Transitaba por el pequeño camino que me llevaba hacia la ciudad y me sentía nostálgico, al igual que temeroso. Varios meses habían pasado ya y no había vuelto a hablar con Jacinto, los días habían transcurrido con la rapidez de un suspiro. Nunca me había distanciado tanto de él, así como nunca me había recluido tanto en mi hacienda sin salir a la ciudad tan seguido como acostumbraba. Con los constantes paseos y aventuras había perdido completamente la noción del tiempo.
En todo este tiempo Gardenia se había mostrado muy tranquila. Nada se había dicho ya de lo ocurrido en Ciudad Verde, cosa muy extraña, porque don Acónito no regresaba ni había noticias de él. Pero al verla tan tranquila a pesar de la ausencia de su tío, me hacía suponer que no había nada malo y que no debía preocuparme.
Desde hacía semanas venía maquinando en mi mente la idea de hacer las paces con Jacinto, pero no me atrevía a hablarle. No sabía si él seguía molesto. Deseaba disculparme por todo lo ocurrido, tratar de llegar a un acuerdo pacífico con él.
Ese día sentí el impulso de ir a buscarlo y por ello me encaminé a la ciudad yo solo y con toda la determinación del caso. En poco tiempo llegué hasta la panadería, me acerqué y pregunté por Jacinto. Todos los empleados me conocían muy bien y muy amablemente me invitaron a pasar.
Al entrar a la casa vi a Jacinto sentado, con la vista hundida en un periódico.
– ¡Vaya sorpresa!
Su voz me paralizó. Había estado muy pendiente de mi entrada a pesar de no voltear a verme y ahora me hablaba con un nivel muy elevado de sarcasmo.
– Su majestad apareció, pensé que ya nunca saldría de su fortaleza encantada.
¿Será que ya te aburriste de la señorita?
Su sarcasmo en verdad golpeaba más que cien bofetadas y tal vez las hubiera preferido. Pero yo iba en planes pacíficos y asumí que tendría razón en estar molesto aún.
– Bueno, tienes razón, pero toma en cuenta que el señor embajador tampoco quiso visitar el castillo. No he venido para discutir, quiero disculparme.
– No visité porque quise importunar, además, la presencia de la señorita no me da demasiado bienestar. Siéntate.
Tomé un pequeño taburete y me senté frente a él. Luego de un momento cerró el periódico y lo dobló.
– Te ves feliz y muy saludable. Te ha hecho bien tenerla, por lo que veo.
– Pensé que estarías en desacuerdo.
– Lo estoy. Pero eso no significa que no me dé gusto verte bien. Solo quisiera no tener razón en lo que te dije.
Mira, las cosas están críticas en Cuidad Verde.
Tomó el periódico y me lo cedió.
– Hay un grupo criminal, es una especie de mafia. Han tomado el control, las autoridades no han podido hacerles frente y hacen lo que quieren.
– ¿Crees que tenga que ver con lo que pasó?
– No lo sé. Pienso que tal vez Acónito tenía cuentas pendientes con ellos.
– ¿Ha habido noticias de él?
– No, ninguna.
– Gardenia está muy tranquila, como si nada pasara.
– Ya pasó un buen tiempo desde el incidente. No es posible que no esté preocupada.
– Ella recibió un mensaje hace meses. Desde entonces ha estado así. No sé realmente qué le habrán dicho.
– Deberías preguntarle. Mira, yo no tengo nada en contra de la muchacha, pero quiero que te asegures de que realmente es una buena persona. Si es así y te hace feliz, yo te apoyo. Siempre puedes contar conmigo.
No me explico por qué tardé tanto en ir a verlo, en el fondo no esperaba menos de él. Siempre estuvo dispuesto a perdonar mis disparates. Y en esa ocasión no fue la excepción.
Me había dado el impulso que necesitaba para enfrentar mis temores. Ahora estaba dispuesto a confrontar a Gardenia y pedirle que fuera sincera si algo ocultaba. Pero no solo era eso, si iba a pedirle que fuera sincera, yo también debía serlo con respecto a mis sentimientos. Estaba dispuesto a confesarle mi amor.
Luego de mucha charla, me despedí de Jacinto y me dirigí a casa, no quería esperar más, debía hacerlo.
Cuando llegué a la casa vi un vehículo muy conocido estacionado justo enfrente. Supuse que era una visita de negocios, como siempre y para nada me extrañó.
Entré y al llegar a la sala vi sentado muy cómodo a don Delphinium. Le habían servido un wiski mientras me esperaba ansiosamente. Al verme se levantó rápidamente e hizo ademanes de mucha reverencia.
