El dolor es una reacción al daño. El dolor físico se traduce como señales nerviosas que nos advierten que hemos sido heridos o que hemos desarrollado una enfermedad. Los analgésicos son algo verdaderamente maravilloso, los anestésicos nos evitan sufrir de dolores terribles. ¿Cómo podríamos sobrevivir si no existieran? ¿Moriríamos de dolor?
Desgraciadamente el dolor no solo se produce por causas físicas… a veces el dolor es causado por emociones. Para ese tipo de dolor no hay medicamento. Es una pena.
El alma muere a causa del dolor que no se puede anestesiar.
Una vez causé mucho dolor. Una vez atormenté una pobre alma y la dejé herida de muerte. Cuando Dalia escuchó mis palabras aquel día, sus lágrimas rodaron en sus mejillas y su lamento se hizo escuchar. “¿Acaso soy poco para ti? ¿Es que no soy suficiente? ¡Dime! Puedo cambiar, puedo ser mejor, adaptarme a lo que tú quieras, solo dime… dime que puedo hacer para que no te vayas. Es que si te vas ahora… ya no sé si pueda seguir viviendo.”
Pero me fui. Me fui ese día y la dejé sola con su llanto. La dejé sin un consuelo.
Por fin llegó el tan esperado sábado y Áster salió conmigo de lo más nervioso hacia el lugar donde yo había quedado de verme con Dalia. Por mi mente pasaban mil imágenes suponiendo cuál sería la reacción de ella al verme llegar acompañado y, más aún, que la dejara sola con él. Sobre todas las cosas esperaba que, al menos, conversara con Áster y que no lo dejara plantado.
Mi amigo estaba sumamente ansioso.
– La veré, la veré de cerca, muchacho. ¿Ella me hablará? Me hablará ¿cierto?
– Por supuesto que te hablará, no es tan cruel como para ignorarte.
– Y yo le hablaré, le hablaré y estaré muy nervioso. Espero no equivocarme. Nunca le había hablado, Narciso, nunca.
– Lo sé, ya tranquilízate, muchacho.
– No puedo. Espero no quedarme mudo frente a ella. Eso sería lo peor.
– No va a pasar. Será mejor que te calmes, así será más fácil para ti.
Estaba tratando de inventar una buena excusa para dejarlos solos, pero no lograba concebir una sola idea. El asunto de Gardenia me traía con la mente demasiado ocupada. Aún sin admitirlo, sabía que quería verla de nuevo.
– Narciso… yo nunca había estado cerca de ella. Tengo miedo.
– ¿Por qué tienes miedo?
– Porque antes, cuando la veía de lejos, por lo menos no sufría con su indiferencia. Pero ahora, temo que amaré demasiado tenerla cerca y, si ella me rechaza, no podré vivir de nuevo esa dicha, eso me matará. El dolor me matará.
Pude notar en los ojos de mi amigo que hablaba con el corazón. Y su corazón guardaba un sentimiento tan puro que se expresaba de una manera que ni yo hubiera podido enseñarle.
Definitivamente ya no era aquel chico tosco y descuidado. Había madurado, el amor lo había cambiado.
Llegamos al lugar convenido antes de la hora para que Dalia no nos viera llegar. Nos sentamos y esperamos. Momentos después apareció ella y se acercó con aires de desconfianza hasta nuestra mesa, sin duda, por verme acompañado.
La saludé tan alegremente como el día que nos encontramos. Áster la saludó, armándose de todo su valor, de una manera tranquila, mas no por eso tímida. Ella saludó y por unos instantes no pudo evitar mostrar un gesto de disgusto que yo noté perfectamente.
– Él es Áster ¿lo recuerdas? Estudió con nosotros hace años. – Dalia estaba seria.
– Creo poder recordar. Era un muchacho muy apartado.
– La verdad yo no lo creo así. Él es muy sociable, pero no con todos, infortunadamente.
– Ah… claro.
