La crueldad de un hombre es algo que no es sencillo medir. Crece con la soberbia y el ego, convierte en cenizas los buenos corazones. La crueldad es un veneno infalible para matar sentimientos.
¿Por qué en mis años de primavera juvenil fue la crueldad el pago que daba a las almas que, ingenuas, me brindaban sus más puros sentimientos? Todo tiene precio, se paga con muerte, sangre, dolor… o soledad; que, al final, es el punto de partida a todas las demás.
Un verano candente se había estacionado en mi jornada, en mi vida; verano de sol pleno y gran sequía. ¡Oh! Primavera soñada, lejos te vas de mí. En el momento que creí, florecerías, marchita sin remedio, te vi.
Toda la crueldad que entregué me sería devuelta, como una inversión, la que más intereses produce de todas. Lo supe al momento de estrechar su mano, lo supe al momento de ver sus ojos. Al final entendí que el sufrimiento por el que estaba pasando, solo era el comienzo de mi paga. El sufrimiento, el resultado de mi crueldad.
Dalia nunca dejó de amarme. Lo supe bien al verla de nuevo, ella no me había olvidado. Aún después de tantos años la veía tan enamorada de mí como en los tiempos de nuestro romance. En los tiempos en los que yo, importándome poco sus sentimientos, la había abandonado. En los tiempos cuando al terminar solo pude decir “encontrarás a alguien mejor, alguien que sí te merezca, yo… yo nunca sentaré cabeza, no te merezco. Me voy”.
Para mí fue una mujer magnífica. La que cualquiera habría soñado y no cualquiera, merecido. No culpaba a Áster por anhelar su cariño y soñar a diario con el día en que ella lo viera. Si dejé que se alargara el romance fue porque, inconscientemente, también me encariñé con ella y no quería dejarla ir. Me sentía bien a su lado. Pero el sentimiento creció en ella sin control, lo noté, la cuestioné al respecto, ella fue sincera… yo dudé, medité y decidí. El amor no era para mí, para el patán que solo quería pasarla bien. No me esforcé en expresarme con delicadeza, lo que dije lo dije como siempre, con crueldad.
Llevaba ya un buen tiempo en Ciudad Verde, estaba muy adaptado ya a ese ambiente. Jacinto me había enviado dinero y había comprado ropa y todo lo necesario. No quise aceptar el sueldo que me ofreció Áster por ayudarlo en el club, era algo desinteresado y lo seguía haciendo a pesar de que ya había contratado nuevos empleados. Constantemente me asaltaba la idea de irme ya de ahí, pero no lo hacía. No sabía si regresar a Costa Florida era la mejor opción o marcharme lejos me deparaba mejor fortuna. Tenía miedo de darme cuenta que realmente no quería irme de allí porque tenía la esperanza de ver de nuevo a Gardenia.
Me había dedicado, mientras tanto, a ayudar a Áster en sus planes de conquista. Poco a poco fue dejando sus viejas costumbres, se esforzaba por cuidar su forma de hablar y mantener siempre buena presentación. Yo podía notar lo mucho que le costaba dejar sus viejos modos, pero veía también su determinación por lograr llamar la atención de aquella que le interesaba.
Desde que él la mencionó yo mantenía la duda; la curiosidad me movía a preguntarme qué habría sido de su vida. Sin embargo, me empeñaba en ignorar el asunto pues no quería involucrarme nuevamente con ella.
Una noche que conversaba con Áster no lo resistí. Decidí preguntarle.
– Y dime ¿cómo es que viste a Dalia de nuevo?
– Pues… verás, yo no la había visto desde que ella se fue a la universidad, siempre pensaba en ella y nunca pensé volver a verla. Pero descubrí hace meses que tiene un muy buen puesto en el ayuntamiento. Es una persona muy respetada.
– ¿En el ayuntamiento? ¿Estará involucrada en todo este asunto de la mafia?
– ¡Pero claro que no! ¿Cómo se te ocurre? Yo estoy seguro de que es una persona completamente íntegra. Como ella no hay otra. Es la persona más honesta y correcta que hay.
– ¡Hombre! No exageres, sé que es una mujer seria y responsable, lo noté cuando estudiamos, pero también es humana.
– Puedes decir lo que quieras. Pero para mí esa es la única verdad.
– Tal vez deberías ser realista, a veces las personas resultan siendo diferentes a lo que tú piensas…
Ambos callamos. Yo ya le había contado mis pesares, por lo cual, entendió a que me refería y optó por cambiar el tema.
La mañana siguiente fui a la zona central de la ciudad. Necesitaba comprar algunas cosas para el club y al mismo tiempo comprar unos medicamentos que Áster me había encargado.
Entrando a la farmacia, que quedaba cerca del ayuntamiento, por cierto; me dirigía al mostrador cuando me topé de frente con Dalia. Ambos nos vimos por unos segundos, sorprendidos, yo un poco incrédulo, ella algo asustada.
Al reaccionar, yo solo pude articular su nombre “Dalia” dije con acento de sorpresa. Su mirada cambió al instante y pude notar perfectamente como en sus ojos, que hasta entonces expresaban susto, se dibujó una inconfundible expresión de tristeza.
Se veía un poco cambiada. Ya no era la jovencita que recordaba, pero la belleza permanecía con ella. Se había convertido en toda una mujer adulta y de porte muy profesional. Sin duda era una alta funcionaria.
– Que sorpresa, Dalia – dije al reaccionar del todo – no pensé verte aquí.
– Narciso… – ella aún no daba crédito completamente al suceso.
– Sí, soy yo, Narciso. ¿Cómo has estado? – al saludarla estreché su mano.
– Yo… ¿Qué haces tú aquí?
– Pues… estos meses he vivido aquí, en Ciudad Verde.
Dalia nunca dejó de amarme. Lo supe al momento de estrechar su mano. Los supe al momento de ver sus ojos… tristes.
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