Yo siempre jugué con los corazones ingenuos. Yo siempre he sido culpable, de los viles, el peor. Siempre fui un patán consumado que no experimentó el mínimo indicio de sentimientos. Hice trizas corazones sin importarme lo más mínimo y nunca una mujer pudo doblegarme ni apartarme de mis siniestros senderos de libertinaje. Nunca como ella lo hizo…
La noche casi llegaba, la ciudad se quedaba oscura y los tenues faroles empezaban a florecer bajo la caricia de un cielo manchado por celajes occidentales. Los últimos manchones amarillos de sol tapizaban los gruesos troncos de los árboles que rodeaban la gran casa. Todo era paz en la hacienda y en sus alrededores. La hacienda Los Cogollos era una de las propiedades que mi padre había dejado a su único y posteriormente descarriado hijo. Era la que me servía de hogar y también, irónicamente, uno de los lugares menos visitados por mí.
Nunca pensé que eso podría ser importante. Habían administradores, capataces… que ellos hicieran su trabajo, yo tenía una vida que disfrutar. Me limitaba a estar en la casa cuando no andaba de juerga o de viaje por otro lado; el resto de aquellas tierras permanecían privadas de mi presencia. Pienso que la hacienda se hubiera venido abajo de no ser por las preocupaciones de Jacinto y los negocios que él supo hacer para darle prosperidad. Los bananos eran los frutos predilectos de Los Cogollos, se producían en vastas cantidades y se vendían a los que mejor paga ofrecieran. Desde hacía varios años, Delphinium era el mejor comprador y ambas partes se beneficiaban con gran satisfacción.
Los Cogollos era mi hogar, pero era tan desconocido y extraño para mí que a veces me sentía fuera de lugar. Pero ¿qué podría esperar? Si incluso mi propio corazón, siendo el motor de mi vida, era un lugar inexplorado. Nunca pude comprender la complejidad de esta situación.
Aquella tarde regalaba sus últimos rayos de sol y, junto a mí, Gardenia me regalaba los últimos minutos de su presencia. Insistí en llevarla, pero se negó. Dijo que prefería caminar a la luz de los faroles y que su casa quedaba cerca de allí, que no debía molestarme. Preso de la dulzura de su presencia, me ofrecí entonces a acompañarla a pie. Para mi profunda alegría ella accedió y ambos recorríamos las aceras minutos después, como dos niños de escasos años.
¿Qué era esa sensación? ¿Por qué me sentía tan lleno? ¿Por qué quería vivir ese momento para siempre? Había algo que hacía que toda mi vida y mis idilios pasados parecieran una pérdida de tiempo. ¿Cómo fue… que no la encontré antes?
– Gardenia… es un lindo nombre, apropiado para ti. Me gusta mucho.
Las palabras salían de mi boca con un extraño sabor a sinceridad. No era algo habitual en mí el hablarle a una dama con tal sinceridad, siempre lo hacía esperando una ganancia.
Ella se limitaba a agradecer mis cumplidos y permanecía siempre serena. El camino me pareció verdaderamente corto y, al estar frente a la entrada principal de la casa, sentí nuevamente la agonía de su despedida.
Ella entró y yo me limité a balbucear algunas desesperadas frases…
– Solo espero… que pueda verte otra vez, pronto.
– Sí, me parece una buena idea.
– Puedes venir a mi casa, podemos recorrer la hacienda, podríamos merendar en el jardín. Vivo en la hacienda Los Cogollos, está en las afueras. Puedo llevarte, el día que tú gustes, si tú quieres.
Me sentía un chiquillo tímido ante su mirada serena. Nunca podría haber imaginado estar en esa situación. Habría querido envolverme en sus brazos y probar la miel de sus labios… pero nunca hice intento por conseguirlo. Yo que siempre conseguía el afecto sin condición de aquellas a las que me proponía conquistar. A ella solo me conformaba con verla y desear que fuera ella la que me permitiera alcanzar su cariño.
Yo que me preocupaba más que nada por llevar a mis conquistas a los mejores restaurantes, lugares lujosos y caros; ahora le estaba ofreciendo a aquella mujer… un paseo por mi hacienda. Un lugar que ni siquiera yo había recorrido desde hacía años.
– Yo sabré avisarte cuando llegue el momento.
Ella subió las tres gradas que llevaban a la puerta, la abrió y se colocó tras de ésta. Su rostro era radiante, tenía una sonrisa hermosa y sus ojos estaban sobre mí con una expresión que acariciaba, que me arropaba cual niño en brazos. Asomaba la cabeza y sus manos tocaban el borde de la puerta para mantenerla entreabierta. Su mirada guardaba la misma seguridad de siempre y, a pesar de su sonrisa, cierta seriedad; pero me cautivaba sin poder objetar de forma alguna. Luego solo dijo:
– Me gustó estar esta tarde contigo… me he topado con muchos desvergonzados, pero… es bueno saber que aún hay caballeros.
Jamás pensé que fuera a describirme de esa forma. Yo siempre fui un patán. Siempre buscaba aprovecharme de las dóciles doncellas que caían en mis redes. ¿Por qué con ella fui tan respetuoso? ¿Por qué fui tan… diferente?
Aquella tarde tal vez ella no recorrió mi hacienda desconocida. Pero estoy seguro que desde ese momento se instaló en el territorio inexplorado de mi corazón.
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