jueves, 29 de diciembre de 2016

CAPÍTULO PRIMERO


Heme aquí, hundido en disparates y recuerdos. He pasado ya hace rato la cordura y ahora no me queda más que resignarme a la belleza del delirio que en las sombras de mi perdida mente se asoma.

¿Por qué te fuiste? ¿Por qué dejaste que muriera prematuramente el sentimiento que no logró florecer? ¿Por qué trajiste a mí el frío invierno eterno?
Mientras me entrego sin condición cada vez más a la locura solo una mano amiga descansa en mi hombro.
La voz tranquila de Jacinto me arroja el salvavidas de su consejo: “No te aferres al pasado”.
“No, querido amigo. No puedo. El pasado es como esa mujer, me hace daño, pero es hermoso.”
No es bueno contar mi historia, la historia del fracaso. No es bueno que ustedes la sepan. Pero para aquél que se interese en saber cómo un hombre puede ser destruido hasta reducirse a un engendro… la contaré.
De las pocas cosas que me pertenecen, tengo aún un nombre, Narciso, hijo de ilustres, descendiente de grandes personajes, mas no heredero de tal característica.
Hace más de tres años en mi vida reinaba la tranquilidad y por nada había perturbación. Pero desde el suceso que la marcaría, esa vida cambió.
Solía pasear muy seguido por las calles, ir de lugar en lugar, degustar de excelentes vinos en cada fino bar que hubiera en la ciudad y disfrutar la compañía de las damas. Si tenía el dinero y el tiempo ¿por qué no hacerlo?
Gustaba de vestir siempre elegante y llamar siempre la atención. Vivía de la fortuna de mi extinto padre, fortuna que terceras personas se ocupaban de administrar mientras yo disfrutaba de la vida. ¡Ah! ¡qué dichosa mi existencia!
Pero ni la dicha ni la pena durarán para siempre y en un instante intercambian papeles. Justo como pasó la mañana de ese viernes.
Pero curiosa fue la forma en que la dicha se convirtió en desgracia, pues esta última al principio me pareció lo más hermoso que podía haber visto. Pero solo era sufrimiento potencial, oculto en una mirada. La mirada de Gardenia.
El viernes por la mañana paseaba por la plaza, eligiendo el traje que vestiría esa misma noche en una más de mis constantes farras. Pero ¿cómo pasó? Nunca podré decirlo. Solo sé que al retirar el sombrero de mi cabeza y dirigir mi vista a la intemperie frente a mí pasaron los ojos más hermosos que hasta ahora me han visto.
Y no puedo decidir si lo más hermoso era su mirada o el hecho de que estuviera viéndome. Pero así era, preciosa realidad, ella también me miraba. Y ahí sin probar siquiera una gota de vino, me embriagué de amor.

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