jueves, 29 de diciembre de 2016

CAPÍTULO DÉCIMO TERCERO

La calamidad comenzó con una mañana nublada. Cielo gris y aire frío fue lo que me recibió ese día. No había cantos de aves, no había mariposas en el jardín, no había cálidos rayos de sol. La casa estaba en un silencio abismal, tanto que solo podía escuchar claramente el sonido de mis pasos. La noche anterior me quedé dormido y desperté al día siguiente. A penas comenzaba a recordar los sucesos del día anterior. Me sentía desorientado y con una pesadez increíble.
Luego de observar, con los ojos entrecerrados y llenos de confusión, el panorama deprimente que me ofrecía la mañana, caminé hacia la habitación de Gardenia y toqué nuevamente repetidas veces. Nuevamente no obtuve respuesta y supuse que ella ya se había levantado y debía estar en la sala o quizás en el comedor.
No me explicaba por qué me sentía tan decaído. Entendía estar despistado por el despertar repentino que tuve, pero sentía en mi pecho algo inexplicable, algo más complejo que solo confusión.
Al llegar a la sala y no ver a nadie me dirigí directo al comedor donde tampoco encontré mayor presencia de personas. La cocinera tenía el desayuno preparado y me preguntó si deseaba tomarlo.

– ¿Gardenia ya desayunó?
– La señorita no se ha levantado.
– No es posible, toqué y no respondió nadie en la habitación.
– Debió ir al campo, señor, aquí no ha venido.

Eso me sorprendió; a ella le gustaba pasear por los alrededores en la mañana, pero no tan temprano. Además la mañana estaba muy fría y nublada como para pasear entre los árboles. ¿Qué era lo que estaba pasando?
Desayuné intranquilo. Me levanté de la mesa y me cambié de ropa al instante, la busqué por toda la arboleda que estaba atrás de la casa y no había nadie. Decidí ir entonces a los establos, tal vez había ido a cabalgar. En el lugar estaba Boldo y otros dos peones.
Les di los buenos días y ellos respondieron con efusividad. Luego me dirigí a Boldo y los otros fueron a ocuparse de los animales.

– ¿Ha venido Gardenia a montar?
– No, señor. Con este frío no creo que ella se quiera levantar de la cama.
– Pues con frío o no, ya se levantó. – lo dije con la misma seriedad que mi cara reflejaba.
– ¿Está bien, patrón?
– Sí, sí, no te preocupes, es solo algo momentáneo.
– Bueno, sin afanes de molestar, tengo que decirle algo.
– Sí, dime.

– Platicábamos con los muchachos que algo muy raro está pasando. Usted sabe, don Jacinto ya tiene largo rato que no se aparece por estos lares y pues… el condenado ese del administrador se está pasando.
– No entiendo, explícame.
– El Lupino, el administrador de la hacienda. Todos tenemos la sospecha de que anda en algo raro. Ese hombre sin el control de don Jacinto, no es de fiar.
– ¿Qué es lo que sospechan?
– Pues hablábamos con los muchachos que en estos meses todo le ha importado poco. Se da sus buenas perezas y no se preocupa por nada. Para mí que ya no solo le trabaja a usted, patrón. Para mí que alguien le quiere jugar feo.
– ¿Insinúas que trabaja para alguien más y además quiere perjudicarme?
– Eso mero. Alguien quiere sabotear el trabajo que hacemos aquí y él parece estar muy de acuerdo.
Todo apuntaba a que problemas era lo que sobreabundaba esa mañana. Pensé en avisarle cuanto antes a Jacinto sobre lo que pasaba. Yo ni siquiera conocía al tal Lupino y no sabía por qué, si era tan sinvergüenza, Jacinto le había permitido seguir a cargo. Le agradecí la información a Boldo y él siguió con sus ocupaciones.
Entre tanta confusión, yo seguía sin hallar rastros de Gardenia. Si no había ido a cabalgar, solo quedaba la opción de que hubiera ido a la ciudad. Pero para que la cocinera no la hubiera visto salir, debía haberlo hecho muy temprano. Me dirigí entonces a los peones que hacían rondas durante la noche para vigilar y les pregunté sobre ella.
– Sí, patrón. Aquí el compañero la vio salir muy de madrugada, iba con mucha prisa. Él dice que le preguntó a donde iba y ella le dijo que no era de su incumbencia y que no dijera nada.
– Y ¿se fue así, sola? – pregunté desconcertado.
– Sí, llevaba una mochila bien grande. La quise detener pero no me hizo caso.
– ¡Pero cómo es posible que nadie me avisara! ¡Es inaudito!
Estaba furioso. Corrí de inmediato a su habitación, no tenía seguro y al entrar descubrí que se había llevado todas sus cosas. Incluso la cama estaba tendida y todo lo demás ordenado, pero su ropa y demás pertenencias no estaban.
Desesperado fui al automóvil y arranqué rumbo a la ciudad. Había mucha brisa y todo indicaba que llovería muy fuerte. Por mi mente pasaban mil cosas. Tal vez en el telegrama que recibió le decían que su tío regresaría y por eso se fue a su casa nuevamente. Pero ¿Por qué no decirme?
¿Y si algo le había disgustado? ¿Por qué no me diría? Podríamos platicarlo y solucionarlo.
Se iría realmente a la casa de su tío o a otro lugar… ¿qué estaba pasando?

Al llegar al lugar me bajé del vehículo. La llovizna estaba muy fuerte y había viento. Llamé a la puerta y nadie respondía. La casa estaba desocupada, ni las empleadas estaban, imaginé que después de meses de ausencia de don Acónito, habían dejado de llegar.
Allí frente a la puerta me derrumbé. Mi mano derecha tocó mi pecho, me dolía. Me costaba respirar y sentía náuseas espantosas. Me apoyé un momento en la puerta antes de recuperar fuerzas para ir a mi auto.
Incluso me quedé… quién sabe cuánto tiempo sentado en el auto viendo hacia la nada. Trataba por todos los medios de entender qué había pasado.
¿Se habría ido a Ciudad Verde? Pero ella dijo que no quería ir allá, ni siquiera fue por lo de su primo. ¿A dónde había ido entonces?
La lluvia se había desatado en su totalidad. Las calles se inundaron muy pronto y por las aceras nadie transitaba. Todo me parecía lúgubre y oscuro, como que de pronto la ciudad se hubiera convertido en un cementerio. Me vi en el retrovisor, estaba pálido y tenía los ojos enrojecidos. Mi vista comenzó a nublarse justo al llegar a la casa. Ella no había regresado… ella no regresaría.

Fui de nuevo a su habitación y seguía igual que en la mañana, vacía… tan ordenada. Era tan molesto ver la habitación así, deseaba verla desordenada y la cama con las sábanas arrugadas, algo que me dijera que ella estaba allí. Era como una pesadilla, una pesadilla de la que sientes que nunca saldrás. Yo en ese momento hubiera dado todo por despertar… pero ya estaba despierto. Era la realidad, Gardenia no estaba.
Estaba tembloroso y se me dificultaba caminar, pasaba mis manos constantemente en mi cabeza tratando de encontrar equilibrio y seguía sintiendo náuseas. Estaba totalmente desesperado. Llegué al escaparate donde estaban los vinos. Hacía meses desde que no lo había tocado. 
Tomé una botella y una copa. No sé cómo fui capaz de abrir la botella y empecé a vaciarla. Mis ojos estaban desorbitados, con la mirada perdida. Aún no podía comprender.

Después de tres botellas completamente vacías me encaminé con gran esfuerzo hacia su habitación. Me recosté en su cama… sentí aún su perfume en las sábanas. Allí lloré amargamente, apretando mis puños, repitiéndome una y otra vez… “¿Por qué?”. Mi voz se regó estridente por cada rincón de la casa en un grito desesperado… “¡¿Por qué?!”
Acariciaba la cama con tal frenesí, como si de ella misma se tratara, como si a ella la tuviera, justo ahí, como tanto lo deseaba. 
Se fue y no supe por qué, ignoraba el motivo por el cual me castigaba con el infierno de su ausencia. Afuera llovía torrencialmente anegando el suelo y adentro las sábanas se mojaron con las lágrimas que derramé hasta caer inconsciente.

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