jueves, 29 de diciembre de 2016

CAPÍTULO DÉCIMO PRIMERO

¡Qué triste es regresar a casa cuando ha habido discordia! Sientes que algo te aplasta el pecho, te cuesta respirar y el corazón a penas late. Es, simplemente, el reflejo de la ruptura. Discutir, disgustarse, separarse, eso es algo que lastima, que mata.
Jacinto se molestó mucho por mi insistente defensa a favor de Gardenia. Él estaba convencido de que algo malo había en ella y de que yo hacía mal en mantenerla cerca de mí. Ambos nos disgustamos y yo decidí volver a casa. Volví cabizbajo y con paso lento, como derrotado. Así es la guerra, nadie gana; todos pierden, todos sufren.
Me senté en la mecedora y, el solitario corredor, observé los árboles moverse por el viento. Mi corazón anhelaba robarle un poco de paz al paisaje y tomarla para sí. Pero no pudo.
No pudo hasta que en mi hombro sentí la mano suave de mi felicidad.
– Te noto triste.
Volteé rápidamente y vi a Gardenia. La admiré un segundo y volteé al paisaje otra vez.
– En verdad lo estoy.
– ¿Cuál podría ser el motivo?
– A veces nuestros anhelos van más allá de lo que las personas aprueban, por eso alejan a una que otra persona querida en el camino a alcanzarlos.
Pude notar que compartía mi pena y ya no la sentí tan pesada como antes. 
Sentí deseos inmensos de pasear por los campos de la hacienda y la invité a acompañarme. Le ofrecí llevarla, pero, para mi asombro, me dijo que podría cabalgar sin problemas.

Como todo hombre de mi época, prefería sobre todo que una dama luciera un vestido. Era eso o nada. Pero debo decir que los pantalones vaqueros y la camisa con la que se vistió, la hacían lucir hermosa.
La invité a escoger un caballo de entre los que había en el establo. Ella los vio a todos sin mayor sobresalto hasta que llegó a un bello potro alazán dorado, fuerte y hermoso. Era, en verdad, un gran ejemplar. Ella acarició la cabeza del caballo y lo miró con ternura. Pobre animal… yo supe perfectamente que cayó en su embrujo, en esa mirada encantadora que atrapaba a cualquier ser. Sé muy bien que él la quiso como a su ama desde el primer momento.
El joven corcel demostró la mayor docilidad ante su señora y ella, sonriente, sobre su lomo me contagiaba una inmensa felicidad.
– ¡Me encanta! Es tan hermoso.
– Es tuyo, desde ahora, te pertenece. – quería complacerla en todo.
– Debe tener un nombre, lo llamaré… Cariño. Después de todo, él lo ha tenido conmigo.
Me gustaba verla así, tan contenta.
Juntos fuimos a pasear por los inmensos pastizales y bajamos por un sendero angosto hasta el pequeño arroyo que se serpenteaba en medio de la pradera. Estaba cubierto completamente por los árboles, pero el sendero conducía a un pequeño claro en donde se podía apreciar, en plenitud, una gran poza de corriente lenta que arrastraba hojas flotantes.
Todo era tranquilidad. Solo se escuchaba el trinar de aves silvestres y el sonido de las ramas que se agitaban con el ventarrón. Al llegar a la orilla bajamos de los caballos y, como no había piedras grandes o algún tronco para sentarse, nos sentamos en la arena.
El paisaje estaba lleno de verdor y frescura. Las grandes lianas descendían desde las altas ramas hasta casi rozar el agua, había pequeños peces que nadaban en grandes grupos. Era imposible no extasiarse viendo aquel pequeño paraíso.
– ¿Aún estás triste? – me dijo ella.
– Aquí es imposible estarlo. Además gozo de tu compañía, lo cual me anima demasiado.
Ella sonrió y miró hacia el suelo. Estaba ruborizada.
– Entonces te acompañaré el tiempo que sea necesario.
Dicho esto, me dio un sorpresivo beso en la mejilla y se levantó rápidamente. No pude reaccionar y aún mi mente lo procesaba cuando ella ya estaba sobre los lomos de Cariño. Mi corazón saltaba de alegría.
En el camino nos sorprendió el atardecer, así que nos detuvimos y vimos el sol ocultarse, en la lejanía, más allá de los grandes prados, juntos sobre los caballos.
Cuando regresamos dejamos los caballos en el establo y yo aproveché para decirle a Boldo, uno de los trabajadores, con el que me llevaba muy bien y que era hábil en la carpintería, que hiciera una pequeña mesa con dos asientos y que la instalara en aquel hermoso lugar junto al río.

Llegamos a la casa, cada quien fue a su habitación. Yo tomé un baño muy refrescante. En verdad ya había olvidado lo apesarado que me sentía por la riña con Jacinto en la mañana y ahora solo podía pensar en lo hermoso de aquella tarde. Sentía en mi pecho crecer más y más aquel sentimiento incontrolable.
¿Sentiría ella lo mismo? Una pregunta muy inquietante. Constantemente luchaba contra las esperanzas de que ella pudiera experimentar lo mismo que yo. Gardenia nunca había demostrado sentir por mí un afecto más grande que el que sentiría por un amigo. Pero ni siquiera eso podía impedir que creciera lo que yo sentía.
La cena fue muy animosa y se habló mucho de la aventura de la tarde, del caballo, del atardecer… todo era risas y alegría. Un típico instante de esos en los que olvidas en absoluto todos tus problemas y preocupaciones prestándole toda tu atención a tu dicha.
Cada vez que recuerdo esos momentos nacen en mí deseos inmensos de regresar allí. Lamentos por no haber podido detener el tiempo en ese instante de dicha absoluta.
Esos momentos solo viven en mi pasado, lo hacen hermoso; pero su naturaleza lo hace inalcanzable. Solo puedo contemplarlos en mis recuerdos.

Los días siguientes fueron de mucha actividad. Paseábamos las mañanas en los jardines charlando de cualquier ocurrencia, a ella le gustaba mucho cortar margaritas y colocarlas en el centro de la mesa. El jardín se veía siempre aglomerado de mariposas a causa de esas margaritas. Ella las regaba y las cuidaba muy bien.
A veces íbamos a la ciudad y comíamos fuera. Frecuentemente salíamos a cabalgar llevando golosinas y bebidas para merendar en la mesita que Boldo ya había instalado a la orilla del río. Incluso habíamos encontrado una pequeña loma donde veíamos perfectamente los atardeceres. Los dos solíamos disfrutar mucho de este espectáculo y yo acostumbraba tomarla de la mano mientras ella veía hacia la lejanía. Nunca se resistió a esta acción, ambos nos teníamos mucho afecto el cual crecía con el pasar de los días, nos teníamos muchas muestras de cariño constantemente. A veces ella me abrazaba por detrás o me besaba en la mejilla sorpresivamente. A mí me gustaba rodearla con mi brazo al estar junto a ella o tomarla de la mano, me sentía completo. Sin embargo, siempre existía un aire de indiferencia en ella cuando yo le demostraba mi cariño. Eso nunca me dejó expresarme totalmente.
No obstante, el aire del campo y la hermosa vista me hacían sentir saludable siempre a pesar de mis reprimidas ilusiones. Yo parecía enamorarme cada vez más de aquellas tierras cuanto más las iba conociendo. Igualmente iba descubriendo que mi corazón podía experimentar sentimientos increíbles junto a aquella mujer. Ya era irremediable…
Yo la amaba cada vez más, así en silencio, así como había elegido hacerlo.

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