Por la mañana me despertó la claridad y la algarabía de Áster que andaba tan alegre como acostumbraba en estos días. Hoy, especialmente, estaba más contento por el hecho de que Dalia llegaría al club esa noche atendiendo la invitación que él le hiciera días antes.
No había que dudar que Áster esperaba que todos la recibiéramos como una reina que entra a su castillo. Había dado indicaciones a todos los demás empleados y a mí me había encargado dirigirlo todo mientras él atendía a su reina.
Todo marchaba muy bien, todo parecía indicar que sería una noche perfecta para él y eso me alegraba. Pero a pesar de todo no compartía su emoción. Todo se había vuelto monótono para mí y la tristeza me perseguía junto al recuerdo de Gardenia, de la que yo conocí; a la vez que me perseguía el desengaño al ver en lo que se había convertido.
Así llegó la noche y las puertas se abrieron una vez más, las luces se encendieron, la gente llegó, la música sonó, las copas se sirvieron. Áster lucía ansioso, yo lucía tranquilo, aunque realmente estaba con los ánimos por los suelos. No tenía idea si Gardenia llegaría esa noche, no tenía idea si llegaría acompañada de Muscari o algunas de sus nuevas “amigas”.
Llegó Dalia y la alegría de mi amigo creció. La llevó a una mesa especialmente reservada, se le atendió como él había pedido, él la acompañó todo el tiempo, no la dejó sola un instante. Los veía y me regocijaba, Dalia se mostraba sonriente y con mirada serena al conversar con él. Áster era carismático, podría ser corto de ideas en cuanto a temas de conversación y podría guardar todavía un poco de aspereza al hablar, pero sus ocurrencias divertían mucho a Dalia y la hacían reír constantemente. Ella necesitaba alegría y era eso precisamente lo que él le daba. Creo y estoy seguro, que Dalia se sentía muy a gusto en su compañía y poco a poco tal vez iría surgiendo en ella un indicio de sentimientos.
Yo deseaba que fuera así. Estaba tan arrepentido de lo que le había hecho y me daba cuenta que, al final, mis palabras se habían vuelto profecía. “Encontrarás a alguien mejor, alguien que sí te merezca, yo… yo nunca sentaré cabeza, no te merezco” le dije una vez al dejarla cruelmente, no imaginé que las palabras se voltearían contra mí y que el destino haría que esas palabras se cumplieran después de tantos años. Por mi parte, el destino me pagaba con abandono también, un abandono más cruel, puesto que no hubo siquiera una despedida. Y a pesar del abandono de Gardenia ahora tenía que verla tan cercana y lejana a la vez.
En esos pensares estaba cuando ella apareció, sola esta vez, aunque no menos hermosa. Mi corazón palpitó. Así de necio era, aún después de todo, siempre me emocionaba al verla entrar.
Al asegurarme que iba sola, comprendí que sería la única oportunidad que tendría de hablarle, no la iba a desperdiciar de nuevo. Me dispuse a ir a su mesa y la saludé como a cualquier cliente, ofreciéndole además una bebida de su preferencia.
Ella me vio por un momento breve. Sus ojos no expresaban alegría, como todas las otras veces en las cuales la había visto. Sus ojos estaban cargados de tristeza aunque ella luchara por disimularlo. Anticipándose a mí, me preguntó:
– ¿Podemos hablar?
No esperé esas palabras y mudo, como me habían dejado, tomé asiento frente a ella.
– Es lo que he querido hacer desde hace un año. – le respondí.
– Quiero disculparme por la forma en que me fui de tu casa. No sé qué me pasó.
– Tal vez era muy urgente venir al lado de tu actual prometido.
– No… tú no sabes muchas cosas. Mi pasado no es algo lindo y lleno momentos especiales. He hecho cosas malas, he vivido situaciones muy comprometedoras, sé que debí decírtelo, pero no encuentro placer al hablar de esa parte de mi vida.
– A mí nunca me importó eso. Existieron comentarios negativos, existieron personas que hablaron mal de ti pero yo no les daba crédito. Yo siempre estuve dispuesto a apoyarte y a quererte sin importar lo que hubieras hecho en el pasado.
