jueves, 29 de diciembre de 2016

CAPÍTULO VIGÉSIMO CUARTO

Jacinto me acompañó en mi regreso a la hacienda llevándome en su viejo automóvil. En el camino me iba explicando detalladamente todo lo referente a la misma. Me contaba cómo habían estado las cosechas, los animales, los negocios, todo.
– Boldo, uno de los peones me habló sobre un sabotaje luego de que te fuiste. Dijo que Lupino estaba involucrado, así que investigué el asunto.
– Ahora recuerdo, me lo dijo a mí también hace mucho tiempo, pero lo olvidé completamente y ya no te dije nada.
– Al parecer el viejo Lupino sí que hacía mal su trabajo. Además estuvo haciendo desfalcos, lo corrí hace bastante.
– ¿Quién es el administrador ahora?
– Desde luego que yo. – me miró con ironía y se rio, ambos nos carcajeamos. – nunca puedo estar completamente pendiente, así que mi segundo al mando ahora es Boldo.
– Sí, él parece un buen trabajador. Es honesto.
– Desde que Lupino se fue todo mejoró. Delphinium me hizo muchas visitas. Dijo que te había hecho una oferta. ¿Por qué nunca me dices nada?
– Perdóname, sabes que en el estado en el que me fui no recordaba nada de eso.
– Dijo que depositó dinero en la cuenta por concepto de bananos y reses. Pero nunca hubo un contrato formal nunca se le entregó el producto. El dinero sigue allí.
– ¿Crees que sea prudente mantenerlo allí?
– Quise devolvérselo pero no aceptó. Dijo que era una inversión y que cuando él necesitara nos pediría los bananos y las reses.
– El me habló de terrenos, dijo que le interesaban algunas partes de la hacienda. Ya no confío en él.
– Lo que considero prudente, Narciso, es que empieces a hacerte cargo de tus bienes. Ya deja de fingir que eres un adolescente o un mesero de club. Ocúpate de los bienes que con esfuerzo logró hacer tu padre.
– Lo sé, pero, aunque no lo creas, ese tiempo en Cuidad Verde me enseñó muchas cosas, además de mostrarme lo que es trabajar para vivir como tú lo hiciste hace años con el pan. Lástima que no tenía la madurez suficiente en ese tiempo. Trabajaré por la hacienda, te lo aseguro.
Llegando a casa, me instalé y descansé un rato. Jacinto se fue a hablar con los trabajadores y a ver cómo iba todo. Me sentía aliviado, al llegar a ese lugar no había sentido la carga de recuerdos que pensé encontrar. Comencé a sentir la casa tan acogedora como antes, comencé a ver colores en los jardines y vida en los árboles. Me sentía mejor, definitivamente.
Quise entonces recorrer una vez más esos parajes, lugares que no había visto desde hacía más de un año. Fui a las caballerizas y busqué a Cariño. Allí estaba el animal, había crecido y vivido bien a pesar de la ausencia de su dueña. No obstante, en sus ojos podía ver la misma nostalgia que yo sentía. Lo ensillaron y salí a cabalgar por los campos.
Recorrí una vez más las grandes planicies, fui por entre los bananales y llegué hasta los potreros llenos de reses. Cabalgué más allá hasta encontrar el río y me dirigí a aquella poza donde antes viviera tantos buenos momentos.
Quería enfrentar todas las cosas que anteriormente me atormentaban por la ausencia de Gardenia y descubrí que, por fortuna, el efecto ya no era el mismo. Ella me abandonó allí pero, el encontrarla tan lejos y tan diferente de como ella era, había casi borrado su presencia de cada rincón de la hacienda.

El único que inevitablemente hacía que la sintiera allí junto a mí, era aquel desdichado caballo sin dueña. Por eso dejé de montarlo, dejé de frecuentarlo; cada vez que lo veía la miraba a ella sobre él. Cada vez que miraba sus ojos llenos de nostalgia, me veía a mí mismo extrañándola. De ese caballo no pude borrar su recuerdo, pues yo mismo se lo había regalado y me la seguiría recordando hasta el día que muriera alguno de los dos… él o yo.
Empecé entonces a concentrarme en trabajar por aquellas tierras, a gratificar mejor a mis buenos peones, a tratar más amablemente a las mujeres que servían en la casa, a levantarme más temprano, a involucrarme en los quehaceres diarios y aprender cada vez más como administrar la hacienda. Todos mis cambios sorprendían en gran manera a toda la gente de la hacienda. Decían que yo ya no era el mismo, que era otra persona. Incluso visité el rancherío de la hacienda; lugar que, por cierto, no conocía pues nunca me había interesado conocerlo. Ahora mis peones me conocían mejor, compartían conmigo, trabajaban conmigo.
Fue una época realmente productiva y satisfactoria. Sentía verdaderamente que lo que yo hacía servía para algo, que podía hacer cosas útiles; y no reparaba en compartir esa prosperidad con la gente de la hacienda. Quería que ellos gozaran de las ganancias pues gracias a su trabajo todos estos largos años yo había podido vivir bien. Esa tierra era más de ellos que mía, debía aceptarlo.
Fue así como meses y meses pasaron, meses de alegría y de trabajo duro pero satisfactorio. Olvidé mis remordimientos, olvidé mis penas y mi tristeza y me dediqué a gozar de aquella bella época que la vida me ofrecía.
Poco a poco me fui enterando de qué había sido de la vida de mi amigo Áster en Ciudad Verde. Gracias principalmente a los periódicos. Esto se debía a que Dalia se había postulado como alcaldesa para derrocar la corrupta administración anterior y destapar los negocios que tenía con Muscari. Ella iba ganando popularidad entre las personas que se habían cansado ya del cinismo de sus autoridades y querían arreglar las cosas.
En cada fotografía podía ver como él la acompañaba a todos lados y era su apoyo incondicional. No podía dudar que al fin el amor había triunfado entre ellos dos y eso me llenaba de alegría.
La sorpresa fue grande cuando un día, sin que yo lo esperara, me llegó una carta con el remitente: Áster Drácenas.
Sin perder tiempo la abrí, no podía esperar a leer lo que él quisiera comunicarme, ansiaba saber si había logrado perdonarme por todos mis errores pasados y, de alguna forma, el que me escribiera era una buena señal.
“Narciso:
Han pasado ya nueve meses desde que regresaste a tu casa y no he podido encontrar otro mesero que sea tan eficiente y pueda reemplazarme cuando yo no estoy.
Espero, sinceramente, que te encuentres bien y más tranquilo. Quiero que dejes de preocuparte por el pasado, por los errores cometidos y el daño que pudiste haber hecho. Te he perdonado ya.
Quería contarte que después de mucho tiempo de cortejarla, Dalia ha aceptado ser mi pareja y somos muy felices. Ambos hemos llegado al acuerdo de que… si bien tú le causaste daño y la hiciste sufrir un día, fuiste también un puente entre nosotros. De esa forma creemos que has reparado el daño que pudiste haber causado y te has redimido. Ella también te ha perdonado y quiere que sepas que es feliz conmigo. 
Planeamos ir a visitarte luego de finalizar la campaña de Dalia en un par de meses. Te deseamos lo mejor.”

No podía haber recibido un mensaje más gratificante. Todo parecía caer en su lugar, las cosas marchaban bien… era maravilloso.
Todo me instaba a dejar atrás los errores y cosas malas que había hecho y enfocarme en lo que era bueno. Atesorar las cosas bonitas que había en mi pasado y desechar las desagradables.

No hay comentarios:

Publicar un comentario