Urbe hostil y traicionera. Cárcel de concreto y metal que se contamina de pensamientos superfluos y consumistas, de vida mecanizada, de itinerarios esclavizadores. Cielos sin estrellas la cubren y muchas calles la enmarañan como un gran micelio por cuyas hifas nunca dejan de circular transportes que llevan a destinos obligatorios, raramente deseados.
Y en medio del caos, yo, en el desamparo total. Caminaba solo por las interminables avenidas, me encontraba muy conmocionado por los sucesos tan infortunados en los que me había visto envuelto.
El panorama urbano no era extraño para mí, yo había conocido muchas ciudades populosas, incluso la misma Ciudad Verde. No obstante, me era imposible ver el paisaje con la misma sensación de seguridad que antes era tan normal. Para empezar, habían robado mi automóvil; lo cual significaba una considerable pérdida no sólo material. Ese auto y yo siempre habíamos sido inseparables, lo conducía desde hacía años y nunca pensé en reemplazarlo. Debía recorrer la ciudad a pie hasta encontrar alguna estación de policía y una forma de comunicarme con Jacinto o alguien de la hacienda. Si mi travesía se alargaba, sería difícil pasar la noche en un buen lugar debido al poco dinero que me había quedado.
Corría el riesgo, además, de que me asaltaran una vez más y que esta vez no saliera bien librado. Definitivamente no me sentía como un hombre rico visitando una lujosa ciudad. Me sentía un fugitivo caminando en una cloaca.
En aquellos momentos extrañé verdaderamente mi casa en la hacienda y sus alrededores. Quise entonces regresar, regresar a la paz de esos campos, al silencio de las arboledas. Verdaderamente me inundó la nostalgia, movió sentimientos en mi interior, pensaba en la ciudad de Costa Florida, tan pequeña comparada con Ciudad Verde. Pensé en Los Cogollos que ahora para mí era tan querida. Pero pensé sobre todo en Gardenia. Hasta ahora mis arrebatos por marcharme no me habían dejado extrañarla del todo, por eso me sentía bien. Sin embargo, al estar perdido en aquel lugar, sin ningún consuelo, no pude evitar pensar en ella.
¿Cómo había pasado eso? ¿Cómo pude enamorarme tanto y ella no sentir nada? Se había marchado y ahora estaba comprometida con otro. Se casaría y yo no había tenido siquiera la oportunidad de conquistarla. Ni siquiera la oportunidad de despedirme…
Como era de esperarse, la noche me sorprendió, mis temores me acechaban y la tranquilidad me había abandonado por completo. Por fortuna, en aquellos momentos recorría calles muy transitadas, llenas de luces y personas. Había almacenes y tiendas, restaurantes y clubes. No vi señales de policías o algo parecido, cosa que me molestó demasiado. Al no tener más opción, seguí caminando.
De un momento a otro me encontré frente a un enorme letrero iluminado. Me quedé mucho rato parado observándolo, tratando de discernir si aquello era lo que yo esperaba.
En Follajes, lugar a donde me dirigía originalmente, estaba el club de mi amigo; ahora estaba parado frente a uno que se llamaba y lucía exactamente igual. “Club Nerine” se leía en el letrero luminoso, bajo éste había una amplia entrada con puertas de vidrio polarizado y fina decoración. No podía equivocarme, tenía que ser él. El misterio era el porqué de su mudanza a esta ciudad, lo cual me importaba poco, lo más importante era que esto representaba mi salvación. Dentro hallaría bebida, comida, un lugar donde dormir, un teléfono y un amigo.
Muchos años habían pasado ya desde mis tiempos de estudiante, a pesar de eso, recordaba muy bien las ocurrencias de Áster, el chico hiperactivo y pícaro que conocí, con una extraña personalidad cimarrona. Fuimos creciendo y nuestra forma de ser cambió con el tiempo. Aun así, Áster siempre mantuvo esa personalidad, motivo por el cual, las mujeres siempre lo rechazaban.
Eso no le afectó para nada, después de todo, toda su vida, desde niño estuvo enamorado de una sola mujer. Aunque, como era de esperarse, nunca le dijo ni le demostró nada por miedo a su rechazo, puesto que era evidente que ella no se interesaba en él. Y es que el hombre, en verdad, descuidaba su apariencia personal y sus modales. A pesar de ello era una persona sincera y alegre con la que se podía contar siempre.
Siempre que lo veía le daba el mismo consejo “Áster, péinate, aféitate y viste bien. Trata de ser higiénico y de hablar con propiedad. Vas a quedarte solterón”. Pero él insistía en que no le interesaba mujer alguna que no fuera su amada Dalia. Paradójicamente, Dalia era su opuesto absoluto. Era una mujer refinada y culta.