– Lo supe siempre. Tú fuiste muy sincero conmigo y aun así me alejé de ti. No entiendo por qué me alejo de las personas sinceras. Tal vez es porque yo no lo soy.
– Quería que lo fueras, estuve a punto de pedirte que abrieras tu corazón conmigo y yo te iba abrir el mío. Te iba a decir todo lo que sentía por ti.
– Y ¿qué sentías por mí?
– Se me hace difícil creer que tú no lo hayas notado. Que no te dieras cuenta de cuanto te quería. Incluso ahora, a pesar de todo lo que pasó, estoy feliz de estar aquí contigo. Estoy feliz de escuchar nuevamente tu voz. Es tonto, sí, pero así me siento.
– ¿Feliz de estar conmigo? Creí que no me aceptarías después de lo que pasó.
– Pero te equivocas. ¡Cómo quisiera despreciarte! Pero no puedo hacerlo.
– Pero ¿cuál es el motivo?
– Que aún te quiero. Es el único que se me ocurre.
– ¿No sería un capricho tuyo? ¿No sería una obsesión ante la imposibilidad de poseerme?
Me detuve un poco y la miré con tristeza. En ese momento Áster se levantó de la otra mesa y fue hacia su oficina a traer quién sabe qué cosa. Dalia se quedó sola, fue entonces cuando accidentalmente volteó hacia nuestra mesa y se dio cuenta de nuestra conversación.
– Que menospreciado me siento. Yo no creo que sea un capricho, pues no había sentido algo igual antes. Aunque si tuvieras razón y lo fuera… no importaría, siempre fue algo unilateral.
– Yo te recuerdo como el caballero que te dije que eras, te recuerdo como el que siempre estuvo dispuesto a ayudarme. Me levantaste el ánimo tantas veces, me hiciste vivir en el paraíso cuando estuve en tu casa. Luego yo desaparecí… te dejé sin explicación. Ahora te encuentro otra vez y tú no me rechazas. No me considero tan especial como para que me quieras así.
– Para mí lo eras. ¡Lo sigues siendo! – tomé su mano impulsivamente
– Comprende, siempre hay un motivo. Por alguna razón no se pudo dar nada. Yo lo entendí hace tiempo. Y no se podrá dar nada.
Lamento tanto haberte hecho eso, créeme. Tenía mis motivos.
– ¿Qué motivos eran esos?
– No quiero hablar de esos motivos. No podría soportarlo.
– ¿Podrías ser sincera conmigo al menos por última vez?
– Cómo quisiera ser sincera contigo…
Mi rostro expresaba desolación intensa. Pero el de ella también, su tristeza se intensificó y eso me extrañó. Desde su lugar, Dalia observaba todo, no sabría explicar qué habrá sentido o pensado. Fue un momento que nos afectó a todos, directa e indirectamente.
Ante un minuto de silencio que se apoderó de nosotros, Gardenia se levantó apresurada y salió del club dejándome sentado y desolado. Yo permanecí allí un buen tiempo hasta que no pude más. No quería estar allí, no quería sentir lo que sentía. Tomé las escaleras y subí a la habitación.
Abajo todo cambió. Cuando áster regresó a su mesa Dalia no era la misma. Se parecía mucho a la que él conoció en esa primera cita. Sin querer, yo le había devuelto la amargura, como siempre.
Dalia comenzó a beber desenfrenadamente. Tenía muy mal humor y el pobre Áster no sabía qué hacer. Ante sus ojos, ella ya no parecía la mujer intachable que él idealizaba. Toda su imagen había cambiado.
Las horas pasaron raudas y la noche se volvió madrugada. Áster no permitió que Dalia se fuera en el estado en que se encontraba. Subió con ella a su habitación a pesar de sus protestas. Con gran dificultad la acostó en su cama. Mientras tanto yo estaba en la terraza, viendo al cielo tratando darme una explicación de lo que había pasado.
Al escuchar el alboroto, bajé y antes de que pudieran verme entré a mi habitación. Desde ahí podía escuchar todo. Dalia se encontraba mal, muy mal. Estaba confundida y fuera de sí. Con tristeza logré escuchar lo que decía.
– Tú eres el culpable… yo te quería tanto. ¿Por qué me dejaste así?
– Dalia, tranquilízate, por favor. No soy quien tú crees. Soy Áster ¿me recuerdas?
