jueves, 29 de diciembre de 2016

CAPÍTULO VIGÉSIMO TERCERO

Todo cambió después de ese momento, era inevitable, mis acciones se voltearon contra mí. Fue entonces cuando me di cuenta de que la hora de mi partida había llegado.
– ¿Fuiste tú? ¿Tú le causaste daño a Dalia?
– Áster… yo…
– Ella no quería hablar de lo que le había pasado, pero podía sentir su dolor. La lastimaron mucho. Pero jamás en mi vida hubiera imaginado que tú lo hicieras.
– Sé que debí decirte, pero… yo no puede. Es que no creí que fuera relevante.
– ¡Estamos hablando de Dalia! Tú siempre supiste mis sentimientos hacia ella, tú siempre supiste lo que significaba para mí. Aun así te metiste con ella y la hiciste sufrir. ¡¿Por qué?! – Áster estaba alterado, su rostro expresaba furia.
– Fue en otra época, estoy muy arrepentido de todo lo que hice, créeme por favor.
– ¿Por eso te quedaste tanto tiempo aquí? ¿Por ella? ¿Me ayudaste con ella solo para tenerla cerca?
– No, no, pero ¿qué dices? Si te ayudé es porque estoy seguro de que sería feliz contigo. Yo no estoy interesado en ella. Mi ayuda fue sincera, te lo aseguro.
– Yo te consideraba mi amigo. Yo confiaba en ti completamente. No debiste hacer esto, sabes que lo que la lastima a ella me lastima a mí también.
Ya no pude decir más, sabía que no había argumento válido que justificara mis actos y me quitara la culpa, pues yo mismo la había aceptado desde hacía tiempo. Áster tampoco dijo más y se retiró de allí, no supe a dónde. Yo decidí aprovechar para empacar mis cosas.
Me sentía nostálgico, a pesar de todo. Había pasado un año en ese lugar viviendo tantas cosas. Llegué sin intención de quedarme, a causa de un evento infortunado, para que al final todo me llevara a alargar mi estancia. Nunca quise ir a Ciudad Verde, pero el destino me llevó allí, donde encontré a mi amigo, a Gardenia, a Dalia. Temía regresar a Los Cogollos, sabía que regresaría a mi mar de recuerdos nuevamente; no podía quedarme en Ciudad Verde más tiempo pues allí me perseguía la realidad cruel ¿a dónde ir entonces?
No tenía un automóvil, no tenía mucho dinero; decidí que lo más sensato, aunque fuera un destino poco deseado, sería regresar a casa. Tomé todas mis cosas y dejé una nota para Áster:
“Querido Áster, mi amigo:
Todo este tiempo no he sabido como agradecer todas tus atenciones, el que me hayas recibido en tu casa, que me auxiliaras cuando más lo necesitaba. Gracias por demostrarme fielmente tu amistad.
Nunca hubiera querido despedirme como lo estoy haciendo. Pero sé que la culpa es mía solamente. Perdóname por no decirte la verdad y por traicionarte de la forma vil en que lo hice. No merezco todo lo que has hecho por mí y por eso debo irme, me avergüenza demasiado estar aquí sabiendo lo que he hecho.
Estoy seguro, totalmente, de que tú podrás hacer feliz a Dalia, ámala como lo has hecho siempre, dale alegría, paz a su alma. Que encuentre un hogar en ti.
Tú podrás hacerlo, eres lo que yo nunca podré ser y vales por diez mil de mi categoría. Eres un buen hombre, de grandiosos sentimientos, generoso, humilde. Yo no pude enseñarte más que palabras y frases nuevas; tú, en cambio, me enseñaste a ser un hombre de verdad.
Debo irme ahora, regreso a mi casa, a la hacienda Los Cogollos. Si un día llegaras a pasar por Costa Florida, nunca olvides que es tu casa y siempre voy a recibirte con los brazos abiertos.
Gracias por todo nuevamente, espero puedas perdonarme y que pueda verte pronto.”

Con un gran nudo en la garganta dejé la nota sobre la mesa, salí del pequeño apartamento. Bajé por última vez las escaleras que conectaban al local del club, lancé una mirada postrera a los alrededores y me fui sin voltear.
Fui a la terminal de autobuses y abordé el que tenía por destino Costa Florida. Sentía que había dejado tantas cosas atrás. En mi corazón había una mezcla de emociones y sentimientos que no podía comprender. Veía por la ventana y me preguntaba qué haría de ahora en adelante, qué haría para vencer la nostalgia. En qué podría ocuparme para ignorar la culpa y los remordimientos. Sobre todo, qué hacer para ignorar todos los recuerdos de Gardenia que vendrían a mí cuando me encontrara de regreso en la hacienda.
No obstante, me sentía diferente. Me sentía cambiado y maduro con las lecciones que la rudeza de la vida me había enseñado en ese año. Podría dejar atrás al fin todas mis malas costumbres y malas acciones para hacer algo bueno. Eso debía ser, la única forma tal vez, de superar todas las cosas negativas que cargaba y sentirme bien nuevamente. Ya lo había pensado antes y lo pensaba de nuevo ahora, quería hacer algo bueno por los demás. Ayudar.
Con el ocaso llegué a Costa Florida y me dirigí rápidamente a la panadería de Jacinto. Sentía gran emoción de verlo nuevamente. Sin embargo, había pasado un año ya y sentía algo de suspenso al pensar que muchas cosas podrían haber cambiado. Me sentí en casa cuando vi frente a mí la vieja panadería tan apacible y acogedora, la misma de mi niñez.
Entré con gran alegría y todos se sorprendían de gran manera al verme. Jacinto salió con una gran sonrisa y me dio la bienvenida. Me sentía en casa.
Esa noche dormí allí, Jacinto hizo preparar una cena deliciosa y le compartí todo lo que había vivido en Ciudad Verde. A la mañana siguiente desperté de madrugada y me dirigí al lugar donde estaba la amasadora y el horno. Jacinto ya estaba preparando todo para el pan de esa mañana.
– ¿Hace cuánto que no hacemos pan los dos? – le pregunté con entusiasmo.
Jacinto se rio con ganas y entre los dos, una a una, llenábamos las bandejas con el pan que, al calor del horno, se haría alimento valioso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario