buscaba, tal vez, descubrir qué había tras el misterio de sus ojos… quién era aquella mujer.
Me contó que venía del extranjero, a visitar a unos parientes que vivían en la ciudad. Que se quedaría unas semanas nada más para luego volver a su tierra.
El saber que solo la podría ver por tiempo breve no me dejó tranquilo. Constantemente le preguntaba sobre su lugar de origen pero evadía el tema. No quiso decirme de donde venía, se limitaba a decir que no era de un lugar cercano, que desde niña había vivido fuera. Tampoco me dijo dónde estaba la casa de sus parientes.
Sin embargo, se mostraba atenta a lo que yo le platicaba sobre mí. Me escuchaba con mucho interés y guardaba absoluto silencio, cosa que no me gustaba. Yo quería ser el callado y verla mientras hablaba, mientras sonreía y sus ojos veían hacia sus recuerdos. Quería quedarme allí para siempre.
Pero el tiempo es experto en acortar dichas y así fue esa fugaz noche. Sentí un nudo en la garganta al escuchar que tenía que irse. Me ofrecí a llevarla pero me rechazó cortésmente argumentando que su tío la llegaría a recoger.
Sentí cómo se me escapaba la vida al verla partir. Pero no me podría quedar allí, corrí fuera del salón y solo pude ver que entraba a un vehículo. Corrí hacia el mío y me puse en marcha.
Con la mayor cautela que pude tener, seguí de lejos el vehículo que la llegara a recoger. Quería averiguar dónde vivía, quería saber dónde encontrarla, me angustiaba el hecho de perderla tan pronto.
El auto se estacionó finalmente frente a una casa, pero mi sorpresa fue grande al ver que el conductor no parecía el hombre mayor que yo imaginé que sería su tío. Era joven, tal vez de su misma edad. Bajaron los dos y conversaban animosamente, reían constantemente y de un momento a otro él la abrazó. Mi corazón se estrujó al ver aquello, me costaba respirar.
Luego, él se fue y ella entró a la casa. Yo me quedé… quién sabe cuánto tiempo allí, estático; aún los podía ver como un espejismo, los veía abrazarse y mi mente me jugaba mil trucos. Cuando por fin salí del trance, tomé el sendero a casa y en el resto de la noche vacié varias botellas de vino antes de sucumbir.
Cuando la copa vacía cayó de mi mano y se quebró en el piso… ya no la escuché.
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