jueves, 29 de diciembre de 2016

CAPÍTULO TERCERO

La señorita Ginger, tan admirada y respetada por todos, la hija del poderoso Delphinium, hombre de negocios y de alta alcurnia. La señorita se robaba las miradas de todo aquel que de ella cerca estuviera, mas lo que tenía de bella también lo tenía de traviesa. Le gustaba, de vez en cuando, escoger a algún caballero de entre todos los que traía enamorados y divertirse por un rato. Solo lo hacía con el que ella quisiera y cuando lo quisiera. Hacer trizas las ilusiones de sus numerosos pretendientes le divertía.
Me llenaba de orgullo saber que conmigo no se había salido con la suya. Para mí siempre fue una diversión, una más de tantas que yo también tuve en mi lista, tan larga como la de ella. Eso le producía cierta rabia al mismo tiempo que obsesión. Le fastidiaba no haber podido empujarme a la desesperación como a los otros. Le dolía que sus encantos no evocaran en mí sentimiento alguno, más que libido salvaje. Pero a la vez estaba fascinada con ése al que no había podido someter a su voluntad. Motivo por el cual, desde hacía meses, los encuentros furtivos y pasionales se daban constantemente entre nosotros. Éste, a decir verdad, ya era un período relativamente largo para una aventura de las que estábamos acostumbrados a tener.
Pero ahora estaba seguro de que ese largo idilio había llegado a su final. Frente a mí estaban los ojos que habían logrado en un instante lo que ella no pudo en meses. Los ojos que me habían hecho un mísero sirviente.
Pero la fiera cuando presiente el final ataca con más bravura. Justo cuando me dispuse a rendirme ante mis impulsos e ir hacia aquella misteriosa mujer, Ginger apareció de pronto obstaculizando mi camino. Aquello me produjo un intenso disgusto que no pude ocultar, estaba desesperado por llegar a donde mi corazón me llevaba y todo lo que obstaculizara mi sendero no era bienvenido.
Sin darme cuenta como, empezaron los reclamos. Ginger se había dado cuenta también de lo acontecido en la plaza, cuando mis ojos se habían cruzado con los de la muchacha misteriosa; y ahora sabía muy bien a donde me dirigía con tanta premura. Me reprochaba el ignorarla al llegar al festival y hablaba de cosas como “dejarla plantada”. A decir verdad ni siquiera me había percatado de su presencia antes de topármela de frente así como tampoco me esforzaba en prestarle atención a sus reproches.
Al final, cansado ya de tanta alharaca, la tomé del brazo bruscamente y la llevé a un lugar apartado, fuera del salón, donde pudiera expresarme con comodidad.

– ¡Deja ya de fastidiarme Ginger! No te tomes atribuciones que no te corresponden. No olvides cuál es tu lugar.
– ¡Cómo te atreves! De mí nadie se burla. Ningún hombre antes me ha hecho a un lado y tú no serás el primero. No voy a permitirlo.
– Y ¿Qué harás para evitarlo? Tú sabías muy bien que esto se iba a terminar, diversión es lo que tú has sido para mí. Ve y búscate a un pobre idiota que se muera por ti ya que esos son los que te gustan. Estoy aburrido de ti.
Sus ojos estaban desorbitados. La expresión de su rostro era tenebrosa, como la de un psicópata asesino. Luego sentí el azote de su palma en mi rostro y un mar de insultos que venían de esa fina boca que a tantos volvía locos.
– ¡Te vas a arrepentir de esto!
Solo pude ver que se alejaba de mí y verdaderamente todo el ambiente se estremecía a su paso. El enojo en ella era intenso, después de todo, había herido su colosal orgullo.
Poco me importó en ese momento y nulo fue el tiempo que invertí en pensar qué consecuencias me traería aquello. Yo solo podía pensar lo que me aguardaba dentro de ese salón y sin más distracciones volví dispuesto a acortar distancia con aquella señorita.

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