Por desgracia, hubo una época en la cual me vi envuelto en un verdadero dilema, todo a causa de mis acostumbrados romances de momento.
Nunca terminé la universidad, la abandoné cuando me sentí aburrido. Dalia fue a la misma universidad y fue allí donde la conocí mejor. Áster, por su parte, se dedicó de lleno a los negocios sin interesarse en lo más mínimo por los estudios universitarios.
Durante un par de años, mi tiempo de estudiante universitario, la distancia que mantuve con Dalia fue muy corta en realidad. Sin querer, su personalidad intelectual y seria me fue atrayendo hasta llegar al punto en que no pude controlarlo. Cuando recordaba a Áster me sentía miserable por codiciar a la mujer de sus sueños; pero es que Dalia era realmente bella.
Mejor fortuna tuve que la del pobre Áster, puesto que Dalia se vio atraída hacia mí, lo cual me provocó deseos que no pude ignorar y tentaciones en las que fácilmente caí. Nuestro idilio fue muy apasionado, pasé momentos ciertamente bellos a su lado, pero por las noches al quedarme solo la conciencia me reprochaba mi deslealtad hacia Áster.
Pronto noté que los sentimientos de Dalia se intensificaban, fue entonces cuando decidí poner fin a la relación pero fue demasiado tarde. Ella sufrió mucho por nuestra separación, sin duda se había enamorado irremediablemente, pero yo no estaba para esos asuntos. Nunca se lo dije a Áster y agradecí que él tuviera nula comunicación con Dalia. Gracias a eso jamás lo supo.
Tantos recuerdos vinieron a mí con tan solo ver ese letrero, incluso sentí algo de vergüenza al venirme a refugiar con aquél al que había traicionado vilmente. Pero la necesidad era apremiante y no me dejó alternativa.
Entré al lugar. Tenía buena clase, mi amigo, a pesar de su tosca personalidad, era muy hábil administrando y contratando expertos que hicieran lo que él no podía. De ahí que su club de Follajes y ahora, el de Ciudad Verde, fueran excelentes lugares para disfrutar de un trago, una cena o un buen espectáculo.
Me sentí aliviado cuando lo vi detrás del mostrador. Aunque al principio casi no lo reconocí, pues vestía de manera aceptable y tenía buen aspecto, luego de una exhaustiva observación supe de inmediato que era él.
Nos saludamos con gran alegría y me invitó a pasar a su oficina. Fue entonces cuando le narré lo sucedido.
– Quise hacer una denuncia, pero no pude encontrar policías por ninguna parte. No puedo permitir que esos rufianes se salgan con la suya, debo encontrarlos.
Áster me miró con seriedad y preocupación al mismo tiempo. Algo andaba mal.
– Te voy a decir algo, Narciso. Es lamentable, la cosa aquí está fea. ¡Es un despelote!
Hay un sujeto, es un mafioso de verdad, tiene comprado al alcalde, a todos los mandones. Ahora él es el que manda aquí. La gente lo respeta porque es rico, además sus matones no le hacen nada a nadie si no se meten con él. Por eso lo han dejado hacer su voluntad. El tipo no aparenta ser malo. Pero el que le sabe sacar el demonio… no la cuenta.
– Pareces conocerlo muy bien.
– El hombre se asoma por aquí muy seguido. Le gusta el lugar. Te diré algo, tal vez se haya vuelto un pueblo sin ley, pero el negocio se da bien bonito. Por eso decidí cambiarme para acá y dejar Follajes.
No es por hacerte mal, mi amigo, pero esos que te malograron ya deben ir muy lejos. La policía no hace nada. Ni aunque pongas la denuncia. Mejor busca la forma de comunicarte a tu casa, yo te presto mi teléfono.
Me sentí por los suelos, impotente por completo. ¿Tenía que aceptar esa cruel realidad? Estaba carente de opciones. ¿Cómo una ciudad tan próspera como esa se había convertido en un nido de ratas? ¿A causa de un tirano de siniestras intenciones? ¿Un terrorista?
Tuve que tragarme mi rabia en ese momento, con la esperanza de poder hacer algo más adelante.
– Puedes usar el teléfono. Está ahí mero. Yo te tengo que dejar, el trajín está muy cansado. Me hace falta gente, tuve que despedir a unos sinvergüenzas. Por eso me ves así con estas fachas.
No pude evitar sonreír ante la simpleza de aquel hombre. Vestir bien, ahora era andar en fachas… reír un poco me devolvió algo de mis ánimos y entonces la idea surgió. Tal vez ocuparme era lo que necesitaba para olvidarla, para dejar de pensarla. Tal vez debía hacer algo útil con mi vida. Tal vez debía ayudar a Áster en sus “trajines” para agradecer su hospitalidad.
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