¿Cómo es que el sol nunca salió? ¿Cómo es posible que siga lloviendo si ha pasado tanto tiempo? ¿Acaso solo han pasado minutos? Ya no sé qué hora es, ya no sé qué día es hoy. Sigo abrazando una almohada inerte que una vez sostuvo su cabeza. Sigo agazapado en una habitación, sin luz y con cortinas cerradas. ¿Qué día es hoy?
Recuerdo haber salido de aquí algunas veces, tal vez en sueños… tal vez realmente, entre la niebla del alcohol. Recuerdo haber visto las margaritas ataviadas de mariposas coloridas. Creo que caminé entre esos jardines donde una vez la abracé. Quisiera volver a cabalgar por esos campos, ver un atardecer más… pero ya no hay sol entre tantas nubes grises. Solo la negrura me rodea y el frío me hace tiritar. Quisiera volver a la diminuta mesa de madera junto al río, volver a merendar con ella. Quisiera verla sobre los lomos de Cariño, sonriendo con sus cabellos vestidos de oro a causa del sol. Pero no puedo… la busco y no está, en ninguna parte.
Ya no siento nada… nada bueno, por lo menos; solo el permanente dolor pectoral que no me ha abandonado un instante. La vida me va abandonando.
– ¿No ha comido nada? – preguntó Jacinto con inmensa preocupación.
– No, don Jacinto, él no sale de allí. – respondió la cocinera afligida – Yo toco y toco pero no sale.
– ¡Ah! ¡Vaya desgracia! Voy a verlo.
Jacinto llegó hasta la antigua habitación de Gardenia en la que yo había hecho morada y entró sigilosamente. Había pasado casi una semana desde la partida de ella y yo me había confinado a su habitación cual si fuera un murciélago huyendo de la luz.
El alcohol nublaba mi conciencia, hacía que perdiera la noción del tiempo y, a veces, hasta me hacía alucinar.
Al entrar, Jacinto, me encontró hecho un ovillo en la cama. Abrazaba la almohada y balbuceaba cosas sin sentido.
– No voy a dejar que la desgracia te consuma.
Dicho esto, Jacinto abrió de un tirón las cortinas y la luz entró como agua en una cañería. No podía ver, estaba totalmente cegado por aquella claridad. Solo me retorcía en la cama protestando de forma grotesca e inentendible.
Jacinto se abalanzó entonces sobre mí tomándome por los hombros, sujetándome con fuerza. Yo temblaba y con mis ojos, tan abiertos como aquellas cortinas, lo veía fijamente.
– ¡Reacciona, por Dios! Solo mira cómo estás… te has abandonado…
Yo seguía en un horrible trance. Jacinto tenía razón, estaba pálido y febril, tenía grandes ojeras y un aspecto, en general, terrible. De no ser por él y de seguir así, fácilmente habría muerto.
Me levantó de allí, me aseó y me llevó al comedor. El sentirme limpio y abrigado me devolvió un poco de mi juicio. Poco a poco iba recuperando el sentido y los efectos del alcohol iban desapareciendo.
Me sirvieron sopa caliente y Jacinto se encargó de que la comiera hasta acabarla. Así me fui levantando paulatinamente y la fiebre fue desapareciendo.
– Ella se ha ido, ni siquiera se despidió…
– Ya no hables más, trata de recuperarte. Deja de pensar en lo que pasó. No vale la pena… ¡no es para que te dejes morir, Narciso!
– Pero… ¿por qué lo hizo? Quería darle todo, todo lo bueno que pudiera tener. Estaba sabiendo qué era tener sentimientos, por primera vez. Ahora solo siento dolor.
– Bueno, pues es uno de los riesgos que se corren al tener sentimientos hacia alguien. El salir lastimado es algo muy probable.
Los días fueron pasando y yo no encontraba paz. Había dejado de beber y ya me sentía en mejores condiciones. Pero no conocía la tranquilidad, pues todo en la casa me la recordaba. A donde quiera que fuera la veía.
La casa perdió ese encanto que ella le daba, ya no parecía nada acogedora, el jardín se tornó pálido también; como si nadie pudiera cuidar esas plantas con la dedicación que ella tenía.
Era una tortura estar en ese lugar. Salía a cabalgar y recordaba cuando lo hacíamos juntos. Recordaba su silueta, fundida con la del caballo. Recordaba los atardeceres que presenciamos. A veces solía llevarme a Cariño hasta esa pequeña loma, ambos nos sentíamos abandonados. Nada me la recordaba más que él, la veía reflejada en los ojos del animal, viéndome a mí como una vez lo vio a él; con tanta ternura. Por eso, desde entonces, yo solo cabalgaba a lomos de aquel potro que ella tanto quiso.
Yo no había vuelto a sonreír desde entonces, todos los días tenía una expresión de luto desde que me levantaba hasta que me dormía.
También visitaba el río, las hojas cubrían la abandonada mesita. Siempre que yo llega la limpiaba. Con el tiempo, sin embargo, mi lado de la mesa se tornó más desgastado que el lado que ocupara ella anteriormente… el lado que ahora permanecía vacío e inalterado.
Pasaba horas allí, sentado, mudo, perdido; viendo a ese lugar vacío. Ya el lugar no me parecía un paraíso, era gris como todo lo demás.
Así fueron pasando días y días… tristes días, oscuras noches.
– ¿Cómo estás? – preguntaba constantemente Jacinto.
– Creo que no hay otra forma de estar…
– No quiero verte así, me preocupas. Los peones dicen que andas como alma en pena. Que solo te ven pasar de aquí para allá en silencio, no hablas con nadie. A veces te quedas por horas en un solo lugar. ¡Eso no puede ser saludable!
– No estoy loco, si eso piensas… aún no…
– ¡Ya deja de hablar así! Esto no es un chiste.
– ¡Desde luego que no lo es! ¡no es, para nada, un chiste! Ojalá eso fuera, una broma de mal gusto, pero no, es algo cruel y muy real. – mi voz tenía un aire de súplica –No puedo seguir aquí, no puedo estar entre tantos recuerdos o realmente enloqueceré.
Me voy, amigo, me voy de aquí.
Mi repentina decisión creó confusión en Jacinto. Pero, luego de meditarlo un instante, supongo que llegó a concluir que tenía razón, que era lo mejor.
– ¿Te irás? ¿A dónde?
– A cualquier parte, a cualquier lugar donde pueda estar en paz.
– Si consideras que es lo mejor para ti, entonces hazlo. Yo me encargaré de todo por aquí, descuida.
Así, cinco semanas después de aquel suceso devastador, por fin tomé el valor y la fuerza para abandonar una hacienda plagada de recuerdos y buscar mejor destino para mí.
Ese mismo día, me dirigía a mi habitación cuando llegó una visita inesperada. Creí que no podía sentirme peor, no obstante, el mal rato que me produjo verla acrecentó, sin duda, mi malestar. Abrí la puerta y allí estaba. Mudo al principio, no supe qué decir, hasta que el enojo me hizo hablar:
– ¿Qué haces aquí? ¿Vienes a burlarte?
– Que descortés, querido. ¿no me invitas a pasar?
– Una vez te dije que no quería verte otra vez, Ginger, sigo pensando igual.
Ignorando por completo mis palabras, como siempre, ella entró campante hasta la sala.
– Tranquilo, querido, solo vengo a ver si son ciertos los rumores y a traerte buenas nuevas.
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