jueves, 29 de diciembre de 2016

CAPÍTULO DÉCIMO QUINTO

La irónica sonrisa que mantenía en su rostro se tornaba algo irritante.
– No imagino que buenas noticias podrías darme.
– ¡Oh! Verás… antes de venir aquí yo viví un tiempo en Ciudad Verde. Ya sabes, los negocios de mi padre, eso ha hecho que nos mudemos constantemente.
Aun así, a donde quiera que vamos nos espera una vida muy cómoda, esa es la ventaja.
En Ciudad Verde tenía muchos conocidos, gente de mucha categoría, como yo.

– ¿Quieres llegar al punto de una vez por todas? – al momento me vio riéndose.
– ¡Ah! Pero que impaciente eres, querido. Verás, venía a consolarte por tu reciente fracaso amoroso. Yo pensé que no había mujer que pudiera doblegarte… tú lo pensabas también. Nos equivocamos, querido. – dijo con excesivo sarcasmo.
Escuché que andabas muy enamorado, que no te apartabas de ella.
Ahora ella se apartó de ti… te acompaño en tu dolor. – su charlatanería estaba agotando mi paciencia.

– Quiero que te vayas de mi casa, no estoy para tus juegos, Ginger.
– Ya me voy, querido, no quiero incomodarte. Solo te dejo un pequeño presente. Disfrútalo.
Sacó una revista de su bolso y se despidió de mí lanzándome un beso como si se tratara de polvo de hadas. La sonrisa irónica de su rostro no había desaparecido ni un segundo. Me sentí aliviado cuando se fue, pero quise saber, entonces, de qué se trataba su “regalo”.
Era una revista de la alta sociedad de Ciudad Verde, había muchos eventos de alcurnia en sus páginas. Justo en la página central… un compromiso. “El famoso y codiciado Cardo Muscari se casa. Se anunció el día de ayer el compromiso de uno de los hombres más ricos y poderosos de la ciudad…” dejé de leer de tope… “…con la señorita Gardenia Brezo”
Me quedé atónito. No quería creer lo que estaba leyendo. Todo lo que había vivido… todo era nada más que una burda fantasía. Me sentía tonto, engañado, burlado… solo había construido a base de ilusiones una realidad que no existía.
Tuve la tentación de beber, pero en mi mente resonaba la voz de Jacinto como el día que llegó a levantarme… “no lo vale”.
Así con mi dolor, apresuré aún más mi partida, tomé lo necesario y dejé todo atrás.

Al salir por el jardín rumbo a mi vehículo aún volteé hacia la casa y los árboles. Estaban allí, tan apacibles como siempre, pero yo ya no sentía su acogimiento. Necesitaba olvidar y en ese lugar nunca lo lograría.
Quería comenzar una nueva etapa, hacer cosas diferentes, probar nuevas experiencias. Recordé que en Follajes vivía un viejo amigo y ex compañero de colegio. Tenía un pequeño club al cual llegaban muchas personas, puesto que era un lugar agradable y entretenido. Decidí visitarlo unos días y allí decidir a dónde más me debía ir.
Para salir de Costa Florida solo hay un camino que obligatoriamente lleva a Ciudad verde, luego a Follajes, más allá están las Enramadas… tenía mucho por recorrer.
Subí a mi vehículo y me dirigí a la panadería. Iba a despedirme de mi amigo, si algún día regresaría sería solo por verlo una vez más.
– Ten cuidado en el camino. Sobre todo al pasar por Ciudad Verde, se ha vuelto peligrosa.
– Descuida, yo sabré cuidarme bien. Regresaré, puede que no muy pronto, pero lo haré. Te lo aseguro.
– ¿Llevas lo necesario?
– Sí, llevo algo de dinero y cheques de viajero. Estaré bien.
Con todos los buenos deseos de Jacinto me aventuré en la carretera.
Me acercaba ya a los límites de Ciudad Verde cuando una de las llantas explotó. Rabioso detuve el vehículo y descendí de él. Por suerte, tenía en excelentes condiciones el repuesto y lo cambié con la mayor rapidez que me fue posible.
Estaba terminando de guardar las herramientas en la cajuela, sin prestar atención a mi alrededor, cuando sentí el frío cañón de un arma en mi nuca.
Paralizado por completo, solo pude levantar las manos. Una tosca voz me ordenó guardar silencio y entregarle las llaves del auto. Eran tres sujetos con el rostro cubierto y de muy mala pinta.
Yo tenía mi billetera en el pantalón con documentos y algo de dinero. Los cheques y la mayor cantidad de dinero estaban en otro estuche que guardaba en el auto. Por suerte, al encontrar su botín en el automóvil, no me revisaron y se dieron a la fuga en mi propio transporte.

Tuve que ver como se alejaban y me dejaban abandonado a mi suerte en medio de la nada.
Mi suerte no podría haber ido peor. Caminando, después de algunas horas, llegué a Ciudad Verde. El lugar parecía tan hostil, me sentía perdido, una enorme ciudad frente a mí y yo solo un pequeño hombre que había sido sometido a la miseria sin tener derecho a objetar.
Si una nueva etapa quería, creo que la pude encontrar. Ahora me encontraba transitando las sombrías calles de Ciudad Verde.

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