– Buenas tardes don Narciso. ¡Qué placer verlo!
– Buenas tardes don Delphinium. No lo esperaba.
– ¡Oh! Pues ya ve, los negocios deben atenderse, nunca hay que descuidarlos.
– Ya lo creo. Siéntese, por favor – ambos tomamos asiento para conversar.
– Verá, ya tenemos varios años de estar asociados, lo cual ha sido en verdad productivo. Pero esta vez me mueve la preocupación.
– ¿Preocupación?
– Sí, se dice entre sus trabajadores que este ha sido un año muy malo. – el hombre era muy pasivo al hablar, pero en su mirada siempre se observaba el reflejo de la prepotencia. Además, acostumbraba poner un toque de doble sentido en sus frases.
– ¿Un año muy malo? Yo no lo creo así.
– ¡Oh! Yo lo sé, y yo tampoco quisiera, pero… bueno, desde que don Jacinto se ausentó todo ha cambiado. Se han cometido muchos descuidos y, seamos sinceros, usted no es un hombre que se ocupe mucho de sus negocios.
Sus palabras me molestaron, pero en cierto sentido… él tenía razón. Poco sabía yo de los movimientos que se daban en la hacienda y Jacinto no llegaba desde hacía meses.
– No creo que la situación esté tan grave.
– No, y no lo estará pues por eso estoy aquí. Yo quiero hacerle algunas propuestas para que ambos nos beneficiemos. Usted debe saber que he tenido algunas pérdidas por mala calidad en los cargamentos de banano que he comprado estos meses.
– Bueno, pues hable usted. Lo escucho.
– Bien. Yo voy a invertir como siempre. Pagaré el mismo precio por los bananos y le compraré todo lo que sus tierras produzcan todo el año siguiente. Incluso estoy interesado en reses. Pero necesito tener una garantía para que mi inversión esté a salvo. Por si se diera el caso, esperemos que no, de que su cosecha no llenara los estándares de siempre. Le voy a pagar por adelantado, no se preocupe.
– ¿De qué clase de garantía estamos hablando?
– ¡Oh! Es algo muy simple. – durante toda la conversación había tenido una leve sonrisa que me irritaba, ciertamente. Puesto que en sus ojos se podía ver algo muy diferente. – Podemos dejar de garantía alguna parte de sus tierras. Hay extensiones que no están cultivadas ni tienen reses. Claro que solo sería en el peor de los casos.
Usted no perdería. Yo le pago la producción; si esta fuera deficiente, aun así yo la compraría sin chistar. Pero el valor de mis pérdidas tendría que verse compensado con que usted me cediera una pequeña parte de tierra, son terrenos que están sin ningún uso, a usted no le afectaría en nada y nuestra sociedad se mantendría como siempre. De lo contrario creo que me veré obligado a buscar otro proveedor. Usted sabe cómo son las exportaciones… se pierde mucho por pequeños errores…
Me inundó la cólera. Me indignaba la desconfianza y, además, el cinismo con el que me dijo, en pocas palabras, que quería quedarse con mis tierras.
– Me ofende su desconfianza. Pero no se preocupe, si desea irse hágalo. No puedo obligarlo a continuar aquí perdiendo dinero. Haga lo que considere conveniente, pero no estoy dispuesto a aceptar su propuesta.
– ¡Oh! Por favor no se moleste. Es una estrategia. En cuanto usted se recupere yo podría regresarle sus tierras sin problema si usted me devuelve el monto perdido.
– De cualquier manera, no estoy dispuesto.
– Está bien, don Narciso, no hay problema. Solo era cuestión de firmar algunas escrituras… al menos piénselo. Yo me retiro, el dinero ya fue depositado a su cuenta. Creo que le hacía falta.
Dicho esto, se marchó. Nunca había sentido tanta socarronería en sus palabras. Él estaba seguro de que mis finanzas estaban mal y yo no me explicaba por qué. Cuando se fue busqué a Gardenia y no la vi por los alrededores. Le pregunté a la cocinera y me respondió:
– La señorita se encerró en su habitación, no ha querido comer.
– ¿Qué? ¿Pasó algo en mi ausencia?
– Solo vino un telegrama, para ella. Se lo vinieron a dejar y desde entonces no ha salido.
Dudas nuevamente inundaban mi cabeza. No lograba explicarme que estaba pasando. ¿Le habrían llegado acaso noticias de su tío desaparecido? ¿Qué pasó?
Toqué un par de veces la puerta de su habitación sin recibir respuesta. Resignado, me dirigí a la mía sin hacer nada más.
Mi tan esperada declaración de amor había sido pospuesta.
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