El silencio se hacía más incómodo a cada minuto. Debía salir de allí. Hastiado, dije lo primero que vino a mi mente.
– Yo… estoy empezando a sentirme muy mal. Creo que me empeoró el malestar. ¿Recuerdas que te dije, Áster? Te dije que me sentía mal hoy en la mañana. – acto seguido di un codazo a mi acompañante con el cual solo pudo asentir con total confusión.
– ¿De qué estás hablando? – preguntó ella con gran indignación.
– Sí, Dalia, lo siento. Estoy… algo enfermo del estómago. Así he estado, por eso lo de la farmacia el otro día. Creo que necesito usar el sanitario, vuelvo en seguida.
Seguidamente me aparté de la mesa a toda velocidad ante la mirada enfurecida de Dalia y los ojos asustados de Áster. Sabía que era una excusa tonta, la más absurda que pude dar; pero, al menos, había logrado salir de allí. Era lo que quería, los había dejado solos, el resto se lo dejaba a Áster.
Durante todo el camino fui preguntándome qué estaría sucediendo en aquella pequeña mesa. La curiosidad era apremiante. Debía esperar a que Áster llegara al club para preguntarle qué había sucedido. Para preguntarle lo que en ese momento él vivía.
¿Qué fue lo que pasó?
El rostro de Dalia reflejaba un disgusto sin igual. El pobre hombre estaba asustado, pero no se dio por vencido y trató de iniciar una conversación. Dalia le respondía parcamente y casi todo el tiempo mantenía su vista hacia la calle.
Seguramente se estaría preguntando el porqué de mi actuar. Después de todo, ella había aceptado salir, pero solamente conmigo.
Áster seguía el diálogo que yo le había enseñado, como un ave parlante. Pronto se dio cuenta de que eso no estaba funcionando, Dalia lo ignoraba fríamente y estaba muy enojada. Poco tiempo después confirmó lo mismo, ella se levantó y se dispuso a retirarse.
– Lo siento, Áster, no quisiera ofenderte, pero yo vine aquí creyendo que hablaría con Narciso. Al parecer él se ha hecho el desentendido y se ha largado. Debo irme, tengo cosas que hacer.
Áster se movió por impulso y la tomó de la mano cuando ya se iba. Dalia se volteó hacia él viéndolo con más molestia de la que ya tenía pero se topó con un hombre que tenía el corazón fuera del pecho.
– Por favor, espera. Déjame verte un poco más… no te vayas, por favor. – la mirada de Dalia cambió de agresiva a sorprendida. – Sé que no soy un hombre lleno de cualidades ni tan intelectual como tú lo eres. Soy corriente y muy rústico, tú eres tan refinada, pero he tratado de mejorar, tú no sabes, he hecho lo posible por ser mejor. Solo quisiera que al menos me dieras tu atención, no te vayas… es que si te vas ahora, no sé si vaya a poder seguir viviendo.
El corazón de Dalia debió experimentar un espasmo repentino. Áster habló con el corazón, dijo algo que yo jamás podría haberle enseñado porque eso solo podría salir de la boca de alguien con un sentimiento puro y sincero, tanto como lo fue una vez el amor de Dalia hacia mí.
Dalia tenía una mirada triste. Recordando, tal vez por un instante, lo que ella una vez vivió, supo comprender el sentir de Áster. Eso logró cambiar su actitud, pues la amargura que ella llevaba era solo causa mía. Él, en cambio, le inspiraba serenidad.
Tomó nuevamente su asiento y decidió conocer un poco más sobre el chico apartado al que nunca había prestado demasiada atención.
Dalia era una buena mujer, yo estaba convencido de eso. Áster era un buen hombre y en el mejor momento supo ser él mismo. Eso era justo lo que debía pasar para ganar su atención, dejar de fingir.
Porque… cuando estés con una buena mujer debes ser tú mismo y, si ella es para ti, te aceptará tal y como eres.
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