En aquel momento pensé seriamente en cambiar mi forma de vida. Toda mi vida siendo un holgazán mantenido me había conducido a vicios y acciones desmoralizadas. Quería tratar, al menos, de hacer algo útil, algo para ayudar a alguien y dejar de ser el egoísta de siempre. Tal vez no haría algo monumental, pero por algo se empieza. Mi amigo necesitaba ayuda y yo se la podía ofrecer ¿qué mejor oportunidad de actuar caritativamente?
Ya con el tiempo aprendería a ser mejor. Ya con el tiempo podría hacer algo útil que me asegurara un lugar en los recuerdos de la gente buena que posee nobleza en el corazón.
Tomé el teléfono. Llamé a la casa de Jacinto y le conté lo ocurrido, le dije además que estaba bien, que no se preocupara y que había decidido quedarme en Ciudad Verde. Él no mostró mucho agrado ante mis planes, pero al final no presentó objeción.
Estaba muerto de cansancio, por lo cual me recosté en el pequeño sofá que había en la oficina de Áster y dormí profundamente.
La mañana siguiente me encontré solo. No había nadie en la oficina, el club estaba cerrado por ser de día y no había nadie por los alrededores. Me encontraba absorto en la inspección que realizaba en busca de personas que no noté a Áster acercándose por detrás, motivo por el cual me causó un sobresalto enorme el sentir su pesada mano en mi hombro y su tosco saludo.
Su apartamento se encontraba en el segundo piso del edificio, subimos unas discretas escaleras que nos llevaron allá. Mientras tanto me reclamaba el haberme quedado dormido en la oficina y haberlo privado de la oportunidad de darme un lugar más cómodo. Me invitó gustoso a desayunar, momento que aproveché para expresarle mi propósito.
– Te quería comentar algo, Áster. Resulta que…
– Sí, yo también tengo algo que decirte. Pero ándale, empieza tú.
– Bueno… está bien. La situación es esta: anoche dijiste que te hace falta gente en el club. Yo podría ayudarte un tiempo, al menos hasta que consigas a alguien.
– ¿De veras? ¿El señor Narciso Gerbera quiere trabajar en un club? – soltó una de sus sonoras carcajadas – No me hagas reír, hombre. Si tú ni sabes qué es trabajar. Además tienes dinero, deberías irte derecho a tu casa de campo.
– No, Áster, estoy hablando en serio. Quiero ayudarte. Además, el hombre que tú conocías… tal vez ya no exista. He vivido muchas cosas que, sencillamente, me han cambiado.
– No, pues… Dios sabrá que pasó para que cambiaras. Pero me voy a aprovechar de que estás acomedido. Pues viéndolo bien, sí necesito que me eches la mano. No solo en el club, también en otro asuntito.
– ¿De qué se trata? – Pregunté extrañado ante una repentina sonrisa en su cara.
– Está en la ciudad. La he visto.
– ¿A quién?
– A mi Dalia. Mi amada Dalia. – sentí un balde de agua fría en mi espalda.
– ¿Dalia…? ¿Te refieres a Dalia Bidens? Aquella compañera…
– ¡Claro! Tú sabes que solo en ella pienso.
– ¿Y qué papel juego yo allí?
– Tú siempre me has dado consejos. Me has recomendado cosas. Quiero que me ayudes. Tú puedes hacerlo, quiero que me ayudes a gustarle.
La inocencia de mi amigo me pareció la de un niño pequeño y me abrasó hasta lo más recóndito de mi conciencia. Si hubiera tenido idea de a quién le pedía ayuda…
Me faltó valentía, como siempre, para decirle la verdad; por lo cual accedí a lo que me pedía. Después de todo solo tenía que darle unos consejos, no debía tener contacto con Dalia.
El asunto quedó arreglado. Todo parecía augurar muy buena fortuna y con el positivismo del caso, decidimos ver hacia adelante. Al principio fue difícil, pero con el paso de algunos días, fui tomando práctica como mesero en el club; no obstante, lo seguía haciendo con dificultad.
Un par de semanas después de mi llegada, todo había sido tranquilidad, pero eso no duraría. Esa noche el club estaba reservado. Un sujeto importante, al parecer extranjero, había organizado una cena de lujo y dentro de los invitados había muchas personalidades. En la mañana me dediqué a revisar la lista de invitados que se le entregaría al guardia que estaría en la puerta y de pronto la paz me abandonó.
Mi vista se estacionó en un nombre, “Gardenia Brezo”, se encontraba justamente al lado del nombre de su flamante prometido, “el señor Muscari”. ¿Cómo podría enfrentar eso? No estaba preparado para tal cosa. Pensé en decirle a Áster que esa noche no podría ayudarle… pero no, imposible. Era un evento importante, debía estar allí.
Llegó la noche y yo me sentía intranquilo. El temor me inundaba, sabía que si la veía el dolor regresaría con intensidad. Sudaba, temblaba, no sabía cuál sería mi reacción al verla.
Con cada invitado, cada pareja, cada persona que entraba al club yo me angustiaba. Sabía que en cualquier momento la que entraría sería ella, del brazo de su prometido. Pero el tiempo pasó y ella nunca entró.
Envuelto en el pendiente de mirar a la puerta cada minuto, noté perfectamente cuando el guardia pidió a señas que fuera hacia allá. Me acerqué y el me dio una nota.
– Dejaron este mensaje para el anfitrión. Son disculpas de parte del Sr. Muscari, no podrá asistir. Su prometida se sentía indispuesta.
Gardenia no llegó. Estaba enferma o tal vez simplemente había preferido quedarse en casa con su amado. Fuese lo que fuese, no la vería esa noche.
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