– ¿Por qué no te quedaste conmigo?
– Dalia, te lo ruego, tranquilízate. Acuéstate en la cama. Vamos.
– Bésame. Dime que aún me amas, dime que te quedarás conmigo. Hazlo.
No podía imaginar lo que sentía el pobre Áster. La tenía tan cerca, en medio de su embriaguez ella trataba de seducirlo, pero en su mente… era otro el que estaba. Si me sentía mal antes, me sentí peor en ese instante, la peor rata que pudiera existir.
– Mi Dalia… no sabes con qué ardor deseo besarte… pero no lo haré sabiendo que en realidad tú no me estás besando a mí.
Así que por favor, acuéstate y trata de descansar.
Nunca esperé menos de mi amigo y nunca me decepcionó. Él no era como yo que aprovechaba la mínima oportunidad para hacer una mala jugada.
– No me dejes, por favor no me dejes…
– No lo haré Dalia, aunque sé que no me hablas a mí. Pero nunca, nunca te voy a dejar sola.
No pude darme cuenta de a qué hora todo quedó en silencio. No pude darme cuenta de qué sucedió después. Al siguiente día, con la mañana ya muy avanzada, desperté con gran sobresalto y me dirigí a la cocina para buscar algo de comer. Al pasar por la habitación de Áster y ver la puerta abierta decidí cerrarla. En ese momento pude ver que los dos estaban acostados en la cama con la ropa puesta. Áster abrazaba a Dalia y ella estaba acurrucada en su pecho. Supuse que Áster se había quedado así, cuidándola hasta sucumbir ante el sueño.
Cerré la puerta y fui a la cocina. No pasó mucho tiempo hasta que escuché pasos acercándose. Era Dalia, había despertado y se acercaba. No supe que hacer, me tomó por sorpresa y, al verme, expresó un gesto de vergüenza.
– Buenos días – dije titubeando – yo… ya me iba a mi habitación. Solo vine por un poco de agua.
– Necesito mi bolso. No sé dónde pude haberlo dejado. – dijo ignorando por completo mi saludo.
– Seguro está en la sala. Debió quedarse allí anoche.
– ¿Podrías darme un poco de agua?
– Claro, desde luego.
Sacó unas pastillas de su bolso, supuse que eran analgésicos. Le alcancé un vaso con agua y ella las ingirió. Ante mi mirada extrañada me dijo:
– ¿Te sorprende que ande preparada con esto?
– No… yo, lo siento, es mejor que me vaya.
– Huyes como siempre. Te vas como lo hiciste esa vez.
– Dalia… yo, no creo que sea buen momento.
– Yo era una persona de principios y buenas costumbres. Me alejaba de todo lo malo. Pero no pude con el dolor de tu abandono ¿sabías? Me afectó tanto…
– Dalia, por favor, podremos hablar en otro momento.
– Gracias a eso me volví una alcohólica. Yo no tenía ningún vicio, yo era buena. – lágrimas salieron de sus ojos. Yo no sabía qué hacer. – Ya lo había superado. Estaba mejorando. Pero tuve esa maldita recaída y tuve que ir a la farmacia a comprar analgésicos… tenía que encontrarme contigo allí. ¡¿Por qué?!
Sin embargo, no todo fue malo, pude conocer a Áster gracias a eso, él es un buen hombre.
– Lo sé… él es mejor que yo, siempre te dije que yo no te merecía y era cierto. Soy una mala persona.
– No ¿Sabes? A pesar de todo, supe todo el tiempo que en el fondo eras alguien de buenos sentimientos pero te corrompiste por el libertinaje. Ahora que te veo otra vez lo compruebo. Has cambiado, eso es bueno.
No sé por qué me puse así al verte con alguien más, pero te hago una promesa: es la última vez que tomo y es la última vez que siento algo por ti.
Voy a superar esto como siempre he superado todas las dificultades.
Hazme el favor de despedirme de Áster y dile que yo me comunicaré con él después.
Dicho esto, tomó su bolso y se retiró.
Solo pude sentarme en el sofá y sentirme miserable. La frustración se había adueñado de mí. En la habitación, justo detrás de la puerta estaba Áster, había escuchado todo.
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