Cuando volví al club ya estaba anocheciendo. Me sorprendió que Áster tardara en llegar y supuse, con gran satisfacción, que le había ido bien.
Decidí, entonces, abrir el lugar, los empleados llegaron y todo siguió su curso rutinario. Todo estaba tranquilo y silencioso.
Momentos después los clientes empezaron a llegar y el lugar se tornó más vivo. Yo me encontraba ocupado ante la ausencia de Áster y casi no me percataba de lo que estaba sucediendo en los alrededores.
En un momento inesperado entró Gardenia, pero esta vez, de la mano de su prometido. Recordé entonces cuando Áster me contó que el poderoso Cardo Muscari, dueño y señor de Ciudad Verde, acostumbraba llegar seguido al club. Desistí al momento de atenderlos, otro mesero fue y se encargó de ellos. Al momento regresó y me dijo.
– Don Narciso, ellos piden que usted los atienda.
– ¿Ellos lo pidieron?
– Pues… la señorita.
¿A qué estaba jugando? No podía imaginar que en ella hubiera tanta crueldad como para hacerme padecer el desagrado de verla con tal compañía. Consideraba no haberle hecho ningún mal para que ella se portara así.
No quería que Áster perdiera clientes. Después de todo, él nada tenía que ver en mis asuntos. Me decidí, entonces, por atenderlos sintiendo en mí el mayor disgusto.
– Mucho gusto ¿es usted amigo del señor Áster Drácenas? – dijo Muscari con gran diligencia.
– Sí, en efecto. Soy un buen amigo suyo. Por el momento me encuentro suplantándolo, ya que él está atendiendo asuntos personales.
– Oh sí, me doy cuenta. Es una pena, hubiese querido saludarlo.
– En otra ocasión será, seguramente. – dijo Gardenia con gran tranquilidad. Sentía que era una desconocida.
– Sí, la señorita tiene razón. Pronto podrá saludarlo. – ella no me veía.
– Seguro, seguro. Mi nombre es Cardo Muscari, actualmente resido aquí aunque, ciertamente, no soy originario. – acto seguido, me ofreció la mano.
– Narciso Gerbera. Tampoco soy originario de esta ciudad, aunque resido aquí. – estreché la mano de Muscari. – espero que disfruten su estancia. ¿Les ofrezco algo de beber?
Durante toda la conversación Gardenia estuvo ausente, salvo por la única frase que dijo. A menudo miraba hacia los lados, evitando verme a mí o su acompañante. En otro momento bajaba la mirada y se entretenía con cualquier objeto que tuviera en sus manos. Tuve la oportunidad de verla fijamente cuando Muscari revisaba el menú de licores y no prestaba atención.
¿Tristeza era aquello que yo veía? En su mirada podía ver muchas cosas menos alegría. Se veía asustadiza, triste, con una profunda depresión. Si ocasionalmente sonreía cuando hablaba con Muscari, se podía notar la falsedad en su sonrisa. Ella no era mi Gardenia, ya no podía encontrar en ese rostro a la que yo quise tanto.
Este hecho ayudó un poco a que dejara de preocuparme tanto por lo que tenía enfrente y tratarlos más fácilmente como lo que eran, unos desconocidos.
Un momento después, llegó Áster, con una gran sonrisa y muy buen humor. Al instante supe que mis suposiciones habían sido ciertas, me alegré por él y seguí con mis ocupaciones.
Áster fue a saludar a la pareja y conversó un rato con ellos. Le gustaba ser amable con sus clientes y más ahora que estaba con uno de los más importantes, decía él, el hombre más rico de Ciudad Verde.
Así se comportaban todos en la ciudad. Sabían bien que era un criminal y todos sus negocios solo eran máscaras, pero lo respetaban y estimaban en gran manera, tal vez por miedo, tal vez por conveniencia. Hasta el momento no había nadie que se atreviera a hacerle frente, por ello controlaba todo y ponía sus reglas.
Una enorme tristeza me invadió, una mezcla de nostalgia y desilusión. Ya nunca volvería a ver a la Gardenia que vivió conmigo en Los Cogollos. Ya nunca volvería a mirarla.
La noche se pasó así, triste, deprimente, llena de añoranzas. Al cerrar el club, lo único que me devolvió un poco de mi antigua alegría fue escuchar el relato que, emocionado, me contó Áster.
Al parecer, después de los ligeros disgustos de Dalia, Áster le cayó muy bien, una vez que se calmó. Conversaron largo rato de experiencias pasadas, de los viejos recuerdos del colegio y lo que había sido de sus vidas después de ello.
– Es una mujer muy sobresaliente. Ahora la admiro más que antes. Me dijo que, aunque está trabajando en el ayuntamiento, no está de acuerdo con lo que pasa en la ciudad y que, precisamente por eso, no ha dejado su puesto. Dice que desde allí investiga mejor todo y está planeando algo para desenmascarar a todos los corruptos.
– Vaya, es toda una activista.
– Es íntegra, honesta. Siempre lo he dicho y lo seguiré diciendo.
– Bueno, siempre fue muy estudiosa. Le gustaba seguir las reglas y todo eso.
– Claro, mi Dalia era la más brillante y lo sigue siendo.
– Oye, ¿le hablaste de tus sentimientos?
– Pues… – enmudeció un momento, para después seguir – tuve que hacerlo. Quise ser lo más sincero que pudiera.
– ¿Qué te dijo?
– Dijo que en este momento no pude ofrecerme nada, al parecer tuvo alguien que la lastimó mucho. – mi cuerpo se heló en ese momento – pero me dijo que podemos ser amigos.
– Bueno… para empezar. Ya depende de ti cambiar eso.
Los días pasaron con rapidez. Mi estancia en Ciudad Verde se alargaba más de lo previsto. Meses y meses pasaron. La amistad entre Dalia y Áster crecía cada día, él se mostraba más alegre, yo estaba más nostálgico y retraído. Gardenia llegaba tan seguido al club… a veces con su prometido, a veces con amigas… nunca llegaba sola. Nunca me había dado la oportunidad de hablar con ella. Siempre me ignoraba, se portaba con tal indiferencia que parecía, en verdad, que nunca me había visto en su vida.
Cada una de sus acciones iba matando más y más los buenos recuerdos que tenía de ella. Cada día de más y más apatía solo lograba matar lo poco que quedaba de mis sentimientos. Tal vez era lo mejor, tal vez por fin la olvidaría así, eso era lo que me había llevado lejos de mi casa y lo estaba logrando.
Cada vez más seguido pensaba en regresarme a Los Cogollos de una vez por todas. La idea se iba apoderando de mi mente.
Pronto lo haría realidad, pronto llegaría el día de volver. El suceso decisivo se daría esa noche, cuando ella por fin llegó sola. Cuando por fin le pude hablar con el corazón, casi dos años después de haberla conocido y casi un año después de haber llegado a Ciudad Verde.
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