sábado, 31 de diciembre de 2016

CAPÍTULO VIGÉSIMO SÉPTIMO

Las palabras de Gardenia se iban acumulando de montón en mi mente y trataban de reconstruir hechos que antes tratara de olvidar. La historia tomaba otro sentido de pronto, las acciones se justificaban poco a poco, pero el más confundido era mi corazón.
– Él nos tenía vigiladas, a mi madre y a mí, no podíamos salir. Esas veces que llegué al club fue porque iba con esas mujeres que ni siquiera conocía, solo estaban organizando todo lo de la boda. Solo me pude escapar la vez que llegué sola y hablamos. No sabía cómo escapar definitivamente, pero estaba segura de que lo haría.
El día de los disturbios los guardias que nos cuidaban tuvieron que ir a resguardar a Muscari. Sin pensarlo dos veces le dije a mi madre que huyéramos, no tenía a dónde ir solo pude pensar en ti, yo sé que no lo merezco, pero estaba segura que no te negarías a ayudarme.

La miré pensativo durante largo rato sin decir nada. Quería aceptar todo lo que me decía como una realidad aliviadora; pero mi turbada mente ya no sabía qué creer, qué era cierto y qué no lo era.
Pero no pude seguir dudando. Su rostro estaba lleno de una angustia mortal, tenía que ser verdad lo que me decía. Y yo no podía negarme mi evidente realidad, aún la quería como a ninguna.
– Yo… te ayudaré en lo que me pidas. – le dije con decisión – ¿qué necesitas?
– En realidad esto es vergonzoso… pero no tengo los medios para poder irme de aquí con mi madre. Necesito dinero.
– Espera… ¿irte? No puedes irte de nuevo.
– Entiende que no puedo quedarme aquí aunque quiera. Él vendrá por mí.
– Debes quedarte conmigo, yo… haré lo que sea por protegerte.
– Él sabrá donde me oculto, lo averiguará. Y cuando lo haga vendrá a llevarme por la fuerza y si tú te enfrentas a él… no dudará en matarte. Yo no quiero eso.
Las lágrimas caían vertiginosamente por sus mejillas y sus sollozos no cesaban.
– Tú te quedarás aquí. Ya has llegado y no dejaré que te vayas.
– Pero Narciso… – ella se levantó con sobresalto.
– Por favor – le dije sosteniendo sus manos, que mantenía unidas frente a su pecho – te lo suplico, confía en mí al menos esta vez.
Dirigió su mirada al piso, con aparente resignación, para luego volver a sentarse. Yo me sentía muy intranquilo; no quería dejarla sola pero necesitaba con urgencia ir a Ciudad Verde y, por obvias razones, no podía llevarla conmigo tampoco. Trataba de pensar qué hacer para solucionar mi dilema.
– Vamos, te llevaré a tu habitación, necesitas descansar. ¿No traes nada?
– Mi madre está en una pequeña pensión en la ciudad, mis cosas están allí. Necesito ir con ella.
– Yo puedo ir por ella, solo dime donde está.
– No, ella no se irá con nadie que no sea yo. tengo que ir.
– Estás mal, Gardenia, descansa un rato y luego iremos por ella.
No tan de acuerdo conmigo, se dejó conducir hasta su antigua habitación. Se recostó en la cama y yo me quedé a su lado todo el tiempo, viéndola. Tratando de creer que ella nuevamente estaba en esa cama, en ese cuarto.
Como imaginé, el cansancio se había apropiado de ella y no pasó mucho tiempo hasta que se durmió profundamente. Yo seguía pensando, debía haber una forma. Fue entonces cuando logré concebir una idea. Decidí acudir a Jacinto; debía pedirle que se quedara un par de días en la hacienda, junto con Gardenia y su madre, para cuidar de ellas mientras yo viajaba a Ciudad Verde.
Pero cuando me decidí a salir, nuevamente fui detenido por otra visita inesperada. Un poco molesto por la interrupción, pude divisar el automóvil de don Delphinium que se acercaba por el camino. Lo esperé en el patio y, cuando llegó hasta mí, le dije:
– Es un verdadero gusto que venga a visitarme, señor; pero, con todo respeto, tengo prisa. Tengo muchas cosas que hacer.
– Lo comprendo, debe estar usted muy ocupado; pero le aseguro que mi asunto no le quitará más de cinco minutos.
– ¿De qué se trata?
– Es solo una pequeña molestia. Me he dado cuenta de que todas mis propuestas han sido rechazadas, además, he notado que no tiene más interés en negociar. Por eso solo le suplicaría que me devuelva aquel depósito que una vez hice a su cuenta esperando recibir una mercancía.
– No se preocupe, ese dinero está intacto. Por supuesto que se lo puedo devolver.
– Pues, verá… lo necesito con algo de urgencia. ¿Podría tenerlo mañana por la mañana?
– Lo lamento, yo saldré de la ciudad. No puedo.
– Se lo suplico. Es muy importante para mí. ¿Podría hacer algo al respecto?

– Veré si Jacinto puede encargarse, pero no le aseguro nada.
– Vendré mañana temprano a buscar a don Jacinto.
– Está bien, pierda cuidado.
El hombre se alejó y pronto había desaparecido. A pesar de su insistencia no se veía tan preocupado. No entendía por qué la urgencia.
Me fui a la ciudad y llegué con Jacinto. Le expliqué la situación, la cual no fue mucho de su agrado; pero al final, convencido por mis súplicas, aceptó estar al cuidado de las dos mujeres.
– Solo será un par de días. Me iré de una vez, entre más pronto me vaya, más pronto regresaré.
– Está bien, cuídate mucho. Yo iré ahora a echar un vistazo a la hacienda.
– Cuando llegues dile a Gardenia que vaya contigo a buscar a su madre.
– Yo le diré, no te preocupes.
– ¡Oh! Es cierto. Delphinium llegó a la hacienda. Dice que quiere su dinero de vuelta. Y que llegará mañana temprano a recogerlo.
– ¿Mañana? No podré ir a retirarlo del banco con tantas cosas por hacer.
– Bueno, tal vez entienda. Lo noté algo desesperado pero…
– No, creo que puedo pasar al banco ahorita que vaya para la hacienda. Lo haré rápido.
– Está bien, no pude despedirme de Gardenia, se quedó dormida; pero dile que pronto volveré.
Jacinto se apresuró a irse. Yo me quedé un momento más frente a la panadería revisando bien el vehículo para asegurarme de no sufrir contratiempos. De pronto un muchacho se acercó a mí. Era de la oficina de telégrafos.
– ¡Señor Gerbera! No pensé encontrarlo aquí, venía a dejarle un telegrama a don Jacinto.
– ¿Telegrama para él?
– En realidad no… Lo sentimos mucho, hemos estado muy atareados. Este telegrama es para usted, llegó por la mañana, muy temprano, pero no pudimos entregárselo a tiempo.
Tomé el documento en mis manos y lo leí. La tarde resplandecía en el occidente y los celajes anunciaban que pronto la noche llegaría, una noche oscura y larga. La calma que siempre precede a la tormenta se podía sentir en el ambiente… ya no había por qué ir a Ciudad Verde.

No hay comentarios:

Publicar un comentario