La mañana siguiente me levanté muy temprano. No fue tarea difícil, tomando en cuenta que la noche pasada no me había emborrachado ni embarcado en alguna parranda de las acostumbradas. Había pasado una excelente noche.
Sentí deseos, entonces, al sentir la frescura de la mañana y ver el sol naciente, de recorrer aquellos parajes que para suerte mía… me pertenecían. ¿Cómo no aprecié toda esa belleza natural antes? Me había perdido en gozar de los libertinajes sin detenerme un poco a ver lo que estaba frente a mí.
Llegué hasta uno de los establos donde los trabajadores, incrédulos ante mi presencia, me franquearon la entrada y me atendieron con toda la amabilidad que podrían demostrar.
Hacía ya tanto tiempo que no cabalgaba. Sin embargo, estaba seguro de que no había olvidado como hacerlo y necesitaba solo un poco de práctica. No lo hacía desde tiempos de antaño, cuando, aun siendo un niño pequeño, aprendí a hacerlo con la enseñanza de mi padre y recorríamos los campos. Él se enorgullecía de sus ganados, pero su pecho se hinchaba más al pasear por las extensas plantaciones de banano. Toda aquella tierra era su orgullo. Yo lo veía y me inspiraba y le decía que cuando fuera mayor yo cuidaría de esa tierra como él lo había hecho.
Aún en mis años mozos me gustaba cabalgar por allí. Pero al acumular años y años fui abandonando todas aquellas costumbres por atender mis diversiones. Vaya forma de cumplir mis promesas, ya era mayor y no había mostrado el mínimo interés por la hacienda.
Ahora cabalgaba de nuevo por esos senderos y tantos recuerdos venían a mi memoria.
Al regresar Jacinto me estaba esperando en la parte trasera de la casa, con la misma expresión de incredulidad de los peones. A pesar de ello, no me dijo nada sobre eso. Se limitó a saludarme y compartir conmigo las noticias frescas de la ciudad.
– ¡Ah! Pero lo más impactante es lo que sucedió algo lejos de aquí.
Me dijo mientras me entregaba un periódico que quién sabe dónde había conseguido. Era de Ciudad Verde y tenía en primera plana la noticia de un asesinato.
– El difunto, es el muchachito del que te hablé hace apenas unos días. El hijo de Acónito, el dueño de la casa donde dices que vive la muchacha. Era su primo, supongo.
Mi expresión debió ser de confusión total. ¿Qué significaba aquello? El primo de Gardenia asesinado… en Ciudad Verde. ¿Por qué había pasado eso?
– Ella me dijo que su primo había viajado. Que fue a estudiar al extranjero.
– Yo ya te lo había dicho. No está siendo sincera contigo. Deberías tener cuidado con ella.
Jacinto notó mi profunda preocupación, colocó su mano en mi hombro y me habló con suavidad.
– Yo ya sé lo que te está pasando. Todos estos repentinos cambios que has tenido. Algo provocó ella en ti y tuvo que haber sido algo muy grande para lograr eso.
No te niego que me alegra que muestres algo más de cordura en tus actos, pero me preocupa tu bienestar. Sé que no soy tu sangre, y no soy más que un rústico, pero hice una promesa a tu padre, de cuidarte para que pudieras tener una vida feliz. La que él siempre quiso para ti y la que yo también quiero que tengas.
Las palabras de aquel hombre sonaron como un estruendo en mis adentros. Él siempre me había apoyado, había estado cuando lo necesitaba.
– Eres ya un hombre y no puedo prohibirte nada. Nunca he querido hacerlo, en realidad, porque sé que no soy tu padre. Tal vez ahí es donde he fallado. Pero esta vez quiero que estés atento, que no te dejes llevar por el impulso. Yo me daré un descanso, dejaré la panadería un tiempo a cargo de mi ayudante y aprovecharé ese tiempo para investigar. Quiero saber en realidad quién es ella, voy a viajar a Ciudad Verde, don Acónito está allá viendo lo de su hijo. Hablaré con él.
Estaba demasiado confundido como para expresar una solo frase. Veía en el rostro de Jacinto una sincera preocupación y lo demostraba al estar dispuesto a ir a Ciudad Verde solo para asegurarse de que Gardenia no fuera un riesgo para mí. Le agradecí con las palabras que pude pronunciar y luego se retiró.
Al quedarme solo pensé en Gardenia y en lo afectada que podía estar. Así que decidí ir a verla.
Poco me faltaba para emprender la marcha pero al salir al patio y dirigirme al vehículo, vi una figura conocida que se acercaba por el sendero. Me quedé inmóvil.
Acercándose, hasta llegar a donde yo estaba, venía Gardenia. Al llegar a mí, pude ver sus ojos llenos de lágrimas y la desesperación reflejada en su cara. “Necesito tu ayuda” me dijo y yo sentí que mi garganta se cerraba. Mis ojos estaban muy abiertos tratando de asimilar lo que pasaba, mi boca permaneció cerrada y solo pude rodearla con mis brazos para tratar de aplacar su llanto.
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